En abril de 2023, un pequeño dron se quedó suspendido a menos de cinco metros sobre la copa de un guayabo fresa en la Reserva Forestal de Olaʻa, en la isla de Hawái, y soltó un cordel con hojas cargadas de insectos. Ese insecto es el arma con la que Hawái intenta frenar a un árbol invasor que le quita espacio al bosque nativo.
Aquella prueba formaba parte de un estudio que comparó el reparto aéreo con el tradicional desde el suelo. Con el dron, cada árbol se trató en 2,8 minutos de media, frente a los 12 minutos que se tardaba con una pértiga, y al cabo de un año había agallas en el 63 % de los árboles vigilados que se trataron desde el aire, frente al 38 % de los tratados a mano.
El trabajo lo dirigió Ryan Perroy, profesor de Geografía y Ciencias Ambientales de la Universidad de Hawái en Hilo, junto a Roberto Rodríguez III y Olivia Jarvis, de la misma universidad, y M. Tracy Johnson, del Servicio Forestal de Estados Unidos. «Hasta donde sabemos, es la primera vez que se libera un agente de control biológico con un dron en el estado», explicó Perroy en la nota de la Universidad de Hawái en Hilo.
Un frutal brasileño que se apoderó del bosque
El guayabo fresa (Psidium cattleyanum) es originario de Brasil y, según la ficha forestal de la Universidad de Hawái, se introdujo en las islas en 1825 «por su fruta comestible». Ecoticias ya contó cómo se ha extendido por los bosques de Hawái, donde forma masas tan densas que sustituyen a la vegetación nativa.
Dos de cada tres plántulas que crecen ahora en los bosques hawaianos son de especies no nativas, y la más abundante es esta, recuerdan los autores del estudio, que cifran en unas 475.000 hectáreas la superficie forestal del estado que puede estar afectada.
En las zonas remotas, arrancarlo es muy difícil. «El bosque nativo no puede protegerse por sí solo del guayabo fresa invasor», dijo en 2011 Russell S. Kokubun, entonces presidente del Departamento de Agricultura de Hawái. Steve Anderson, responsable de vegetación del Parque Nacional de Haleakalā, fue más concreto en un testimonio recogido en la evaluación ambiental: «El control mecánico y químico no puede seguir el ritmo de la invasión».
Un insecto brasileño que enferma al árbol
El aliado elegido es Tectococcus ovatus, una cochinilla que también procede de Brasil y que solo se alimenta de esta planta. Forma agallas, unos bultos en las hojas donde vive la hembra y pone sus huevos, y con ello resta vigor al árbol sin llegar a matarlo.
El Servicio Forestal llevaba más de 15 años probando posibles insectos de control cuando, en 2011, el Departamento de Agricultura de Hawái anunció la evaluación ambiental definitiva que permitía soltar este. La primera liberación llegó en 2012.
«Esperamos que la gente entienda que la liberación de este insecto de control biológico no matará todo el guayabo fresa», dijo Johnson, entonces investigador principal del Servicio Forestal en Hilo. «Seguirá habiendo mucho guayabo fresa. Frenar su reproducción y su carácter invasor ayudará a restablecer el equilibrio a favor de las plantas del bosque nativo, como el ʻōhiʻa».
Boleadoras de hojas lanzadas desde el aire
Perroy lo resumió de forma más llana en 2022, según recogió Environment Hawaiʻi: las agallas «hacen que las plantas enfermen un poco». Hasta ahora, el insecto se repartía con tirachinas, a mano o con pértigas extensibles, siempre cerca de carreteras y senderos. Los equipos usan cordeles de yute de 30 centímetros con un manojo de hojas con agallas atado a cada extremo, a los que llaman boleadoras por su parecido con el arma que se enreda en su objetivo.
En Olaʻa, el equipo trató 129 árboles, 62 con pértiga y 67 con un dron que llevaba cuatro boleadoras. La pértiga dejó la carga colgada en el 97,6 % de los intentos y el dron en el 86,6 %, pero el dron redujo el tiempo de tratamiento un 77 %.
