También se podría ver como una especie de cuaresma, comprimida en unas horas o días, en los que los devotos del coche son llamados a reforzar su fe mediante algunos actos de penitencia, reflexión y ayuno automovilístico para, después, poder re-emprender con normalidad el vía crucis rutinario de parking-gasolinera-cola-peaje-cola-parking.
Comenzó siendo un Día Sin Coches (Car-Free Day) y ha ido evolucionando hasta convertirse en una semana que las instituciones dedican a la sensibilización para una movilidad sostenible y también segura. Desde que se empezó a promover a nivel mundial a finales de los noventa, cada mes de septiembre en nuestra casa y en otras ciudades del mundo se dedica un día (o una semana) a homenajear el transporte público y el no motorizado.
También se podría ver como una especie de cuaresma, comprimida en unas horas o días, en los que los devotos del coche son llamados a reforzar su fe mediante algunos actos de penitencia, reflexión y ayuno automovilístico para, después, poder re-emprender con normalidad el vía crucis rutinario de parking-gasolinera-cola-peaje-cola-parking. Y qué mejor prueba de fe y de capacidad de sacrificio que coger el transporte público o, en actos extremos de renuncia, ir a pie.
El símil religioso no es gratuito y muy pronto veremos porqué. Pero antes, y empezando por casa, vale la pena detenernos un momento a mirar atrás para recordar una primera jornada «de auto-reflexión» que en 1999 dejó vacías muchas calles de Barcelona y otras ciudades catalanas y nos presentó ante el mundo como un pueblo cívico y comprometido con la sostenibilidad. Eran otros tiempos.
Volvamos al símil religioso, ya que hablamos de espíritu. Hay que decir que acción no falta, sobre todo canalizada a través de redes sociales y proyectos emprendedores y cooperativos. Lo que se echa en falta es liderazgo ambiental, espiritual o no, pero sí más voces globales y respetadas, líderes políticos, empresariales y académicos como fueron en su día y en diferente medida y estilo Al Gore, WBCSD (World Business Council for Sustainable Development), IUCN, Shiva, por poner sólo algunos ejemplos. Se puede debatir y cuestionar qué intereses y fe defendían estos diversos actores sociales, pero no se les puede negar el hecho de que el fin de siglo tuvo la sostenibilidad como protagonista, un papel principal que no ha podido recuperar desde entonces o que, en el mejor de los casos y para ser optimistas, ha quedado relegado a la celda de meditaciones.
Así pues, en este sentir ambiental casi monacal que han sido los últimos diez o quince años, la semana de la movilidad sostenible y segura resulta tan estimulante y motivadora como comerse una bandeja de pastelitos hechos por monjas de clausura: un placer, sin duda, pero demasiado pintoresco y aislado como para ayudar a encender un debate profundo y renovador como el que dejamos atrás con el siglo veinte.


















