Marruecos impulsa cerca de Dajla un proyecto que quiere convertir agua del Atlántico en riego para unas 5.200 hectáreas. La iniciativa avanza en Bir Anzarane, en la parte del Sáhara Occidental bajo control marroquí, donde la escasez de agua dulce hace inviable ampliar la agricultura por los métodos habituales.
La novedad de 2026 es muy concreta. La Agencia para el Desarrollo Agrícola ha sacado a concurso 35 explotaciones que ocupan 1.090,19 hectáreas, aunque eso no significa que todo el perímetro ya esté cultivado ni que el agua fluya hoy por cada parcela. Esa diferencia importa, y mucho.
El Atlántico será la fuente
El corazón del plan es una planta de ósmosis inversa que separará la sal del agua de mar. Un estudio técnico publicado en 2026 cifra su capacidad en 113.376 metros cúbicos diarios y unos 37 millones de metros cúbicos al año. Cerca de 30 millones se reservarían para el riego y el resto serviría para abastecer a Dajla, Bir Anzarane y otras infraestructuras de la zona.
El complejo lo desarrolla Dakhla Water and Energy Company, participada a partes iguales por Nareva Renewables e International Power, del grupo Engie. La energía llegará de un parque con 12 aerogeneradores y 60 MW, conectado también a la red eléctrica.
La ficha original del Ministerio marroquí de Transición Energética todavía recoge 40 MW y 100.000 metros cúbicos diarios, unas cifras anteriores. En la práctica, el diseño parece haber crecido durante su desarrollo.
La tierra sale a concurso
El plan agrícola no ha aparecido de repente. En 2022, la primera convocatoria oficial ofreció 219 proyectos sobre 5.196,56 hectáreas, con parcelas pequeñas para jóvenes de la zona y explotaciones medianas, grandes y agrupadas. En 2024 se abrió otra convocatoria para 79 proyectos sobre 1.778 hectáreas.
El tercer concurso, lanzado en junio de 2026 y cerrado el 31 de agosto, reparte las 1.090,19 hectáreas entre 28 proyectos medianos, tres grandes, tres con agrupación obligatoria y uno pequeño. A 16 de septiembre, la agencia aún no había publicado resultados en su web. Los futuros adjudicatarios podrán firmar alquileres de 25 años, ampliables a 40 cuando incluyan una unidad de transformación industrial.
Pero estas superficies no deben sumarse sin más. Las convocatorias forman parte del mismo perímetro y pueden incluir parcelas que vuelven a ofrecerse, de modo que el dato clave sigue siendo el límite global cercano a 5.200 hectáreas. Concurso no significa cultivo terminado.
Cultivos de mayor valor
¿Qué se pretende plantar con un agua que exige tanta infraestructura? El proyecto apunta a frutas, hortalizas y forrajes de alto valor, buena parte bajo sistemas de riego controlado. No es un plan para llenar graneros de trigo, un cultivo extensivo para el que el agua desalinizada suele resultar demasiado cara.
La previsión oficial difundida para el complejo alcanza unas 415.000 toneladas anuales. Es una meta, no una cosecha medida, y dependerá de que las explotaciones se instalen, de los costes de energía y distribución y de que el suministro funcione de forma estable. Ahí se juega la viabilidad real.
Menos presión bajo tierra
La desalación ofrece una ventaja evidente en una zona árida. Permite ampliar el suministro sin cargar toda la demanda sobre acuíferos profundos y de lenta renovación. La planta reservará además una parte de su producción para agua potable.
El parque eólico reduce además la huella climática frente a una planta alimentada solo con combustibles fósiles. Pero estar conectado a la red y disponer de aerogeneradores no convierte automáticamente cada metro cúbico en agua con emisiones nulas. Harán falta datos de operación para conocer el balance real.
La salmuera sigue ahí
Desalar no hace desaparecer la sal. La concentra en una corriente que vuelve al mar y que debe dispersarse correctamente para evitar daños locales. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte de que una salmuera mal diluida puede degradar los ecosistemas costeros.
El diseño incluye una conducción específica para devolver esa salmuera al océano. Por eso habrá que vigilar la salinidad, la temperatura, los productos químicos del tratamiento y la respuesta de la vida marina. La electricidad eólica resuelve una parte del problema, no todas.
Dajla está en un territorio no autónomo
Hay otro dato que no conviene esconder. Dajla se encuentra en el Sáhara Occidental, cuya mayor parte controla Marruecos y cuyo estatuto definitivo sigue sin resolverse. La ONU lo mantiene entre los territorios no autónomos, por lo que presentarlo simplemente como el sur de Marruecos eliminaría un contexto esencial.
Esa cuestión no cambia el funcionamiento de una membrana de ósmosis inversa, pero sí influye en cómo se describen la tierra, sus recursos y los productos que salgan de ella. Para el lector español, no es un detalle menor.
Lo que falta por demostrar
Las últimas informaciones públicas localizadas, de julio de 2026, situaban la planta en su fase final antes de la puesta en servicio. Hasta que existan datos regulares, conviene hablar de hectáreas previstas y sacadas a concurso, no de una gigantesca zona agrícola ya terminada.
Las cifras decisivas llegarán después. Habrá que comprobar cuánta agua produce la planta, cuánta electricidad consume, qué superficie entra realmente en cultivo, cuánto bombeo subterráneo se evita y cómo se controla la salmuera.
La convocatoria oficial más reciente ha sido publicada por la Agencia para el Desarrollo Agrícola.










