Sierra de Guadarrama, amplio estudio sobre el intercambio entre poblaciones de anfibios

Los resultados muestran que las características vitales de cada especie están muy relacionadas con la intensidad de las barreras naturales o artificiales, que pueden provocar la reducción del flujo genético entre distintas poblaciones.

La Sierra de Guadarrama supone una barrera natural para algunas poblaciones del anfibio, pero además de las naturales hay otras, creadas por el hombre que dificultan el intercambio entre poblaciones un hecho que contribuye a la buena salud genética de las especies, según una investigación del Museo Nacional de Ciencias Naturales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

El estudio, que ha sido publicado en Journal of Biogeography, ha analizado cómo la Sierra de Guadarrama condiciona la conectividad entre las poblaciones de la ranita de San Antonio (Hyla molleri), el sapo corredor (Epidalea calamita), la rana verde común (Pelophylax perezi) y el sapo de espuelas (Pelobates cultripes).

Así, concluye que para el sapo de espuelas la Sierra de Guadarrama es «una barrera difícil de superar» pero para el resto de especies actúa como «un filtro semipermeable».

Los resultados muestran que las características vitales de cada especie están muy relacionadas con la intensidad de las barreras naturales o artificiales, que pueden provocar la reducción del flujo genético entre distintas poblaciones.

Las poblaciones de seres vivos que están lo suficientemente próximas o que están conectadas por corredores biológicos adecuados son capaces de mantener cierto intercambio de individuos (migración) entre ellas.

El estudio señala que cuando un número suficiente de individuos es capaz de desplazarse entre poblaciones de que se reproduzcan en la nueva población.

Este intercambio genético o flujo génico entre poblaciones es uno de los factores demográficos que más afectan a la diversidad de las poblaciones, ya que los individuos inmigrantes aportan variantes que fortalecen su salud genética.

El investigador del MNCN-CSIC Íñigo Martínez-Solano ha explicado que esta conectividad se traduce en una red de poblaciones, más o menos interconectadas por diferentes tasas de flujo génico, en las que habitualmente hay algunos núcleos que producen gran cantidad de individuos emigrantes (son las llamadas poblaciones fuente) y otras que principalmente reciben inmigrantes (poblaciones sumidero).

«La persistencia de una especie en un área concreta está ligada, además, de al estado de conservación y el tamaño de las poblaciones locales, a la manera en que están conectadas con las poblaciones vecinas. Conexión que hace posible que se den recolonizaciones en caso de extinciones locales», continúa.

En la intensidad del flujo génico, también influyen elementos naturales como ríos, montañas o mares y artificiales, tales como carreteras, vías férreas, vallados, que pueden suponer una barrera total o parcial a este intercambio genético.

Martínez Solano ha apuntado que cuando el flujo génico se interrumpe de manera prolongada en el tiempo, se produce una creciente diferenciación entre los grupos que quedan separados por la barrera que puede contribuir a la formación de nuevas especies.

De este modo, para comprobar si un elemento como la Sierra de Guadarrama es una barrera para el flujo génico de las cuatro especies estudiadas, los investigadores comprobaron si efectivamente la montaña limita la conectividad entre poblaciones.

Para ello realizaron varias aproximaciones analíticas (genética del paisaje o estimas de las tasas de migración, entre otras) así como observaciones directas del desplazamiento de individuos, mediante el marcaje y recaptura de cientos de individuos.

«Si este efecto se da en varias especies de las que habitan en un mismo territorio, obtenemos una evidencia más completa del papel que esta barrera natural ha podido tener en la historia evolutiva de las especies presentes», concluye el investigador.

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