Actualizar

sábado, febrero 4, 2023

Qué clase de ecologista eres

También existen ecologistas nucleares, ya sean estos defensores de la energía nuclear que han encontrado en el cambio climático una buena razón para reanimar una tecnología en declive, o bien ecologistas tradicionales que han visto en la energía nuclear un único clavo ardiendo al que agarrarse frente a la alternativa del carbón. Es el caso del padre de la teoría Gaia, James Lovelock, o más recientemente, del periodista George Monbiot.

Otro grupo es el de los tecnoutopistas renovables, convencidos de que es posible convertir los enormes flujos de energía solar que alcanzan la superficie terrestre en un sistema energético inagotable capaz de echarse a las espaldas toda la demanda que el planeta pueda generar. Muy cercanos a este grupo, casi indistinguibles, se encuentran los abanderados del smart green, una propuesta que combinaría el imparable espíritu emprendedor de Silicon Valley, las nuevas tecnologías de la información y las energías renovables. Una especie de capitalismo geek comprometido con la salvación del planeta a base de start ups verdes.

Por otro lado están los neomalthusianos, convencidos de que la raza humana está abocada a desaparecer, aplastada por el peso de su propia huella ecológica, y que los avances tecnológicos, en el mejor de los casos, solo posponen lo inevitable. Cercanos a este grupo se encontrarían los seguidores de las tesis del Club de Roma y su informe Los Límites del Crecimiento. Este grupo se apoya en la dinámica de sistemas y la extrapolación de tendencias para mostrar modelos en los que la civilización tecnológica colapsa bajo el peso de sus propias excrecencias.

Otras categorías incluyen a los creyentes en la teoría de la conspiración, un grupo muy variado y que suele opinar sobre todo. Pueden creer en que todos los problemas medioambientales son un invento de las multinacionales del petróleo, responsables de ocultar las patentes del motor de agua y de aire, o bien justo lo contrario, que los problemas son reales y que detrás de todo están los Illuminati, prestos a diezmar la población mundial en beneficio de las elites planetarias. Este grupo mezcla con alegría los métodos de control social al uso con los chemtrails (las estelas de los aviones en el cielo que supuestamente nos rocían a diario con compuestos químicos), las conspiraciones del 11S y cualquier otro asunto incómodamente complicado.

Más recientemente han aparecido grupos que apuestan por el decrecimiento en los países ricos, como reconocimiento de que un sistema económico que solo sabe funcionar acompañado del crecimiento exponencial es inviable, y que hemos de «dejar sitio» a los habitantes del planeta cuyo desarrollo material es aún muy pobre. Este grupo, a su vez, está inspirado en las enseñanzas de un reducido conjunto de economistas heterodoxos que denuncian la economía clásica y neoclásica como pseudociencia y que prefieren la termodinámica como base física del proceso económico.

También hay algunos científicos sociales, sobre todo sociólogos, antropólogos y filósofos, que creen que en la base de todos los problemas ecológicos está una naturaleza humana forjada en tiempos muy diferentes al actual, cuya evolución ha quedado estancada y lastra una evolución cultural que parece incapaz de superar algunos rasgos innatos.

El lector quizás se preguntará en qué grupo me encuadraría o cual es mi opinión sobre estas «facciones» (¡si es que en 50 artículos no he dado ya suficientes pistas!).

Creo que los problemas medioambientales y energéticos son reales y causados por la acción colectiva de los humanos, aunque algunos somos más responsables que otros del daño causado. También pienso que los rasgos de la naturaleza humana más expansivos, territoriales y temerariamente optimistas, tan útiles a nuestros antecesores, pueden estar jugándonos una mala pasada. Nuestros sistemas de organización social actuales, que priman el trasiego de materiales y la actividad económica sea cual sea su tipo, por encima de otras consideraciones, también tienen una gran parte de responsabilidad. El regalo, envenenado quizás, de 300 millones de energía solar en forma de combustibles fósiles, ha sido el combustible que ha alimentado los proyectos de nuestra imaginación, tanto para el bien como para el mal.

Esas son las causas del problema. ¿Y las soluciones? Coincido con los defensores de las renovables en que el futuro es suyo, pero sospecho que otros límites (principalmente el de las materias primas minerales necesarias), pondrán freno a su expansión. En lo que respecta a la nuclear, desconfío profundamente de la industria y su papel de pantalla frente al programa nuclear militar, y después de 50 años de existencia e incontables promesas, merece algo de «destrucción creativa».

Por mucho que me sea simpático y necesario el movimiento decrecentista en los países ricos, tengo mis dudas acerca del nivel al que se estará dispuesto a decrecer, y si eso será viable socialmente. Tampoco veo muy posible un regreso a una sociedad agraria tradicional. Sin la tecnología, imprescindible pero engañosa cuando se la idolatra, veo difícil un bienestar material digno para 9.000 millones de humanos.

Si tuviera que identificarme con un grupo, probablemente elegiría al de los científicos sociales que buscan la respuesta en el ser humano y no en la tecnología. Y aún no he encontrado una que me satisfaga totalmente.

http://www.sostenible.cat/

ARTÍCULOS RELACIONADOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Otras noticias de interés