«Nos estamos cargando la capa que nos protege del vacío interplanetario»

El sol está registrando una etapa de poca actividad. ¿A qué se debe?

El sol tiene ciclos de actividad solar, y para entenderlos hay que saber algo más sobre él. El sol es una bola de gas incandescente con unos campos magnéticos muy intensos que evolucionan en ciclos, con momentos de poca actividad, o de actividad máxima. Las observaciones nos dicen que este ciclo solar -entre el mínimo y el máximo- es de once años y pico como promedio, pero que también hay ciclos más cortos, de nueve o diez años, o más largos, de catorce años. Y ahora estamos en un momento de poca actividad, que quizá se está alargando un poco más que en otros ciclos.

 

¿Cómo se detecta la actividad solar?

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La actividad solar no se observa a simple vista, es necesario contar con detectores de infrarrojos, rayos X… bien desde la tierra, o bien desde el espacio. Históricamente, sin embargo, se han podido observar más fácilmente las manchas solares. En la superficie del sol la temperatura es de unos 5.800 grados, pero como el campo magnético emerge del interior del sol hay regiones con una temperatura más baja, de unos 4.800 grados, que por tanto son menos brillantes que la resto. Esto es lo que se conoce como manchas solares. Y sabemos que cuando más actividad solar hay, hay más manchas y son más grandes. Lo primero que las observó fue Galileo. No se pueden ver a simple vista -de hecho, no se puede mirar nunca al sol a simple vista porque es muy dañino para la retina-, pero sí con los filtros adecuados, o con placas de proyección. Las manchas son la muestra de actividad solar que históricamente se ha ido siguiendo, aunque ahora tenemos muchos otros indicadores gracias a la nueva instrumentación.

 

¿Qué quiere decir que en este ciclo solar se está alargando la etapa de poca actividad?

Tenemos datos del ciclo solar desde el 1800, cuando se comenzó a registrar la presencia de manchas. Y con esta información se ha visto que no todos los ciclos duran exactamente lo mismo. En estos momentos estamos atravesando un mínimo de la actividad solar más largo de lo esperado. Y evidentemente, los modelos científicos intentan predecir cuando volverá a aumentar el ciclo, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Pero no hay motivo de alarma, porque eso no tiene más consecuencias. De hecho, estas variaciones de actividad solar no nos afectan a corto plazo, o cuanto menos, no lo han hecho hasta los últimos tiempos. Hasta hace cien años no se notaban los efectos directos, pero ahora sí que influyen en la tecnología.

 

¿Qué es el mínimo de Mauder y qué efectos tuvo?

A mediados del siglo XIX, precisamente en la época del rey Sol, Mauder detectó un período de 70 años en el que prácticamente cesó la actividad solar, y eso es lo que se conoce como mínimo de Mauder. Durante todo ese tiempo, desaparecieron las manchas solares, así como las auroras boreales, que son una de las consecuencias de la actividad solar. Y justamente en aquella época, en Europa bajó la temperatura media en medio grado, y se extendieron los glaciares de los Alpes y los Pirineos. Algo similar es lo que acabó con la vida en Groenlandia en el siglo XII, cuando tras un aumento de temperaturas que hizo que los vikingos pudieran llegar, volvió a haber una bajada y no pudieron sobrevivir allí.

 

Además de la temperatura, ¿qué otros efectos puede tener la variación de la intensidad de la actividad solar sobre la Tierra?

Cuando el sol tiene máxima actividad, parte de la energía de la superficie sirve para calentar el gas de las capas de la atmósfera solar y también para imprimir darle cierta velocidad. Así, hay fulguraciones -grandes llamaradas- y tormentas en la superficie del sol, que expulsan partículas y pedazos de masa de gas hacia el exterior, hasta la Tierra y más allá. Hasta principios del siglo XX esta actividad solar tenía poca influencia directa, pero ahora es muy importante. Los avances tecnológicos han supuesto que influya sobre nuestras vidas. Por ejemplo, las tormentas solares afectan algunas comunicaciones -como la señal de televisión-, sobre todo en altas latitudes. Las auroras boreales son también un fenómeno asociado a la actividad solar.

 

En una tormenta solar, el astro expulsa materia coronaria -masa de gas- que se propaga en el espacio interplanetario y que puede llegar a la Tierra, a una velocidad de entre 200 y 700 kilómetros por segundo. Es decir, puede llegar a la Tierra en un día y medio o dos. Al mismo tiempo, también se expulsan otras partículas aisladas que han sido aceleradas muy rápidamente y que llegan en 8 o 10 minutos. Son protones y electrones, es decir, radiación de alta energía, y tienen los mismos efectos que una fuente de energía nuclear, y nos pueden producir las mismas enfermedades. De hecho, por ejemplo, los vuelos transpolars entre Europa y Estados Unidos, si al pasar por la orilla de los polos llega un flujo de partículas solares, aumenta el riesgo de cáncer. Por eso las tripulaciones deben seguir una normativa específica, aunque en realidad en condiciones normales se trata de un riesgo similar a hacerse un par de radiografías por año.

