Frente a la localidad de Duck, en los Outer Banks de Carolina del Norte, un equipo científico sigue una franja del fondo marino donde se depositaron unas 8.200 toneladas de arena de olivino. El ensayo quiere comprobar a qué ritmo se disuelve el mineral en condiciones reales, cuánta alcalinidad genera y si eso permite al océano absorber más dióxido de carbono de la atmósfera.
La idea parece sencilla, pero todavía no es una solución climática demostrada. El proyecto necesita medir durante varios años cuánto CO2 retira realmente después de descontar todas las emisiones y qué ocurre con los animales y sedimentos de la zona. Ahí está la prueba de verdad.
Una prueba bajo el agua
El material fue colocado en 2024 a varios cientos de metros de la costa y a unos 7,6 metros de profundidad. Forma una berma submarina, parecida a las acumulaciones de arena que se utilizan para reducir la fuerza de las olas antes de que lleguen a la playa. El despliegue ocupa un corredor de unos 91 metros de ancho por 670 metros de largo.
El proyecto recibió permisos estatales y federales, pero esa autorización no demuestra por sí sola que la técnica funcione. Hourglass Climate dirige el seguimiento y toma muestras de agua, sedimentos y organismos marinos con una frecuencia mensual o trimestral. El programa durará tres años y también estudiará cómo se mueve la arena con las corrientes y los temporales.
Cómo funciona el olivino
El olivino es un silicato rico en magnesio presente en muchas rocas del interior de la Tierra y en materiales de origen volcánico. Al entrar en contacto con el agua de mar se altera poco a poco, libera alcalinidad y desplaza parte del carbono disuelto hacia formas como el bicarbonato. En esa forma, el carbono puede permanecer almacenado durante miles de años.
En el fondo, se intenta acelerar un proceso geológico natural que ya regula el clima, pero que normalmente tarda miles de años. Triturar el mineral aumenta la superficie expuesta y puede acelerar su disolución, aunque el tamaño del grano, la temperatura, el movimiento del agua y la química del sedimento cambian mucho el resultado. No todas las playas reaccionarán igual.
La cifra que debe demostrarse
Vesta, la empresa que desarrolló el proyecto, calcula que el ensayo podría retirar alrededor de 5.000 toneladas de CO2 una vez descontadas las emisiones asociadas. Es una estimación previa, no una cantidad ya capturada y verificada. La diferencia importa.
Para conocer el balance real habrá que contar la extracción del olivino, su trituración, el transporte desde Noruega, el trabajo de las barcazas y la posible formación de otros minerales durante la reacción. Mover miles de toneladas de roca no sale gratis ni en dinero ni en energía. Por eso, una buena medición debe seguir el carbono desde la mina hasta el fondo marino.
El lugar también importa
Un estudio publicado en Nature Climate Change mostró que la eficacia de aumentar la alcalinidad del océano varía según la latitud, la estación y la velocidad con la que el CO2 pasa del aire al agua. Parte de la alcalinidad puede hundirse o dispersarse antes de provocar toda la absorción atmosférica esperada. En la práctica, elegir bien el sitio es casi tan importante como elegir el mineral.
Duck ofrece una ventaja poco habitual. Junto a la zona se encuentra una instalación del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos que recopila datos sobre oleaje, corrientes y cambios del fondo desde 1977. Ese historial permite distinguir mejor el efecto del olivino de los cambios normales del mar.
Qué puede pasar con la vida marina
El olivino no solo libera magnesio y alcalinidad. Las rocas ricas en este mineral también pueden contener trazas de níquel y cromo, de modo que los científicos deben comprobar si esos metales se acumulan o alcanzan niveles dañinos. Además, una capa nueva de arena modifica físicamente el hábitat de los pequeños animales que viven enterrados.
Los datos disponibles ofrecen señales tranquilizadoras, pero aún no cierran el debate. Un estudio con seis especies de fitoplancton no observó efectos tóxicos evidentes en las condiciones ensayadas, y un experimento de un año con ostras en Nueva York no encontró diferencias significativas de crecimiento ni acumulaciones medias preocupantes de metales. Pero una especie, una playa y un periodo concreto no representan todos los ecosistemas.
Una posible ayuda contra la erosión
La propuesta resulta atractiva porque podría unir dos tareas que ya cuestan mucho dinero. Muchas localidades reponen arena para frenar la erosión y proteger viviendas, carreteras o paseos marítimos. Usar olivino en parte de esas obras permitiría, en teoría, reforzar la costa y retirar CO2 al mismo tiempo.
Pero esa doble utilidad solo tendrá sentido si el mineral es compatible con la arena local, no perjudica a la fauna y captura más carbono del que genera su cadena de suministro. También habrá que evitar que la promesa de retirar CO2 sirva como excusa para retrasar la reducción de combustibles fósiles. El olivino podría ser una herramienta complementaria, no un permiso para seguir emitiendo.
Lo que falta por saber
Una revisión científica publicada en 2025 advirtió de que todavía no existe conocimiento suficiente para predecir con seguridad el resultado de una aplicación real a gran escala. Entre las dudas principales están la velocidad de disolución, la saturación del agua entre los granos, las reacciones secundarias y la cantidad de alcalinidad que se puede atribuir de verdad al material añadido.
El ensayo de Duck intenta responder justamente a esas preguntas con medidas tomadas fuera del laboratorio. Por ahora, los resultados presentados públicamente son preliminares y el seguimiento continúa, por lo que todavía falta una publicación completa revisada por otros científicos. Hasta entonces, hablar de éxito sería adelantarse.
La información oficial sobre el ensayo y su programa de seguimiento ha sido publicada por Hourglass Climate.
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