El Niño ya está activo en el Pacífico tropical y los pronósticos apuntan a que seguirá ganando fuerza. La NOAA calcula un 81 % de probabilidad de que alcance la categoría de «muy fuerte» entre octubre y diciembre de 2026, mientras la Organización Meteorológica Mundial advierte de más riesgo de olas de calor, sequías y lluvias intensas. El término «Super El Niño», eso sí, no forma parte de la clasificación oficial.
En este contexto, un equipo dirigido por la Institución Scripps de Oceanografía ha probado en simulaciones una idea tan llamativa como polémica. Consiste en hacer más brillantes ciertas nubes sobre el Pacífico para devolver más luz solar al espacio y enfriar el océano. Podría debilitar un El Niño intenso, pero una intervención tardía o mal calculada también puede empeorar algunos impactos.
Cómo se enfrían las nubes
La técnica se conoce como blanqueamiento de nubes marinas. En teoría, barcos equipados con pulverizadores lanzarían diminutas partículas de sal marina a la atmósfera baja, donde favorecerían nubes con más gotas pequeñas y una superficie más reflectante. El agua situada debajo recibiría menos calor.
No se trata de fabricar nubes de la nada. El objetivo sería modificar nubes marinas bajas que ya existen. Parece un cambio pequeño, pero el Pacífico mueve una parte enorme del clima mundial y eso se nota.
Australia hizo de laboratorio
Los científicos no probaron esta intervención en el mundo real. Aprovecharon un «experimento natural» creado por los incendios del llamado Verano Negro de Australia entre 2019 y 2020. El humo cruzó el Pacífico Sur y sus partículas hicieron más reflectantes algunas nubes.
Investigaciones anteriores relacionaron ese cambio con una respuesta parecida a La Niña y con el enfriamiento posterior del Pacífico tropical. El nuevo equipo reprodujo varios de esos mecanismos mediante un blanqueamiento simulado sobre el Pacífico sudoriental. No es una prueba de campo, pero sí una pista física.
Dos El Niño puestos a prueba
El equipo utilizó el modelo climático CESM2 para recrear los episodios de 1997 y 2015, y después comparó seis estrategias que cambiaban el mes de inicio y la duración del blanqueamiento. La pregunta era sencilla. ¿Importa más la potencia o llegar a tiempo?
En el episodio de 2015, la estrategia más larga comenzó en junio y continuó hasta febrero. La temperatura de la región Niño 3.4 bajó 1,48 °C frente a la simulación sin intervención, hasta acercarse a condiciones neutrales durante el máximo del fenómeno. Cuando la actuación se retrasó hasta diciembre, la reducción fue de solo 0,31 °C.
El patrón fue parecido al repetir el ejercicio con el episodio de 1997. Dentro de este modelo, por tanto, la idea no funcionó únicamente con un tipo concreto de El Niño. Pero siguen siendo dos casos históricos simulados, algo valioso aunque no sea una garantía.
El momento lo cambia todo
Actuar durante la fase de crecimiento puede interrumpir las realimentaciones entre el océano y la atmósfera que hacen que El Niño se refuerce. El enfriamiento favoreció unos vientos alisios más intensos y una circulación del Pacífico más cercana a una situación neutral.
Llegar al final cambia el resultado. La intervención de última hora produjo sobre todo enfriamiento local y, en la simulación de 2015, agravó los efectos asociados a El Niño en casi dos tercios de las regiones analizadas. Muchos cambios regionales no fueron estadísticamente significativos, un matiz que impide vender la técnica como una solución segura.
El riesgo de fabricar otra crisis
Debilitar El Niño tampoco significa pulsar un botón y devolver el clima a su sitio. Las estrategias más largas adelantaron condiciones de La Niña en algunas simulaciones y modificaron la evolución del año siguiente. La Niña también puede traer inundaciones y sequías, solo que en lugares distintos.
Además, cada episodio es diferente y sus efectos dependen de la intensidad, la época del año y otros patrones oceánicos. Una región puede sufrir falta de lluvia mientras otra entra en una temporada más húmeda. En la práctica, reducir un riesgo podría desplazar parte del problema a otro punto del mapa.
Una tecnología que no está lista
El trabajo se apoya en un único modelo y en conjuntos de diez simulaciones. Los propios autores piden repetir el análisis con más modelos, más episodios y escenarios futuros, además de estudiar qué ocurriría con las siguientes fases de La Niña. Es una limitación importante.
El artículo calcula que una intervención de nueve meses podría requerir alrededor de 2000 barcos mercantes adaptados y costar miles de millones de dólares. Es una estimación teórica, no una operación preparada para salir mañana al océano. Scripps reconoce, además, que un ensayo real podría generar consecuencias no deseadas muy graves.
«Si pudiéramos apuntar a la variabilidad natural, podríamos obtener algunos beneficios sin emplear la geoingeniería indefinidamente», explicó Jessica Wan, autora principal. La idea es distinta a enfriar el planeta durante décadas. Pero temporal no significa inocua.
Quién decide tocar el clima
¿Quién tendría autoridad para enfriar una parte del Pacífico si las lluvias cambian a miles de kilómetros? ¿Qué países aceptarían el riesgo y quién asumiría los daños si el cálculo falla? La ciencia puede estudiar la respuesta física, pero estas preguntas entran de lleno en la política internacional y la justicia climática.
El blanqueamiento de nubes tampoco elimina CO2 ni sustituye la reducción de emisiones. Los autores lo presentan como una posible herramienta adicional junto a los pronósticos y las medidas frente a inundaciones, calor o sequía. Por ahora no existe ninguna propuesta conocida para aplicarla sobre el El Niño de 2026.
El hallazgo abre una vía de investigación, no una licencia para manipular el clima. Antes de tocar el termostato del Pacífico harían falta más modelos, tecnología probada, reglas internacionales y una evaluación mucho más clara de quién gana y quién pierde. El reloj corre más deprisa que cualquier experimento.
El estudio ha sido publicado en Science Advances.



