Suena el manojo de llaves, te pones la chaqueta y, justo antes de salir, te inclinas para decir «hasta luego» al perro o le hablas al gato que ni se inmuta. Para mucha gente es automático. Pero ese gesto cotidiano está empezando a mirarse con lupa porque habla del vínculo y también del bienestar del animal.
La idea clave es simple. Despedirse no es solo una costumbre tierna, puede convertirse en una señal de rutina que ayuda a algunos perros a llevar mejor la separación si se hace con calma. Y esto importa más de lo que parece, sobre todo cuando los problemas de ansiedad por quedarse solo son un motivo frecuente de consulta y, en casos graves, de renuncia al animal.
Un vínculo que se parece al apego
En psicología, el apego es una relación estable que aporta seguridad y regula el estrés. En perros, varios estudios describen algo parecido. No es que sean «niños con pelo», pero sí usan a su cuidador como punto de referencia.
Un trabajo publicado en PLOS ONE probó a perros con un rompecabezas de comida y comparó varias situaciones. Los animales se esforzaban más cuando su persona estaba presente, incluso si el humano estaba en silencio, y ese efecto no se repetía igual con un desconocido.
La despedida como ritual de cuidado
Aquí encaja el «hasta luego». Una frase corta, una caricia breve o dejar el juguete de siempre puede funcionar como señal repetida que organiza la salida. Para el animal es información práctica, ahora me quedo solo y luego vuelven.
Además, no todo es emoción. Despedirse suele ir de la mano de conductas concretas, comprobar que hay agua, dejar una alfombra limpia o ajustar la rutina del paseo. Es una forma sencilla de convertir el cariño en cuidado.
En algunos casos aparece otro ingrediente, la antropomorfización, atribuir al animal estados parecidos a los humanos. Un estudio con dueños de mascotas relacionó esa tendencia con mayor empatía hacia los animales y con rasgos del apego hacia la mascota, aunque cada relación es un mundo y conviene no pasarse interpretando.
Cuando el adiós genera nervios
No todas las despedidas ayudan. Algunos perros desarrollan conductas asociadas a la separación cuando se quedan sin compañía humana, como ladridos, paseo repetitivo, destrozos o micciones dentro de casa. La literatura científica agrupa este tipo de señales como conductas relacionadas con la separación.
En estos casos, el «cómo» importa más que el «si». Un estudio reciente de la Royal Veterinary College (RVC) siguió a nuevos propietarios de cachorros y vio que recibir pautas de salidas y regresos tranquilos se asoció con más tiempo de descanso en silencio cuando el cachorro se quedaba solo, un indicio de mayor relajación. Los autores avisan de que harían falta muestras más grandes para confirmarlo con más fuerza.
Hay detalles curiosos que rompen consejos muy repetidos. En ese mismo ensayo se observaron más señales pasivas de ansiedad cuando quedaba la tele o la radio encendida que cuando estaba apagada. Y la recomendación de fondo se entiende a la primera, como dijo la investigadora Fiona Dale, «si estamos tranquilos, nuestros cachorros también lo estarán».
Más vínculo, menos abandono
Este tema no se queda en lo emocional, también aterriza en datos. La Fundación Affinity recoge que en 2024 los refugios españoles acogieron más de 173.000 perros y más de 118.000 gatos, la cifra más alta de los últimos cinco años. Más de la mitad de los perros (52%) y casi la mitad de los gatos (49%) encontraron un nuevo hogar.
La identificación es otro punto crítico. Solo el 25% de los perros y el 5% de los gatos llegaron con microchip, pero seis de cada diez perros identificados pudieron volver con su familia y la entidad destaca que el microchip multiplica por cinco las opciones de reencuentro.
Y está el problema de fondo que casi nadie ve hasta que explota. Las camadas no deseadas siguen disparando entradas en refugios, más de la mitad de los gatos y uno de cada cuatro perros que llegan son cachorros, algo que vuelve a señalar la esterilización temprana como medida preventiva.
La huella ambiental de vivir con mascota
Tener perro o gato también implica comida y residuos. No es un motivo para culpabilizarse, pero sí para afinar hábitos, como haces con la factura de la luz o con la bolsa de basura cuando se llena demasiado rápido.
Un estudio en PLOS ONE calculó el impacto de la alimentación de perros y gatos en Estados Unidos. Estimó que allí hay más de 163 millones de animales y que, por su dieta, pueden suponer en torno al 25% a 30% de los impactos ambientales ligados a la producción animal, además de hasta 64 ± 16 millones de toneladas de CO2 equivalente en forma de metano y óxido nitroso asociadas a esos productos animales.
En casa, lo más realista suele ser lo más básico. Ajustar bien las raciones para evitar sobrepeso y desperdicio, comprar formatos que no terminen caducando y elegir productos duraderos reduce residuos y gastos. Y sí, recoger siempre los excrementos y gestionar bien ese residuo sigue siendo parte de la sostenibilidad cotidiana. No es poca cosa.
El estudio ha sido publicado en Journal of Veterinary Behavior.