 

Lo que nos protege contra esto son los primeros 150 kilómetros de la atmósfera, donde se concentra la mayor parte del gas. Esta pequeña capa tan débil es lo único que realmente nos separa del vacío interplanetario, y quizás nos lo estamos cargando, es una locura.

 

¿Cómo influye el campo magnético de la Tierra para protegernos de las partículas que llegan del sol?

Además de la atmósfera, también nos protege otra capa, pero invisible: el campo magnético de la Tierra, que protege buena parte del planeta, y que deriva de las partículas que llegan del sol hacia las zonas polares, por donde se precipitan sobre la Tierra. Al encontrarse con nitrógeno y oxígeno dan lugar a las auroras boreales.

 

Además, cuando llega una masa de gas del sol, trastoca este campo magnético, y todo este material se precipita también sobre las regiones polares. Estos protones y electrones comienzan a girar sobre los polos, y generan nuevos campos magnéticos que producen alteraciones eléctricas en la tierra, y que se propagan por las regiones conductoras, como las rocas basálticas. Si coinciden, por ejemplo, con una acometida de alta tensión, interactúan y pueden llegar a reventarla. Así, una gran tormenta solar en marzo de 1989 dejó fuera de combate, en treinta segundos, los transformadores de una central nuclear en Estados Unidos.

 

Afecta también a las comunicaciones transoceánicas, los sistemas GPS, el sistema Galileo, los sistemas militares y los satélites de comunicaciones. Sabemos que se han perdido satélites, ya que durante las tormentas solares los sistemas de seguimiento desde la tierra pierden la posición de muchos de ellos. De hecho, la mayoría de satélites tienen sistemas de doble o triple redundancia, porque si una de estas partículas atraviesa un chip, lo deja inservible. Y afectan, en general, al funcionamiento de toda la maquinaria que hay en el espacio. También influye en los viajes tripulados al espacio. Se habla mucho de un viaje tripulado a Marte, pero la probabilidad de que durante los dos años que debería durar haya una gran tormenta solar es del cien por cien. Así que necesitamos proteger a los astronautas, porque con lo que se tiene ahora, quedarían asados. Hoy por hoy, esto no tiene solución.

 

Además de las variaciones en ciclos de once años como promedio, ¿qué otras variaciones se registran a la actividad solar?

Además de estas oscilaciones de corto plazo, el sol tiene otros de plazos más largos que no sabemos muy bien cómo son ni tienen una periodicidad marcada -o, al menos, todavía no tenemos datos suficientes para saberlo. Geológicamente está demostrado que ha habido momentos en que las variaciones de la constante solar -esto es, de la energía que nos envía el sol- ha hecho variar la temperatura de la Tierra. Cabe aclarar que esto, de todos modos, es un hecho opinable, porque también interviene la propia meteorología del planeta. Aquí entramos en un terreno fuertemente especulativo, porque nos faltan datos. Pero en cualquier caso, lo cierto es que es un factor más que interviene.

 

¿Cómo evoluciona actualmente esta constante solar?

Hasta los años 50 parecía bastante bien establecido que la constante solar iba aumentando muy ligeramente. Y desde los años 60 se han mezclado los efectos de origen humano que han influido en los efectos de la radiación solar en la Tierra. En mi opinión, hemos llegado a un momento en la intervención humana produce suficiente energía como para alterar las condiciones medioambientales. Somos demasiadas personas. Quizá con un millón de habitantes la población humana no era suficientemente importante como para alterar las condiciones climáticas, pero ahora sí, sobre todo con los efectos de la tecnología. Por tanto, ya no podemos confiar en los indicadores de energía solar que tomamos desde el suelo, debemos recurrir a las mediciones desde el espacio.

 

Estos datos indican que la constante solar continúa aumentando. Y aunque en realidad es muy poca cosa, puede ser suficiente para desequilibrar las cosas. Pero por ahora no podría decir si es determinante sobre el clima, porque ya no está a solas. Desde el punto de vista de la sostenibilidad, es mucho más importante que nos preocupemos de lo que está pasando tras las acciones humanas y no tanto del sol.

 

www.sostenible.cat – Anna Boluda

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