Tina Morris tenía 26 años en el año 1976, y tenía una tarea poco común para ser una estudiante de posgrado del Laboratorio de Ornitología de Cornell. Acampó en el Refugio Nacional de Vida Silvestre de Montezuma, en Nueva York y colocó un nido artificial en lo más alto de una torre que tenía al lado, de 10,6 metros de altura.
Tenía la misión de criar águilas jóvenes que no podían acostumbrarse a las personas. Estuvo dos veranos atendiendo a siete aves y sentó las bases para poder recuperar la especie en la ciudad estadounidense. El mayor éxito lo tuvo con el ejemplar M3, que vivió 38 años y tuvo 70 polluelos.
Criar sin domesticar
El reto era mayúsculo, no es nada sencillo alimentar a un águila y que no aprenda a esperar a que esa persona le sirva el alimento. Había que evitar que el ave asociara a los humanos con los alimentos.
El Departamento de Conservación Ambiental de Nueva York y Tom Cade, investigador de Cornell, adaptaron la cría y suelta controlada, conocido como “hacking” en inglés. Morris estaba siempre escondida, y colocaba animales muertos en el nido con una vara de lo suficientemente larga para colocarlo sin que se le viera.
Siete aves en dos años
Según la propia cronología de la bióloga, primero se introdujo a W1 y W2, y un año después, ya en 1977, se introdujeron cinco ejemplares más, incluido M3, que provenía de Minnesota y tras haber superado una lesión en su pata. Ninguno de ellos sabía volar y debían aprender a alimentarse sin la presencia de una pareja adulta.
No se sabía cómo saldría este método experimental, los jóvenes podrían caer a un pantano cercano, podían aterrizar mal, desaparecer entre la vegetación, así que era importante poder localizarlos y ver si estaban siendo capaces de alimentarse por sí mismos. Fueron evolucionando y en 1980, W1 y W2 anidaron y tuvieron su primer polluelo.
M3 dejó una larga huella
En el 81, M3 empezó a reproducirse en el lago Hemlock. Murió en junio del 2015 atropellado mientras se alimentaba pegado a una carretera, a los 38 años, un récord por aquel entonces para un águila calva anillada (03142).
Se estima que crio alrededor de 70 crías, es una estimación basada en sus años como macho reproductor. Sea cual sea el número exacto, permite evidencia de lo que es capaz de hacer una sola ave si está en su hábitat y tiene la protección necesaria. “Trabajo bien hecho, 03142”, resumió Peter Nye, biólogo jubilado.
Una recuperación colectiva
En 1963 solo quedaban 417 parejas en los 48 estados por aquel entonces. Las aves habían perdido su hábitat, las que quedaban recibían disparos, y el pesticida DDT, que debilitaba las cáscaras de huevo, llevaron a la especie a un claro peligro de extinción.
Por suerte, la regulación cambió en favor de estas aves, y en el año 2007 la población había aumentado hasta las 9.789 parejas aproximadamente, saliendo de la lista de especies amenazadas. En 2019, se estimaron alrededor de 71.467 parejas.
Montezuma tuvo un papel muy importante, aunque sola nunca lo hubiera logrado. Aun así, demostró la capacidad de las águilas para criarse, aprender y sobrevivir sin contacto humano.
La nota oficial sobre esta historia se ha publicado en el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos.












