Científicos alertan: descubren que la agricultura está destruyendo la capacidad de la tierra para retener el agua empeorando las sequías extremas

Publicado el: 30 de marzo de 2026 a las 18:44
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Suelo agrícola compactado con agua estancada en la superficie tras la lluvia.

Cuando hablamos de sequías, inundaciones y cosechas que no salen, casi siempre miramos al cielo. Pero el problema muchas veces está bajo nuestros pies. Un nuevo estudio, centrado en paisajes agrícolas que cubren casi la mitad de la tierra habitable del planeta, ha seguido minuto a minuto cómo se mueve el agua dentro del suelo y la conclusión no es cómoda, labrar de forma intensa y compactar con maquinaria puede romper la red natural de poros que hace que la tierra funcione como una esponja.

Publicado el 19 de marzo de 2026 en la revista Science, el trabajo convierte cables de fibra óptica, de los que se usan para internet, en una especie de estetoscopio para el campo. En suelos muy trabajados la lluvia tiende a quedarse arriba, se evapora antes y deja secas las capas profundas donde beben las raíces cuando aprieta el calor.



Una fontanería invisible

A simple vista, un suelo parece solo una mezcla de arena, limo y arcilla. Pero por dentro tiene una «fontanería» microscópica hecha de poros y canales, muchos creados por raíces, lombrices y agregados estables. Esos huecos conectados son los que permiten que el agua se infiltre y se almacene a una profundidad útil.

Cuando esa red funciona, el suelo amortigua extremos. Reduce escorrentía en lluvias fuertes y guarda reservas para semanas secas. Por eso, cuando se degrada, los charcos duran más y la tierra se vuelve más «apelmazada».



Cables de internet bajo el campo

Para observar lo que ocurre sin abrir zanjas, el equipo instaló fibra óptica junto a parcelas de una granja experimental vinculada a Harper Adams University, cerca de Newport en el Reino Unido. La técnica se llama «detección acústica distribuida» (DAS) y registra pequeñas deformaciones del cable para traducirlas en vibraciones del terreno.

Suena raro, pero tiene lógica. Cuando el suelo se moja, cambian sus propiedades y cambia la velocidad de las ondas, como si el terreno «sonara» distinto. En esas parcelas había franjas sin labranza y otras labradas a 10 y 25 centímetros, con distinta compactación por ruedas de tractor, así que la comparación era directa.

A esta mezcla de sismología y agricultura los autores la llaman «agrosismología». La idea es sencilla, usar sensores y modelos para leer el suelo sin alterarlo y, con suerte, tomar decisiones con más información que una simple cata con pala.

Arar no siempre abre caminos

Aquí llega la parte contraintuitiva. Arar se usa para «airear» y abrir huecos, pero el trabajo observa que también puede romper los microcanales que guían el agua hacia abajo. Por eso la lluvia tiende a acumularse cerca de la superficie en suelos muy cultivados.

Si el agua se queda arriba, el sol hace el resto. Se evapora con rapidez y las capas profundas se quedan sin recarga, justo las que sostienen al cultivo cuando pasan varios días sin llover. Es la típica escena de barro en la capa superior y, un poco más abajo, tierra seca y dura.

En suelos menos alterados, en cambio, el agua se filtra antes y se almacena más abajo. Eso ayuda tanto en lluvias intensas, porque reduce escorrentía, como en periodos secos, porque mantiene un «depósito» accesible para las raíces. Y eso se nota.

El «efecto tintero» del suelo

Para explicar por qué pasa esto, los autores proponen un modelo de «tensión capilar dinámica» basado en el llamado «efecto tintero». Imagina un poro con una entrada estrecha y una cavidad más ancha, el agua entra fácil, pero le cuesta salir.

Este detalle rompe una idea muy extendida. No basta con decir «este suelo tiene un X por ciento de humedad» y darlo por resuelto. Puede comportarse distinto según si se está mojando o secando, porque la estructura y las fuerzas capilares mandan.

En palabras del Dr. Shi, «en lugar de una simple colección de partículas, el suelo es un medio poroso en el que la estructura funciona como vasos capilares dentro del ciclo del agua». Dicho de otra forma, si rompemos esos «vasos», el sistema pierde eficiencia.

Qué cambia para el campo

¿Y esto qué significa para quien trabaja la tierra o, simplemente, compra comida cada semana? Significa que el manejo del suelo puede ser una herramienta de adaptación climática tan importante como elegir variedad o ajustar riegos, porque condiciona cuánta agua entra, cuánto se guarda y cuánto se pierde.

El estudio no da una receta universal, porque cada suelo es un mundo. Pero refuerza una idea que gana peso en la agricultura que «toca menos» el terreno, reducir la perturbación y evitar compactar cuando el suelo está húmedo suele ayudar a que el agua vaya donde debe.

La parte más prometedora es el diagnóstico en tiempo real. Si una red de fibra óptica puede monitorizar cómo se humedece y se seca el suelo sin cavar, agricultores y técnicos podrían evaluar cambios de manejo y detectar antes problemas de compactación, erosión o encharcamiento. En un clima que aprieta, contar con esa información es oro.

El estudio ha sido publicado en Science.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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