El Vía Crucis de la movilidad sostenible

Publicado el: 30 de septiembre de 2014 a las 08:54
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El Vía Crucis de la movilidad sostenible

También se podría ver como una especie de cuaresma, comprimida en unas horas o días, en los que los devotos del coche son llamados a reforzar su fe mediante algunos actos de penitencia, reflexión y ayuno automovilístico para, después, poder re-emprender con normalidad el vía crucis rutinario de parking-gasolinera-cola-peaje-cola-parking.

Comenzó siendo un Día Sin Coches (Car-Free Day) y ha ido evolucionando hasta convertirse en una semana que las instituciones dedican a la sensibilización para una movilidad sostenible y también segura. Desde que se empezó a promover a nivel mundial a finales de los noventa, cada mes de septiembre en nuestra casa y en otras ciudades del mundo se dedica un día (o una semana) a homenajear el transporte público y el no motorizado.



También se podría ver como una especie de cuaresma, comprimida en unas horas o días, en los que los devotos del coche son llamados a reforzar su fe mediante algunos actos de penitencia, reflexión y ayuno automovilístico para, después, poder re-emprender con normalidad el vía crucis rutinario de parking-gasolinera-cola-peaje-cola-parking. Y qué mejor prueba de fe y de capacidad de sacrificio que coger el transporte público o, en actos extremos de renuncia, ir a pie.

El símil religioso no es gratuito y muy pronto veremos porqué. Pero antes, y empezando por casa, vale la pena detenernos un momento a mirar atrás para recordar una primera jornada «de auto-reflexión» que en 1999 dejó vacías muchas calles de Barcelona y otras ciudades catalanas y nos presentó ante el mundo como un pueblo cívico y comprometido con la sostenibilidad. Eran otros tiempos.



En efecto, la sostenibilidad vivió tiempos mejores en nuestro país. Hace dos décadas que se creó en Cataluña el primer departamento de medio ambiente del estado, que luego también fue de vivienda, y ahora de territorio y sostenibilidad. Hace más de una década que en Barcelona se firmó un Compromiso Ciudadano por la Sostenibilidad. En los alrededores del 2002, además, en el conjunto de Cataluña se trabajaron y aprobaron más de 250 Agendas 21 locales.De éstas, casi un tercio estaban en la provincia de Barcelona y representaban entonces un 25% de los municipios barceloneses que en el transcurso de tres o cuatro años confeccionaron sus planes estratégicos y planes de acción ambiental; han pasado más de diez años, y a aquella lista de la provincia de Barcelona sólo se ha añadido una cincuentena de A21, prácticamente las mismas que se hicieron en pocos años entre finales de los noventa y principios del dos mil. Por fortuna, no todo ha perdido ritmo o se ha desvanecido discretamente. La misma revista que publica este artículo nació en aquella época gloriosa, y se mantiene como referente de la información ambiental local.
Costará recuperar una catarsis ambiental como la de finales de los noventa. El hecho es que el progresivo desinterés por estos temas parece que va más allá de colores políticos o orientaciones y coyunturas económicas. Se echa en falta un ‘hacer hervir la olla’ de la sostenibilidad, como si faltara el espíritu que movilizó cumbres internacionales, movilizaciones globales y acción local en aquel tiempo. Y lo cierto es que los grandes temas (globales, locales y glocales) que preocupaban entonces siguen vigentes, aunque sea con otros nombres: cambio climático, soberanía alimentaria, biodiversidad, eficiencia energética, responsabilidad corporativa, justicia ambiental.

Volvamos al símil religioso, ya que hablamos de espíritu. Hay que decir que acción no falta, sobre todo canalizada a través de redes sociales y proyectos emprendedores y cooperativos. Lo que se echa en falta es liderazgo ambiental, espiritual o no, pero sí más voces globales y respetadas, líderes políticos, empresariales y académicos como fueron en su día y en diferente medida y estilo Al Gore, WBCSD (World Business Council for Sustainable Development), IUCN, Shiva, por poner sólo algunos ejemplos. Se puede debatir y cuestionar qué intereses y fe defendían estos diversos actores sociales, pero no se les puede negar el hecho de que el fin de siglo tuvo la sostenibilidad como protagonista, un papel principal que no ha podido recuperar desde entonces o que, en el mejor de los casos y para ser optimistas, ha quedado relegado a la celda de meditaciones.

Así pues, en este sentir ambiental casi monacal que han sido los últimos diez o quince años, la semana de la movilidad sostenible y segura resulta tan estimulante y motivadora como comerse una bandeja de pastelitos hechos por monjas de clausura: un placer, sin duda, pero demasiado pintoresco y aislado como para ayudar a encender un debate profundo y renovador como el que dejamos atrás con el siglo veinte.

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