Imagínate que estás en un barco de avistamiento, con el móvil preparado, y de pronto aparece en la superficie un círculo perfecto de burbujas blancas. No hay ballena a la vista, solo un anillo que se abre en el mar como si alguien hubiera soplado un aro de humo gigante bajo el agua. Eso es exactamente lo que está empezando a intrigar a los científicos.
Un equipo de la Universidad de California en Davis y del Instituto SETI ha documentado por primera vez de forma sistemática cómo algunas ballenas jorobadas generan estos anillos de burbujas, técnicamente vórtices poloidales, durante encuentros cercanos con personas. En su estudio han recopilado 12 episodios con 39 anillos producidos por 11 ballenas distintas en el Pacífico norte y sur y en el Atlántico norte.
Mucho más que “espuma” en la superficie
Las jorobadas llevan décadas conocidas por su manejo del aire. Usan cortinas de burbujas para concentrar bancos de peces en las famosas redes de burbujas, expulsan estallidos durante peleas entre machos y también liberan pequeñas nubes cuando descansan madres y crías.
Los anillos que ahora llaman la atención son otra cosa. Forman discos de entre dos y tres metros de diámetro que ascienden hacia la superficie como aros opacos, rellenos de burbujas pequeñas. El estudio muestra que se generan con el espiráculo, a veces incluso desde una sola fosa nasal, mientras la ballena permanece casi quieta bajo el agua.
Hasta hace muy poco solo existía una mención publicada de este comportamiento en ballenas barbadas, en una observación de los años ochenta en Stellwagen Bank, frente a la costa de Estados Unidos. Ahora se confirma que no era una rareza aislada y que diferentes individuos, en distintos océanos, repiten este patrón.
Juego, curiosidad y anillos dirigidos a nosotros
La gran pregunta es obvia. ¿Para qué sirven estos anillos si no hay peces dentro ni peleas alrededor. Los autores clasifican el contexto de cada episodio en cuatro categorías posibles, que ya se usan en estudios de jorobadas. Alimentación, agresión, descanso e interacciones inquisitivas cerca de barcos o nadadores. Solo en dos casos los anillos aparecieron dentro de redes de burbujas usadas para cazar peces, y en uno más durante lo que parecía ser descanso. En el resto la ballena se acercó de forma deliberada a una embarcación o a personas en el agua y entonces sopló el anillo.
En esas escenas los animales mostraban un comportamiento relajado. No se observaron golpes de cola violentos, bufidos de tensión ni huidas rápidas, señales típicas de agresividad o molestia. Al contrario, algunas ballenas se quedaban cerca durante minutos, realizaban “spy hops” para asomar la cabeza junto al casco y, en un caso, llegaron a atravesar su propio anillo como si fuera un aro de juego.
Fred Sharpe, coautor del trabajo, compara la escena con un lenguaje silencioso. Explica que es casi como si el espiráculo funcionara como una boca y los símbolos que salen fueran burbujas en vez de sonidos. Otros expertos, como la bióloga Susan Parks, piden prudencia. Recuerdan que la muestra sigue siendo muy pequeña y que hacen falta muchas más observaciones antes de afirmar que se trata de un código dirigido a humanos.
El papel de nuestra presencia
Una pista incómoda aparece cuando se comparan estos encuentros con miles de horas de grabación con drones. Tres equipos que estudian jorobadas en Alaska, Hawái, la Antártida y Bermudas revisaron casi cinco mil vuelos de seguimiento sin barcos cerca. No encontraron ningún anillo de burbujas en ese material.
Es un indicio importante. No demuestra que los anillos solo ocurran cuando hay gente delante, pero sugiere que la presencia humana podría estar influyendo en este comportamiento. Tal vez las ballenas están jugando con nosotros. Tal vez simplemente exploran qué pasa cuando lanzan un anillo justo bajo la quilla. De momento la ciencia admite que no lo sabe.
Desde que el artículo se hizo público han llegado al equipo al menos cinco episodios nuevos en lugares como la Antártida, Monterey Bay o la República Dominicana, gracias a naturalistas y fotógrafos que ahora saben qué buscar.
Qué tiene que ver todo esto con el medio ambiente
Puede parecer un detalle curioso más para las redes sociales, pero en realidad toca un tema de fondo. Las jorobadas son especies clave en la salud de los océanos y ya viven rodeadas de amenazas. Colisiones con barcos, enmalles en artes de pesca, ruido submarino que interfiere en sus cantos, contaminación química y cambios en la disponibilidad de presas por el calentamiento del mar.
Si entendemos mejor cómo se relacionan con nosotros y qué comportamientos muestran cuando se acercan a un barco, también podemos mejorar la forma en que practicamos el turismo de avistamiento. Mantener distancias adecuadas, no perseguir a los animales y reducir el ruido del motor cuando se acercan no solo es una cuestión legal en muchos lugares, también es una forma básica de respeto.
El proyecto WhaleSETI del Instituto SETI ve en estos anillos un laboratorio natural para pensar cómo se podría reconocer una señal de otra inteligencia que no habla nuestro idioma. Si cuesta descifrar lo que “dicen” las jorobadas, que comparten nuestro planeta y nuestra física, cabe imaginar el reto que supondría entender un mensaje de fuera de la Tierra.
Mientras tanto, cada anillo de burbujas que aparece junto a un barco recuerda que todavía sabemos muy poco sobre las vidas de estos animales y sobre cómo nos perciben. La próxima vez que veas un vídeo de uno de esos círculos perfectos en el mar, quizás estés contemplando algo más que un truco llamativo. Puede que sea el inicio de una conversación que aún no sabemos cómo responder.
El estudio científico original ha sido publicado en Marine Mammal Science.



















