La moda rápida ha transformado la industria textil, permitiendo a los consumidores acceder a prendas de moda a precios bajos y en tendencia. Sin embargo, esta rápida producción y consumo también ha generado graves problemas ambientales y sociales, especialmente en regiones como África.
Cada año, millones de toneladas de ropa usada provenientes de países desarrollados son enviadas a África, en su mayoría como donaciones o excedentes de inventario. Aunque en principio parece una forma de ayudar a las comunidades necesitadas, en realidad este flujo masivo de prendas genera una serie de consecuencias negativas.
El viaje de los productos textiles: del armario a África
Hay un lugar en Ghana donde día tras día se amontonan las miles de prendas que ya nadie quiere en Occidente. Mientras el negocio del fast fashion (moda rápida) crece a un ritmo vertiginoso en Europa y Norteamérica, el mercado de Kantamanto, situado en el corazón de la capital, Accra, está repleto de montañas de ropa usada que busca una nueva vida muy lejos de sus anteriores dueños.
La expresión obroni wawu —algo así como ropa de hombre blanco muerto— sirve para referirse a esos atuendos que llegan desde un norte global cansado de usarlos y que acaban acumulándose (y contaminando) en los vertederos de este y otros países de África.
Kantamanto —que todavía se recupera de un incendio que sufrió a principios de año— recibe cada semana 15 millones de prendas usadas, de las que cerca del 40% se consideran invendibles por su mala calidad, explican responsables de organizaciones sociales y ecologistas que transforman residuos textiles en objetos como bolsas de tela, que elaboran artesanos locales a los que brindan formación.
En un país con un sistema de residuos complejo y falto de recursos, estos desechos suelen acabar en vertederos informales, contaminando las masas de agua cercanas y llegando a las playas, lo que afecta a las comunidades pesqueras locales.
Residuos textiles que no paran de crecer
Lamenta que cada vez son más los residuos de este tipo procedentes de Europa y Norteamérica que van a parar a países del sur, sobre todo a África. «Ocurre a través del complejo comercio mundial de ropa usada, que a menudo se presenta como reciclaje o donación, pero que en realidad contribuye a la degradación medioambiental y a los problemas económicos de países receptores como Ghana», argumentan. Como pasa con los productos electrónicos usados, «llegan con el pretexto de ser reutilizados, pero una parte significativa no es funcional, y se convierte en residuos de facto a su llegada».
Cada año se producen unos 83 millones de toneladas de residuos textiles en todo el mundo, según el informe Draped in injustice: unravelling the textile waste in África. Ghana, junto a otros países como Angola, Kenia, República Democrática del Congo, Túnez, y Benín importaron casi 900.000 toneladas de ropa usada en 2022, situando a África como uno de los principales destinos del comercio mundial de ropa de segunda mano. En 2019, el continente recibió el 46% de los textiles usados de la Unión Europea, mientras que otro 42% fue a parar a Asia.
La afluencia de estos residuos extranjeros es uno de los grandes retos que afrontan los pobres sistemas de gestión de residuos ghaneses. Este fenómeno, conocido como colonialismo de residuos, se refiere a la exportación de residuos peligrosos o de escaso valor de las naciones industrializadas a los países en desarrollo bajo la apariencia de comercio o donación.
Moda sin freno: del armario al contenedor
Según el último informe del Monitoreo Global de Residuos Electrónicos, publicado por la ONU, la producción mundial de basura electrónica crece cinco veces más rápido que el reciclaje de este tipo de materiales. Naciones Unidas también ha puesto el foco en el comercio de moda rápida, al que señalan como uno de los más contaminantes del mundo, siendo responsable de hasta el 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
«Ir a la última podría matar al planeta», alertó en marzo el secretario general de la ONU, António Guterres, que denunció que «el mundo rico está inundando el sur global de basura».
El colonialismo de los residuos también perpetúa las desigualdades en el panorama mundial de la justicia medioambiental: los países que menos contribuyen a los residuos mundiales acaban sufriendo sus peores consecuencias. El impacto medioambiental de este sistema, añade, es profundo e incluye la contaminación del suelo, el aire y el agua, la pérdida de biodiversidad o diversos riesgos para la salud pública, incluidas enfermedades respiratorias y cutáneas.
En cuanto a los textiles, en torno al 89% de los que acaban en los vertederos de Ghana contiene fibras sintéticas basadas en combustibles fósiles, que acaban rompiéndose en microplásticos, tal y como recoge el informe Fast fashion slow poison: the toxic textile crisis in Ghana. Además, esta ropa puede contener sustancias químicas peligrosas como distintos tintes que contribuyen a la contaminación de los recursos y la cadena alimentaria.
