La fascinante historia de Wattieza, el árbol más antiguo conocido que formó los primeros bosques de la Tierra hace 385 millones de años

Publicado el: 9 de mayo de 2026 a las 12:48
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Fósiles del bosque de Wattieza en Gilboa, considerado el bosque más antiguo de la Tierra con 385 millones de años.

Hay lugares que parecen normales hasta que alguien levanta una losa de roca y descubre que bajo sus pies dormía un bosque entero. Eso pasó en el estado de Nueva York, donde unos tocones fosilizados llevan más de un siglo provocando la misma pregunta. Si solo vemos la base del árbol, ¿cómo era el resto?

Hoy ese rompecabezas tiene nombre y apellido, Wattieza, y también una lección ecológica. No hablamos solo de “el árbol más antiguo”, sino de una forma de vida que empezó a cambiar suelos, ríos y, en parte, la conversación sobre el CO2 del planeta.



Un rompecabezas largo

Los tocones de Gilboa, en Nueva York, se conocen desde el siglo XIX, pero durante décadas fueron un misterio con forma de cuenco. Reuters recuerda que se desenterraron en 1870 durante trabajos en una cantera, y durante mucho tiempo nadie había visto la parte superior del árbol.

La clave llegó cuando aparecieron fósiles más completos. Un comentario científico publicado en Nature explica que dos ejemplares excepcionalmente bien conservados permitieron reconstruir la estructura del árbol que formaba aquel bosque.



El hallazgo no fue solo “un tronco bonito”. Significaba que, por fin, se podía conectar el tocón con su copa y entender cómo eran los primeros bosques de la Tierra en pleno Devónico Medio, hace alrededor de 385 millones de años.

Un árbol raro

Wattieza no era un árbol como los de ahora. El mismo análisis en Nature describe un tronco esbelto de más de 6 metros, con una base ensanchada tipo Eospermatopteris y marcas de ramas cerca de la parte superior. 

Esos restos encajan con árboles que podían rondar hasta unos 10 metros de altura, más o menos como un edificio de tres plantas. En el imaginario recuerda a una palmera, pero pertenecía a un grupo extinguido de plantas arborescentes conocido como Pseudosporochnales, más cercano a los helechos que a los árboles con semilla.

La sorpresa está en la copa. En lugar de hojas planas, tenía ramas cortas y erguidas que se dividían y acababan en apéndices tridimensionales, algo que “no se parece a hojas”. Dicho de otra manera, era un árbol sin hojas.

El paleobiólogo William Stein lo resumió de forma muy gráfica al hablar con Reuters. “En lugar de hojas, Wattieza tenía ramas en forma de frondas”, con ramillas que recordaban a un cepillo.

Bosques que aún no lo eran

Cuando pensamos en un bosque, imaginamos sombra densa, hojas por todas partes y un suelo mullido. El bosque de Gilboa era otra cosa, pero ya creaba un paisaje nuevo. El comentario en Nature recuerda que Gilboa es un lugar clave porque conserva una amplia variedad de organismos terrestres de aquella época, incluidos artrópodos.

Hay un detalle que suena muy actual, aunque sea prehistórico. Las ramas de Wattieza se iban cayendo al suelo, y eso generaba restos vegetales que podían alimentar nuevas cadenas de vida, como señalan los investigadores citados por Reuters.

De hecho, cuando el “suelo del bosque” quedó expuesto de forma temporal durante trabajos en la zona, los equipos pudieron mapear la posición de los fósiles sobre una superficie amplia, del orden de 1.300 metros cuadrados. Esa imagen del bosque completo apunta a un ecosistema más complejo de lo que se pensaba.

Raíces y suelos

Otra diferencia clave con los árboles modernos está bajo tierra. El análisis en Nature indica que el árbol de Gilboa tenía un sistema de raíces limitado, formado por muchas raíces de tamaño parecido, y que no se expandía tanto con el crecimiento.

En el mismo texto se contrasta con Archaeopteris, un “árbol más moderno” del Devónico tardío, que tenía ramas largas y un sistema de raíces extenso. Ese contraste cuenta algo esencial, en el Devónico hubo distintas estrategias para “ser árbol”, no una sola receta.

Y aquí entra el suelo. La forma de enraizar y la cantidad de restos vegetales determinan cuánto se retienen nutrientes, cómo se erosiona el terreno y cómo circula el agua. Es la parte menos vistosa, pero es la que hace que un bosque sea un ingeniero del paisaje, no solo un conjunto de troncos.

El CO2 en la historia

Durante años se contó una versión bastante directa. Primero aparecen los bosques, luego se “chupa” CO2 y el planeta se enfría. De hecho, el propio estudio de 2022 en Nature Communications reconoce que se había vinculado la llegada de los bosques con un descenso fuerte del CO2 y un enfriamiento global.

Pero la ciencia a veces te obliga a matizar, y este es un buen ejemplo. Ese mismo estudio, publicado el 20 de diciembre de 2022, estima que antes de que los continentes estuvieran cubiertos de bosques, la atmósfera tenía aproximadamente entre 525 y 715 ppm de CO2. También sugiere que la Tierra ya estaba parcialmente glaciada según modelos paleoclimáticos.

La idea de fondo es incómoda y, a la vez, fascinante. El trabajo señala que los árboles con raíces profundas quizá no “dispararon” la eliminación de CO2 tanto como se pensaba, y que ecosistemas vasculares más bajos y de raíces someras pudieron provocar enfriamiento y cambios en oxígeno antes de los grandes bosques.

Lo que significa hoy

¿Y qué significa esto en la práctica para alguien que lee sobre cambio climático en 2026? Lo primero es no caer en simplificaciones. Los bosques han sido y siguen siendo piezas clave del ciclo del carbono, pero el planeta es una máquina con muchas palancas.

El propio Christopher Junium, coautor del estudio, lo dice con claridad. “Que nuestros resultados sugieran que la expansión de los bosques en el Devónico no causó una caída dramática del CO2 no significa que plantar bosques nuevos sea algo que no debamos hacer”. También añade que la mitigación climática pasa por reducir emisiones y combinar varias formas de retirar CO2.

La historia de Wattieza, en el fondo, nos recuerda que la vegetación cambia la Tierra aunque no sea perfecta ni “moderna”. Un árbol sin hojas, con raíces limitadas y ramas desechables, ya estaba abriendo el camino a los bosques que hoy nos dan sombra, frenan erosión y ayudan a amortiguar extremos. Pero el reloj climático corre, y lo que hagamos ahora importa más que cualquier fósil.

El estudio más reciente que pone cifras al CO2 antes de la aparición de los bosques se ha publicado en Nature Communications.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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