A los seis meses no había diferencias entre ambos métodos, y a los doce los árboles tratados desde el aire tenían agallas con bastante más frecuencia. Al revisar los vídeos, los investigadores vieron que la pértiga dejaba la carga en el borde de la copa el 97 % de las veces, mientras que el dron la colocaba en el centro y en las ramas altas en más de la mitad de los casos.
«Creemos que la colocación más central y más alta que se consigue con el dron probablemente da al insecto más oportunidades de encontrar hojas nuevas adecuadas», escriben los autores.
Siete años después, agallas en todos los guayabos fotografiados
El equipo también siguió desde el aire una suelta hecha en septiembre de 2017 en la Reserva Forestal de Upper Waiākea, donde se lanzaron hojas con agallas a unos 25 árboles grandes. En 2021, el 23,1 % de las fotos con guayabos mostraba agallas, y en 2024 las tenían todos los guayabos fotografiados en un radio de 200 metros.
«El seguimiento repetido tras la liberación es fundamental», dijo Perroy a Entomology Today. «Y como las agallas que se forman son bastante pequeñas, hacerlo bien exigía tomar imágenes con resolución milimétrica. Eso significaba volar muy bajo y usar buenas cámaras».
Drones grandes y un helicóptero para cubrir islas enteras
En un terreno privado cerca de Keaʻau, el equipo comparó un dron con capacidad para 54 boleadoras, al que llamaron Kūhualūlū, con lanzamientos a mano desde un helicóptero Hughes 500. El dron dejó colgadas el 71,6 % de las cargas y el helicóptero el 68 %, una diferencia que no fue significativa.
La puntería sí cambió. El 93 % de las cargas del dron cayó a menos de dos metros de la línea marcada, frente al 68 % de las del helicóptero.
Con una cuadrícula de un lanzamiento por kilómetro cuadrado, tratar las 475.000 hectáreas exigiría 4750 lanzamientos y unas 92,5 horas de helicóptero, sin contar los traslados ni el repostaje. «Para zonas más grandes y remotas sin carreteras, los métodos aéreos son el único medio factible de introducir T. ovatus», escriben los autores. Perroy ya lo anticipaba en 2022: «Si de verdad queremos ampliar la escala, necesitamos pasar a los helicópteros».
Lo que el estudio todavía no demuestra
El ensayo de Olaʻa se hizo cerca de una carretera, y el árbol más alejado estaba a 41 metros de ella. Los autores reconocen además que su cálculo para todo el estado «supone que los guayabos fresa están distribuidos de manera uniforme y son visibles desde el aire», algo que no ocurre.
Tener agallas no significa que el bosque se haya recuperado, y el insecto tarda entre dos y cuatro años en empezar a extenderse con fuerza. Las normas de aviación de Estados Unidos limitan, por ahora, los vuelos de drones fuera del alcance de la vista, y en el modelo de costes del propio estudio el helicóptero salió más barato en todos los escenarios.
El control biológico tampoco convence a todo el mundo en Hawái, donde ya hay ejemplos de soluciones que se volvieron en contra, como el pez traído de Texas en 1905 contra los mosquitos. En 2008, en una reunión en Honokaʻa grabada por Big Island Video News, el vecino Lloyd Case calificó de «locura» traer un insecto «cuando la gente tiene waiawī en su patio para uso doméstico», y el concejal Dominic Yagong recordó que el árbol «es una fuente de alimento».
Los drones ya se usan en otros proyectos forestales, como el de un antiguo ingeniero de la NASA que lanza bolitas de arcilla con semillas para reforestar, mientras Hawái lidia con otros invasores como el mangle rojo.
«Nuestros resultados mostraron que el despliegue aéreo es más rápido y más eficaz que un método terrestre más tradicional», concluyen los autores en el estudio, publicado en Journal of Economic Entomology.
Imagen: Forest & Kim Starr / Wikimedia Commons (CC BY 3.0)












