En la Antártida también existen “oasis”, aunque no tengan palmeras ni sombra. Científicos rusos han identificado una zona libre de hielo en el cabo Burks, cerca de la estación Russkaya, y han confirmado que no era solo una roca asomando del glaciar.
La sorpresa llega cuando miras el detalle, lagos, valles y vida animal en un lugar que muchos imaginan como un desierto blanco uniforme. Además, el enclave ya tiene un nombre propuesto que busca quedarse en la cartografía oficial.
Un oasis donde antes solo veíamos una roca
El equipo revisó el terreno con calma, lago a lago. Según la información difundida por el Centro Federal de Investigación de San Petersburgo junto al Instituto de Investigación Ártica y Antártica, se estudiaron 18 lagos que no estaban descritos con detalle en esa zona de la Antártida Occidental.
De ahí salió la conclusión, no era un nunatak, sino un oasis. Un nunatak es una roca o montaña que sobresale del hielo, como una “isla” en medio de un mar helado.
En la comunicación inicial, la superficie libre de hielo rondaría los 2,2 kilómetros cuadrados y la temperatura media anual estaría cerca de los -12 °C, con pingüinos, focas y aves como el petrel antártico. En una nota posterior, el instituto añade que el oasis incluye dos penínsulas separadas por un tramo glaciar y una pequeña bahía que se adentra en la costa unos 600 metros.
Qué significa oasis en la Antártida
Cuando oímos la palabra oasis solemos pensar en agua en mitad de un desierto cálido. En la Antártida se usa para zonas que, de forma natural, permanecen libres de nieve y hielo dentro de un continente dominado por el casquete.
Suele pasar por una mezcla de poca humedad, poca precipitación y vientos que barren la nieve o la subliman, además del calor solar que puede absorber la roca oscura en verano. Son procesos lentos, pero constantes.
Estos espacios son raros y, por eso, valen tanto. La División Antártica Australiana recuerda que las áreas libres de hielo ocupan menos de un 1 por ciento del continente y concentran casi toda la flora y la fauna terrestre, un aviso de lo delicado que es este “suelo” antártico.
Los lagos son la clave
La etiqueta de oasis no se pone solo por “ver roca”. En la comunicación inicial se habla de 18 lagos con condiciones diversas, y eso importa porque los lagos actúan como sensores naturales de química del agua y ecosistemas microscópicos.
En la nota del Instituto de Investigación Ártica y Antártica se destaca otro dato, en ese oasis se han identificado cuatro lagos que no se congelan. También se habla de un área libre de hielo de alrededor de 4 kilómetros cuadrados y un área total del entorno de unos 11 kilómetros cuadrados, señal de que las cifras pueden ajustarse cuando se delimita mejor el lugar.
El Portal Antarctic Environments explica que en los oasis continentales se alternan lagos que quedan libres de hielo en verano con otros que mantienen cubierta, y que algunos sistemas llegan a ser salobres o muy salinos. Dicho de otra forma, no hay dos lagos iguales.
Russkaya y el valor de medir a largo plazo
El oasis está en el entorno de la estación Russkaya, en la Tierra de Marie Byrd, dentro del sector pacífico de la Antártida. Tener un punto fijo allí permite comparar temporadas y entender tendencias.
Los exploradores polares llaman a este lugar el “Polo de los Vientos”. Según el instituto, la velocidad del viento puede llegar a 75 metros por segundo, y solo en febrero y marzo los barcos suelen poder acercarse con cierta seguridad.
Por eso la infraestructura importa tanto. Mantenerla permite sostener observaciones climáticas y paleoclimáticas a largo plazo, justo lo que hace falta cuando el planeta cambia y el ruido de un solo año puede engañar.
Un nombre que quiere entrar en el mapa mundial
La propuesta es llamarlo Oasis Budretsky, en honor al explorador polar Arnold Budretsky. El Instituto de Investigación Ártica y Antártica indica que el Gobierno ruso ya ha asignado oficialmente esa denominación en una disposición número 199-r.
Aun así, el paso internacional es otro. Para consolidarse en la cartografía científica global, el nombre debe llegar a bases como el Composite Gazetteer of Antarctica, coordinado dentro de SCAR, donde las autoridades nacionales envían nombres y coordenadas para validación y actualización. ¿Y esto qué cambia para el lector de a pie? Que un nombre bien fijado evita confusiones y hace posible seguir el lugar durante décadas.
La nota oficial se ha publicado en el Instituto de Investigación Ártica y Antártica.











