Un tiburón foca muerto en la arena de Luarca puede parecer, a primera vista, una simple curiosidad para hacerse una foto de camino al paseo marítimo. En realidad, es mucho más. La necropsia ha revelado que se trataba de una hembra embarazada, con doce huevos de gran tamaño en su interior y varios más en desarrollo. Y que su muerte está muy probablemente ligada a la pesca humana de profundidad.
La escena plantea una pregunta incómoda. Qué hace una madre de las profundidades, capaz de vivir a miles de metros bajo la superficie, agonizando en una playa asturiana. La respuesta apunta a un problema que suele quedar fuera del foco mediático. La huella de la pesca en el océano profundo.
Una visitante de cuatro mil metros de profundidad
El tiburón foca, también conocido como tiburón pailona o Portuguese dogfish (Centroscymnus coelolepis), es un pequeño tiburón de aguas muy profundas. Habita sobre todo los taludes continentales y las llanuras abisales. Se han registrado ejemplares hasta unos 3675 metros de profundidad y, con más frecuencia, entre 400 y 2000 metros, en aguas frías de entre 5 y 13 grados.
Allí abajo no hay luz, la presión es enorme y la vida se mueve despacio. Este tiburón se desplaza cerca del fondo y cuenta con adaptaciones muy particulares. Entre ellas, un hígado gigantesco rico en esqualeno, que le ayuda a mantenerse “a flote” sin gastar demasiada energía, y unos grandes ojos preparados para la oscuridad.
No es un depredador gigantesco de película. Es un cazador discreto de peces, cefalópodos y otros animales de tamaño medio. Justo por eso, y por su tamaño moderado, nunca ha supuesto un peligro para las personas. Sus amenazas vienen por otro lado. La especie ha sido explotada durante décadas por sus hígados ricos en aceite y también por su carne, sobre todo en pesquerías profundas de Europa y otras regiones.
Hoy está clasificada como especie casi amenazada en la Lista Roja de la UICN debido a la combinación de pesca intensa, lenta reproducción y amplia pero fragmentada distribución.
Doce huevos del tamaño de una pelota de tenis
El ejemplar hallado en Luarca medía 1,45 metros y pesaba 18 kilos. A simple vista no presentaba daños externos. El equipo de CEPESMA decidió entonces practicarle una necropsia completa para averiguar qué había pasado.
Al abrir la cavidad abdominal, la sorpresa fue enorme. Encontraron doce huevos de unos siete centímetros de diámetro, cada uno con un pequeño embrión de entre uno y dos centímetros en su interior, además de otros nueve huevos más pequeños que aún no se habían desarrollado del todo. En conjunto, la puesta pesaba unos dos kilos, más de una décima parte del peso total del animal.
Luis Laria, fundador de CEPESMA, resume así la rareza del hallazgo. “Teníamos sospechas de que se trataba de una hembra embarazada, pero nunca nos habíamos encontrado con un ejemplar así”. Se trata de una especie ovovivípara. Es decir, los huevos se desarrollan dentro de la madre y las crías nacen vivas, algo que solo muy pocas veces se ha podido documentar en tiburones tan profundos.
En términos científicos, es una oportunidad única. Ofrece datos sobre reproducción, tamaño de la puesta y estado de salud de una especie de la que casi todo lo que sabemos procede de capturas de pesca en alta mar.
La huella de un anzuelo en el océano profundo
El misterio se resolvió al revisar con detalle el sistema digestivo. El equipo encontró un desgarro de unos 3,5 centímetros en el esófago, con restos de sangre en la boca y el estómago. El patrón encaja con una captura accidental en artes de palangre. El tiburón habría tragado un anzuelo cebado, se habría revolcado con fuerza hasta liberarse, y el anzuelo, al salir, habría rasgado el esófago. La hemorragia interna acabó debilitando al animal hasta que perdió el rumbo, flotó hacia aguas someras y terminó varado en la costa.
Es un caso visible de algo que suele ocurrir fuera de nuestra vista. Palangres y redes de profundidad que buscan otros peces pueden capturar tiburones como este sin intención, lo que se conoce como captura accidental o bycatch. En Australia, por ejemplo, los informes oficiales describen a Centroscymnus coelolepis como una especie que se captura sobre todo de forma incidental en pesquerías de fondo con red y anzuelo.
En el Atlántico nororiental, la presión pesquera sobre los tiburones de profundidad ha sido tan intensa que informes de OSPAR hablan de poblaciones “seriamente mermadas”. Las autoridades han ido reduciendo las cuotas hasta prácticamente cero, pero el problema del bycatch sigue presente en otras pesquerías de aguas profundas.
La pregunta que deja este caso es sencilla y dura. Cuántas hembras preñadas, cuántos juveniles, cuántos ejemplares sanos de especies lentas y longevas acaban enganchados en un anzuelo que nunca veremos, en un punto remoto del talud continental.
Un aviso desde las profundidades para la gestión pesquera
Lo que ha ocurrido en Luarca no es solo una anécdota local. Es un recordatorio de que el océano profundo no está aislado de nuestras decisiones. Las mismas artes que capturan el pescado que llega a nuestra mesa pueden estar vaciando, sin que lo sepamos, ecosistemas que tardan décadas en recuperarse.
Los tiburones de profundidad suelen crecer despacio, madurar tarde y tener pocas crías. Esa combinación hace que sean especialmente vulnerables a cualquier aumento en la mortalidad, incluso si se captura “solo” una pequeña parte cada año.
Casos como el de esta madre tiburón foca apuntan a varias líneas de acción. Mejorar el diseño de los anzuelos y cebos para reducir capturas accidentales. Limitar o excluir artes de pesca de ciertas zonas profundas sensibles. Y, sobre todo, seguir financiando el trabajo de equipos como CEPESMA, que convierten un varamiento fortuito en información científica útil para gestionar mejor nuestros mares.
Para el lector de a pie, la conexión también existe. Elegir pescado de pesquerías certificadas, preguntar por el origen del producto o apoyar políticas que protejan los ecosistemas marinos no es algo abstracto. Es parte de la cadena que decide si especies como el tiburón foca seguirán siendo habitantes discretos del fondo del océano o piezas escasas en bases de datos de conservación.
La necropsia oficial de este ejemplar y las primeras conclusiones del equipo han sido compartidas por CEPESMA a través de una nota de Luis Laria, disponible en su perfil público de Facebook, accesible desde esta publicación.



















