¡Mamá, se movía con la luz del sol!

Víctor con seis años abría los ojos tanto como sus párpados le permitían. Tenía ante él algo que le resultaba asombroso ¡Ese coche se movía cuando la luz del sol iluminaba esa cosa de color azul que llevaba instalada! Víctor atendía la explicación del educador y había oído que era una placa solar [fotonosequé] y que gracias a ella el coche funcionaba.
 

Víctor hacía un gesto inequívoco agachando la cabeza, trataba de ver si el coche tenía alguna pila u otro cosa que lo impulsase ¿Habría un hilo transparente atacado a algún sitio que sirviese para engañarle? Si era así, Víctor estaba decidido a encontrarlo.

 

La cuestión era que el niño no solo no encontraba pilas ni hilo, sino que además el truco ahora rizaba el rizo cuando el educador colocaba la mano entre el coche y el sol, proyectando la sombra del mismo sobre la placa, provocando así que el coche se parara y volviese a desplazarse al quitar esa mano. Esto ya era demasiado para Víctor.

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Víctor pidió permiso para coger el coche con sus propias manos y salir de dudas, estaba decidido a encontrar el truco. Lo cogió, lo manipuló, comprobó que no tenía hilos y lo que disipó cualquier duda fue el momento en que él solo, con el coche iluminado por la luz solar, pudo obrar el [milagro], el coche funcionaba empujado por miles de rayos de sol y se paraba ante la ausencia de estos.

El pequeño sonreía, había visto algo que no olvidaría, el poder del sol y la capacidad del ser humano para aprovecharlo en su beneficio de una manera sostenible, algo que Víctor con 6 años empezaba a entender.

 

Soy educador ambiental, autodidacta e intuitivo, y afronto mi trabajo con el convencimiento de que, como en el caso de Víctor, aportar experiencias que incorporen a nuestro cerebro referentes que sumen en la creación de una conciencia sostenible es fundamental. Ver, tocar y manipular, experimentar; aportan información, facilitan la comunicación y abren el camino de la educación. No quiero sentar cátedra con mi experiencia, no soy tan pretencioso, pero observo que a veces los que trabajamos como educadores ambientales centramos demasiado nuestra estrategia en la información pura y dura, nombres de especies, porcentajes de reciclaje o toneladas de CO2, necesario pero no como finalidad. En otras ocasiones damos más valor al puro entretenimiento que pueden generar las actividades que desarrollamos que a los contenidos y objetivos para los que fueron elegidas, y es evidente que la realización de las actividades por si mismas no es ningún objetivo para nosotros, por muy divertido que sea.

 

Información y entretenimiento, perfecto si la apuesta es esa, pero la educación ambiental [debe ser algo más], integrando por supuesto a las anteriores pero con el objetivo además de la sensibilización, la capacitación, la formación y la participación, teniendo en el horizonte el objetivo de la construcción de un nuevo modelo de sociedad basado en los principios de la sostenibilidad.

 

Me gusta imaginarme a Víctor llegando a casa, corriendo en busca de su madre para contarle lo del cochecito que se movía con la luz del sol y lo del pequeño molinillo que encendía unas bombillas cuando soplaba y movía sus aspas. También espero que le diga a su madre que se lo pasó muy bien, que fue una jornada divertida, y por supuesto espero que todo eso haya significado un pequeño aporte que contribuya a crear un Víctor adulto más comprometido con la protección del entorno en el que vive, consciente de los problemas ambientales y partícipe de sus soluciones, solidario y participativo en la gestión de los asuntos comunes, el Víctor que todos necesitamos.

 

Serafín Huertas – Socio Fundador – Aktúa / ECOticias.com

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