Sin gestión local de residuos
«Apenas somos capaces de gestionar los residuos que generamos aquí. Si se vierten residuos de otros países, repercute realmente en la capacidad de gestión que tienen nuestros municipios», denuncia la responsable del Programa de Gestión de Plásticos y Residuos, del Centro para el Medio Ambiente, la Justicia y el Desarrollo en Kenia, Dorothy Otieno, que señala que los desechos que llegan a países como el suyo son los que resulta más difícil de reciclar en los países de origen. «Ni siquiera sabemos cómo se reciclan y tenemos que trabajar más para buscar recursos donde no los hay», denuncia.
Según el informe Draped in injustice, solo en 2021 Kenia importó más de 900 millones de prendas de segunda mano, la mayoría desde Europa y el Reino Unido, de las cuales el 50% eran residuos invendibles por su mala calidad. El documento señala que, desde entonces, China se ha convertido en el mayor importador de estos desechos a Kenia, algo reseñable si tenemos en cuenta que Pekín prohibió la importación de residuos sólidos a su territorio con el pretexto de dejar de ser «el basurero del planeta».
La mayoría de esas prendas acaban en vertederos como el de Dandora, cerca de Nairobi, que almacena materiales como «que no se pueden reciclar por su complejidad», tal y como señala Otieno, que recuerda que Kenia solo recicla el 9% de sus plásticos. Allí, se depositan contaminando suelos y aguas o bien, si se queman, liberan al medioambiente los productos químicos que contienen.
Tanto Ghana como Kenia se encuentran entre los países que más ropa de segunda mano importan, junto a otros como Pakistán, Emiratos Árabes Unidos, Angola, Túnez o Tailandia. La gran mayoría de los que lideran esta lista, recogida en el informe Fast fashion slow poison, son países ubicados en el sur global, aunque el informe menciona la dificultad para encontrar cifras globales sobre los principales destinos, ya que «muchas prendas se envían a través de centros de importación y exportación como Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos».
La Agencia Europea del Medioambiente también señala en su informe sobre la Gestión de residuos textiles en la economía circular europea que existe «una falta de transparencia en torno a la industria mundial de los textiles usados», ya que «es compleja, está interconectada y no se informa de manera adecuada sobre ella».
Un largo camino de norte a sur
En 2024 se publicó el seguimiento de 23 prendas que, un año antes, habían depositado en contenedores de reciclaje de ropa de distintas ciudades españolas. De ellas, solo dos acabaron en su país de origen; el resto fueron distribuidas por 11 países diferentes, entre ellos Pakistán, Egipto, Togo, Ghana o Camerún. Un pantalón llegó a recorrer 22.000 kilómetros durante 215 días y, antes de llegar a su destino final, en Costa de Marfil, pasó por Emiratos Árabes Unidos.
El capitalismo y el consumismo nos han traído hasta aquí. Tanto en electrónica, como en envases, como en textil, nos dedicamos a consumir por encima de las posibilidades en las que podemos reciclar. Los aparatos electrónicos usados y las prendas de moda rápida se envían con el pretexto de ser reutilizados, pero una parte significativa no son funcionales, por lo que se convierten en residuos de facto a su llegada.
El Convenio de Basilea, que entró en vigor en 1992, buscaba impedir la llegada de residuos peligrosos a países en desarrollo, pero ha resultado insuficiente. La débil aplicación de la ley, la capacidad limitada de los puertos y la falta de transparencia en las aduanas han llevado a que Ghana y otros países africanos sigan siendo destino de residuos no deseados y no regulados.
Así, se propone prohibir o restringir las exportaciones de textiles de baja calidad y de ropa dañada o no reutilizable; exigir inspecciones previas y la certificación de los envíos; mejorar la transparencia y el seguimiento; obligar al etiquetado y rastreo de los paquetes; y hacer responsables a las marcas aplicando la responsabilidad ampliada del productor.
En la misma línea se pronuncian organizaciones ecologistas que plantean que hace falta modificar leyes comerciales para eliminar las lagunas que permiten esa exportación de residuos disfrazados de materiales de segunda mano y destaca la importancia de apoyar a los Gobiernos locales con la infraestructura, mano de obra y tecnología necesarias. También habla de hacer responsables a los países exportadores a través de mecanismos internacionales y subraya la necesidad de invertir en infraestructura de residuos domésticos tanto en el norte como en el sur global para promover el reciclaje local y las economías circulares.
En otras palabras, es hora de ser más conscientes con el consumo desorbitado de prendas textiles. Y es que este volumen de ropa acaba al otro lado del mundo en vertederos, contribuyendo a la crisis de residuos en África y a la afectación ambiental. Un problema complejo que combina contaminación, consumo desmedido y dependencia económica. ECOticias.com