Dos pequeños marsupiales que la ciencia daba por desaparecidos desde hace al menos seis mil años acaban de reaparecer en los bosques nublados de la península de Vogelkop, en el noroeste de la isla de Nueva Guinea, en la provincia indonesia de Papúa Occidental, parte de Indonesia. Se trata del planeador de cola anillada (Tous ayamaruensis) y del possum pigmeo de dedo largo (Dactylonax kambuayai), dos especies conocidas hasta ahora solo por sus fósiles en Australia. En la práctica esto significa que animales que se creían borrados del mapa desde la última glaciación siguen vivos, escondidos en selvas que casi no pisan los científicos pero sí las comunidades indígenas que las habitan.
De fósil de museo a animal vivo
Ambas especies son lo que los investigadores llaman “Lazarus taxa”, criaturas que desaparecen del registro fósil durante milenios y reaparecen de repente en forma de animal vivo. Los restos de estos marsupiales estaban datados entre el final de la última Edad de Hielo y los primeros milenios del Holoceno, y hasta ahora nadie había logrado encontrar ejemplares actuales a pesar de décadas de búsqueda.
El giro llegó gracias a una combinación poco habitual de fósiles, fotos antiguas, un ejemplar de museo mal identificado y, sobre todo, el conocimiento de los clanes indígenas de la zona. El possum pigmeo de dedo largo fue fotografiado en 2022 por el naturalista Carlos Bocos, mientras que el planeador de cola anillada había sido captado ya en 2015 en un bosque dentro de una concesión de aceite de palma. Esas imágenes, revisadas años después, permitieron confirmar que no eran “marsupiales cualquiera” sino especies que la literatura científica solo recogía como huesos.
La región de la península de Vogelkop es, además, un fragmento antiguo del continente australiano “pegado” a Nueva Guinea. En la práctica, esto la convierte en un refugio de formas de vida que se parecen más a la fauna australiana que a la del resto de Asia, algo que ya sospechaban los zoólogos pero que estos hallazgos refuerzan con pruebas muy concretas.
Quién es quién en este “milagro” de la biodiversidad
El planeador de cola anillada Tous ayamaruensis es un pequeño marsupial planeador, de unos trescientos gramos de peso, emparentado con los grandes planeadores australianos pero con rasgos muy propios. Tiene orejas sin pelo, ojos grandes adaptados a la noche y una cola muy prensil que le ayuda a aferrarse a ramas y lianas mientras se desliza entre los árboles. Forma parejas de por vida y cría una sola cría al año que se refugia en cavidades de árboles, lo que lo hace especialmente vulnerable cuando se talan los bosques maduros.
El segundo protagonista, Dactylonax kambuayai, es un possum diminuto, rayado, de tamaño similar a la palma de una mano, con un dedo en cada mano aproximadamente el doble de largo que los demás. Ese dedo actúa como una herramienta muy fina para extraer larvas de escarabajos de la madera en descomposición, un recurso parecido a lo que hace el famoso aye aye de Madagascar en otro rincón del planeta. Estudios recientes apuntan además a unas estructuras auditivas especializadas que le permitirían escuchar los sonidos graves de esas larvas ocultas dentro de los troncos.
Selvas remotas, pueblos indígenas y un refugio bajo presión
Nada de esto habría sido posible sin la colaboración estrecha con los clanes Tambrauw y Maybrat, que conocen a estos animales desde hace generaciones. Para algunos grupos locales, el planeador Tous es una criatura sagrada, ligada a los espíritus de los antepasados, por lo que no se caza y se evita molestarla. Esa percepción cultural, unida al aislamiento de la zona, puede haber sido clave para que la especie sobreviviera lejos de la mirada de la ciencia occidental.
El reverso de la moneda es que el refugio no es intocable. Parte de los bosques donde se han fotografiado estos marsupiales pertenece a concesiones madereras y a plantaciones de aceite de palma. Biólogos que han trabajado con comunidades locales señalan que en zonas ya taladas la gente cuenta que el planeador “antes estaba y ahora ya no se ve”, una señal clara de cómo la pérdida de hábitat borra fauna antes de que la conozcamos bien.
Por seguridad, los investigadores mantienen en secreto las ubicaciones exactas de las poblaciones. No solo por la tala. También por el riesgo de que el comercio ilegal de fauna añada una presión extra sobre especies que, a día de hoy, ni siquiera tienen una evaluación formal de su estado de conservación.
Qué nos dice este hallazgo sobre la naturaleza que aún queda
Podría parecer una buena noticia que “resuciten” especies que dábamos por perdidas. Y lo es. Como apunta el zoólogo Tim Flannery, encontrar siquiera una especie de mamífero que se creía extinguida desde hace milenios era algo “casi imposible”, y dar con dos a la vez es un hecho “realmente extraordinario”.
Pero este tipo de redescubrimientos no compensa la pérdida acelerada de biodiversidad en otras partes del planeta. Más bien funcionan como recordatorio de todo lo que desconocemos todavía y de lo rápido que podemos perderlo si bosques como los de Vogelkop se sustituyen por carreteras y monocultivos. En palabras del propio Flannery, estos bosques podrían albergar “más reliquias ocultas de una antigua Australia”, especies que llevan millones de años adaptándose y que hoy dependen de que mantengamos en pie las últimas selvas tropicales de la región.
Para el lector de a pie, quizá lejos de Papúa y de sus montañas, la conexión pasa por decisiones muy concretas. Productos con aceite de palma, madera tropical sin certificación o inversiones que financian la expansión de la frontera agrícola acaban teniendo efectos en lugares donde viven animales como Tous ayamaruensis o Dactylonax kambuayai. Y eso, aunque cueste verlo desde el pasillo del supermercado, también cuenta. Iniciativas internacionales para financiar la protección de bosques tropicales apuntan justo en esa dirección: mantener el bosque en pie como mejor seguro de vida para miles de especies.
Al menos ahora sabemos que estas dos especies siguen ahí, deslizándose y trepando en un rincón remoto del planeta. La cuestión es si seremos capaces de mantener ese rincón lo bastante intacto como para que no vuelvan a desaparecer, esta vez de verdad. En paralelo, la comunidad científica recuerda que la conservación de fauna y bosques no es solo cosa de lugares lejanos: días señalados como el Día Mundial de la Vida Silvestre o el Día Internacional de los Bosques sirven precisamente para poner el foco en estas historias antes de que sea tarde.
Los detalles científicos completos de estos redescubrimientos se han publicado en dos artículos revisados por pares en la revista Records of the Australian Museum.
















