Un animal gelatinoso identificado en Australia como un sifonóforo colonial revela lo poco que se conoce aún de la vida en las fosas abisales y reabre el debate sobre la protección de los ecosistemas marinos más remotos
Un equipo internacional de biólogos marinos ha documentado en aguas profundas frente a Australia un organismo de unos quince metros de longitud que se desplazaba lentamente a más de seis mil metros de profundidad. Los investigadores lo han descrito como un animal de cuerpo translúcido y forma filamentosa que se mantiene en suspensión en la columna de agua y que, por su morfología, se corresponde con la familia de los sifonóforos.
Lejos de ser un único individuo, este tipo de criaturas son en realidad organismos coloniales formados por cientos de pequeñas unidades genéticamente idénticas que cooperan entre sí para alimentarse, desplazarse y reproducirse. Cada una de esas unidades cumple una función distinta, desde la captura de presas hasta la propulsión mediante estructuras similares a campanas natatorias, lo que convierte a estos cnidarios en algunos de los depredadores más eficientes del océano profundo.
El hallazgo se ha producido en una zona de cañones submarinos poco explorados, en unos fondos marinos donde la luz no llega y la presión multiplica por más de seiscientas la que soportamos en superficie. Allí, las cámaras de los vehículos operados a distancia apenas iluminan una fracción del entorno. Diversos estudios estiman que buena parte de la fauna de estas profundidades sigue sin describirse en la literatura científica, pese a que se trata de ecosistemas clave para el funcionamiento del océano en su conjunto.
Los especialistas recuerdan que los sifonóforos forman parte del plancton gelatinoso y que su papel en las cadenas tróficas es todavía poco conocido. Una revisión sobre la diversidad global de los sifonóforos publicada en la revista científica PLOS One ya advertía de la presencia de especies nuevas a medida que avanzaban las campañas oceanográficas de profundidad y subrayaba su importancia como depredadores de crustáceos y pequeños peces en mar abierto.
El descubrimiento refuerza la idea de que el océano profundo continúa siendo, en gran medida, un territorio desconocido. La comunidad científica insiste en que estos sistemas no solo albergan una enorme biodiversidad marina, sino que desempeñan un papel esencial en la regulación del clima mediante el almacenamiento de carbono y el intercambio de nutrientes entre capas de agua.
Al mismo tiempo, la presión humana sobre el océano crece también en las grandes profundidades. Organizaciones ecologistas y numerosos centros de investigación alertan de que la expansión de la minería de los fondos marinos y la subida de la temperatura de los océanos agravan la fragilidad de estos hábitats, donde el ritmo de vida es muy lento y la recuperación tras una perturbación puede requerir siglos.
Los expertos consultados recuerdan que la protección de áreas abisales y mesopelágicas avanza con más lentitud de la necesaria y que los compromisos internacionales apenas han empezado a incorporar objetivos específicos para estos entornos. El debate sobre tratados como el de alta mar y sobre la creación de corredores ecológicos se cruza con el diseño de reservas destinadas a salvaguardar especies poco visibles, desde grandes depredadores hasta comunidades de pastos marinos que sostienen gran parte de la productividad en zonas costeras.
En este contexto, el registro de un nuevo gigante gelatinoso en las aguas profundas frente a Australia no se interpreta solo como una curiosidad biológica. Para los investigadores, constituye un ejemplo más de la rapidez con la que la tecnología está abriendo una ventana al océano profundo y de la urgencia de contar con datos sólidos que permitan decidir qué explotar, qué preservar y cómo hacerlo sin comprometer el equilibrio del planeta.
El comunicado oficial de la expedición científica ha sido publicado en Schmidt Ocean Institute.





















