Las dunas de California parecen parte del paisaje, pero hacen mucho más que dibujar una línea de arena junto al Pacífico. Un nuevo estudio calcula que su superficie se ha reducido cerca de un 60 % desde mediados del siglo XIX, al pasar de unos 739 kilómetros cuadrados a casi 300. ¿Qué cambia cuando desaparece esa barrera natural?
La respuesta afecta a la fauna, a las playas y también a quienes viven cerca del mar. La urbanización y los cambios de uso del suelo explican en gran medida el retroceso, mientras que muchas dunas supervivientes han quedado partidas por carreteras y otras infraestructuras. Hay menos arena capaz de moverse, recuperarse y amortiguar el golpe de un temporal.
Una pérdida de 442 kilómetros cuadrados
El trabajo analiza 165 años de cambios a lo largo de los 1625 kilómetros de costa de California. A mediados y finales del siglo XIX, las dunas ya establecidas se extendían por al menos 434 kilómetros de litoral y ocupaban unos 739 kilómetros cuadrados. Si se añaden las zonas de transición que podían albergar dunas temporales, este paisaje aparecía en cerca de un tercio de la costa.
La imagen moderna es muy distinta. En la fotografía de 2016, las dunas se extendían detrás de unos 352 kilómetros de litoral, el 22 % del total, y ocupaban casi 300 kilómetros cuadrados. La reducción neta alcanza unos 442 kilómetros cuadrados.
No se trata solo de que haya menos arena. La costa también ha perdido continuidad, y eso limita el movimiento natural entre la playa y la duna. En la práctica, un sistema aislado tiene más dificultades para recibir sedimento y recuperarse tras un fuerte oleaje.
Así se midió el retroceso
Reconstruir una costa de hace más de un siglo no consiste en mirar dos fotografías y dibujar una línea. El equipo digitalizó 140 mapas topográficos elaborados entre 1845 y 1934, los alineó con referencias actuales y comparó sus límites con imágenes aéreas y datos LiDAR. También utilizó aprendizaje automático, visitas de campo y revisión manual.
Hay un matiz importante. Aunque el estudio se publicó en 2026, la fotografía contemporánea principal corresponde a datos de 2016. Eso no invalida el resultado, pero aclara que la investigación mide una transformación histórica y no un recuento hecho este mismo verano.
Los investigadores identificaron la base y la cresta de las dunas para distinguirlas de playas planas, humedales, zonas urbanizadas y antiguos depósitos de arena. Es un trabajo lento, porque una duna puede estar activa, cubierta de vegetación o separada del mar. Y ahí un mapa sencillo se queda corto.
La huella urbana
Las diferencias entre regiones son enormes. El sur de California perdió alrededor del 95 % de su superficie dunar histórica, unos 108 kilómetros cuadrados, mientras que la zona central perdió cerca del 60 %, unos 331 kilómetros cuadrados. En el norte, la reducción neta fue de aproximadamente el 3 %, aunque eso no significa que todas sus dunas estén en buen estado.
Viviendas, carreteras, vías ferroviarias, puertos, comercios y tierras agrícolas ocuparon espacios donde antes el viento movía la arena con libertad. El comunicado de la universidad atribuye a procesos naturales unos 18 kilómetros cuadrados de pérdida, una parte pequeña frente a la transformación humana. El cambio se remonta al crecimiento asociado a la fiebre del oro de 1848, mientras que las plantas invasoras añadieron más presión.
Las áreas de Los Ángeles y San Francisco concentran algunos de los cambios más visibles. «Lo que más me sorprendió fue la magnitud de la pérdida en San Francisco y Los Ángeles», explicó Kyle Emery, investigador del Marine Science Institute de la Universidad de California en Santa Bárbara. No es poca cosa.
Dunas más pequeñas y aisladas
El número de fragmentos de duna aumentó de 232 a 339, pero su tamaño medio cayó de 3,10 a 0,88 kilómetros cuadrados. Parece una contradicción, aunque en realidad describe un paisaje troceado en piezas pequeñas. Hay más manchas en el mapa y menos ecosistema conectado.
Más de la mitad de los fragmentos actuales están separados de la orilla y de los procesos costeros por carreteras, ferrocarriles u otras construcciones. El viento ya no transporta la arena igual y las plantas adaptadas a estos terrenos encuentran menos espacio. También lo tienen más difícil las aves y otros animales que necesitan zonas continuas.
Esta fragmentación importa tanto como la pérdida total de superficie. Una duna encerrada entre asfalto y edificios puede seguir apareciendo en un inventario, pero no funciona igual que un sistema abierto. Y eso se nota cuando llega el mar con fuerza.
Una defensa natural
Las dunas almacenan arena, alimentan las playas y absorben parte de la energía de las olas. Durante una tormenta pueden erosionarse y ceder sedimento, reduciendo el impacto sobre los terrenos situados detrás. Después, cuando hay espacio y vuelve a entrar arena, parte del sistema puede reconstruirse.
Esa capacidad convierte a las dunas en una defensa viva frente a la erosión, las inundaciones y la subida del nivel del mar. No sustituyen por sí solas a toda la planificación costera, pero sí pueden reducir la exposición de viviendas, carreteras y servicios. Perderlas puede obligar a buscar otras soluciones, a menudo más rígidas y costosas.
La pérdida ecológica va en la misma dirección. Estos ambientes albergan plantas, insectos, aves y pequeños mamíferos especializados en vivir entre viento, sal y arena móvil. Cuando la duna desaparece, no solo cambia la postal de la playa.
Restaurar ayuda, pero no basta
El estudio también encontró lugares donde las dunas crecieron. El avance de la arena hacia el mar creó unos 15,2 kilómetros cuadrados de nuevo hábitat y la migración hacia tierra firme añadió alrededor de 8,3 kilómetros cuadrados. Son ganancias reales, pero pequeñas frente a los 442 kilómetros cuadrados perdidos.
Algunos proyectos del sur de California muestran que recuperar dunas es posible cuando existe playa suficiente, llega arena y se controla la presión humana. Pero no todas las costas tienen el mismo espacio, presupuesto o dinámica. Levantar una duna donde el mar ya toca una carretera puede ser mucho más difícil de lo que parece sobre el papel.
En el fondo, la prioridad es evitar que los sistemas que quedan sigan fragmentándose y utilizar el nuevo inventario para decidir dónde la restauración puede funcionar mejor.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Earth’s Future.



