El planeta se ahoga en plástico: solo el 9% del plástico se recicla… pero estas nuevas tecnologías podrían transformar toneladas de desechos en combustibles, monómeros y productos de alto valor

Publicado el: 22 de enero de 2026 a las 20:47
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Planta industrial de reciclaje químico donde residuos plásticos se transforman en nuevos productos mediante supraciclaje

La montaña de plástico que generamos no deja de crecer y ya amenaza con desbordar los sistemas de gestión de residuos. Según una nueva revisión científica firmada por un consorcio de universidades y laboratorios de Estados Unidos, la producción anual de plástico podría rondar los 500 millones de toneladas métricas en 2025 y la basura plástica acumulada superar los 12 mil millones de toneladas. De todo ese volumen solo se recicla en torno al nueve por ciento. El resto acaba enterrado, incinerado o directamente mal gestionado, con emisiones crecientes de CO2 equivalente y contaminación en suelos, ríos y océanos.

El trabajo, publicado en la revista RSC Sustainability, se centra en qué puede aportar el llamado reciclaje químico y el supraciclaje de plásticos para dejar de ver esa bolsa del supermercado o ese envase de yogur como un residuo sin salida y empezar a tratarlos como materias primas para nuevos materiales, combustibles y productos químicos de alto valor.



Una crisis que no se arregla solo con el contenedor amarillo

Quien separa envases en casa podría pensar que el problema está casi resuelto. La foto global es muy distinta. La revisión recuerda que la infraestructura actual solo permite recuperar una fracción pequeña del plástico que ponemos en el mercado y que la tasa real de reciclaje ronda ese nueve por ciento a escala mundial.

El resto se reparte entre vertederos, incineradoras y vertidos incontrolados. La incineración aporta energía, sí, pero también emite grandes cantidades de gases de efecto invernadero. Las autoras y autores calculan que las emisiones derivadas de quemar plásticos pueden alcanzar hacia mitad de siglo del orden de varios gigatoneladas de CO2 equivalente si no se cambia de rumbo.



El reciclaje mecánico clásico funciona relativamente bien con flujos limpios y sencillos. Por ejemplo botellas de PET bien separadas o determinados envases rígidos de polietileno. Sin embargo se queda corto cuando hablamos de mezclas complicadas, plásticos muy contaminados o laminados multicapa como muchos envases alimentarios. En esos casos la calidad del material baja con cada ciclo y el resultado suele ser un producto de menor valor.

Qué propone el supraciclaje químico

Aquí entra en juego el reciclaje químico, que el estudio presenta como un conjunto de tecnologías distintas más que como una única solución. La idea común consiste en descomponer el plástico hasta sus unidades químicas básicas o en moléculas más simples que luego se pueden reintroducir en la industria.

Una primera familia son los procesos basados en disolventes selectivos. En vez de triturar el envase se disuelve el polímero adecuado con un disolvente diseñado para ese fin y se recupera más tarde mediante precipitación. Esto permite separar capas diferentes en un mismo envase y obtener polímeros limpios, algo clave para envases complejos o residuos electrónicos.

Otra ruta es la despolimerización. En plásticos de condensación como PET, poliamidas o policarbonatos, la reacción se puede hacer marcha atrás con calor, catalizadores y a veces presión, hasta volver a monómeros que sirven para fabricar plástico con calidad prácticamente de material virgen. Es una especie de deshacer el jersey punto a punto.

El tercer gran bloque son las conversiones termoquímicas. La pirólisis calienta los plásticos en ausencia de oxígeno y los convierte en líquidos parecidos a una nafta que puede alimentar refinerías o procesos petroquímicos. La gasificación va un paso más allá y genera gas de síntesis que sirve como base para combustibles y productos químicos. La licuefacción hidrotermal utiliza agua en condiciones cercanas o superiores al punto crítico para trocear plásticos como las poliolefinas y producir aceites aprovechables.

En todos los casos el objetivo del supraciclaje no es solo “salvar” el residuo sino transformarlo en algo de mayor valor que el plástico original o al menos comparable, evitando la típica degradación de calidad del reciclaje mecánico.

Microondas, catalizadores y otras piezas del puzle

El artículo revisado pone el foco en varias líneas emergentes que buscan hacer estos procesos más eficientes y menos intensivos en energía. Una de ellas es el uso de microondas para acelerar la despolimerización y otras reacciones. Frente a los hornos convencionales, la energía se deposita de manera más directa en el material y se reducen tiempos y temperaturas de operación.

Otra pieza clave son los catalizadores avanzados. Destaca el papel de los líquidos iónicos como medio y a la vez catalizador, capaces de disolver plásticos difíciles y estabilizar nanopartículas metálicas activas. Proyectos europeos como TWICE ya están probando sistemas que combinan líquidos iónicos y microondas para convertir residuos de polietileno y polipropileno en hidrógeno muy puro y carbono sólido recuperable, trabajando a presiones cercanas a la atmosférica y temperaturas por debajo de trescientos grados centígrados.

El estudio también repasa enfoques de catálisis en tándem y el coprocesado, en los que los flujos de plástico se tratan junto con biomasa u otras corrientes industriales para aprovechar equipos ya existentes y equilibrar mejor la mezcla de productos. Todo con una idea de fondo que los autores repiten en varias ocasiones, la necesidad de integrar química, ingeniería de procesos, análisis de ciclo de vida y economía para evitar sorpresas ambientales.

Qué falta para que deje de ser promesa

Pese al potencial, la propia revisión recuerda que el reciclaje y supraciclaje químicos representan hoy una fracción mínima del total de plástico reciclado, del orden de una décima parte de un punto porcentual. La mayor parte de las rutas están en escala de laboratorio o planta piloto y todavía quedan cuestiones por cerrar, entre ellas la estabilidad real de los catalizadores, la gestión de impurezas y la adaptación de estas tecnologías a corrientes de residuos muy variables.

Los análisis de ciclo de vida y de viabilidad económica indican que el balance climático mejora en buena medida cuando la energía que alimenta estos procesos procede de fuentes renovables y cuando se desplaza producción de plástico virgen o incineración. En cambio, si se utilizan principalmente para generar energía a partir de residuos sin controles estrictos, el beneficio climático puede diluirse y no compensar frente a otras opciones como la reducción del consumo o la reutilización.

Para la ciudadanía, todo esto se traduce en algo bastante concreto. Es probable que en los próximos años veamos más anuncios de plantas de “reciclaje avanzado” o “reciclaje químico” de plásticos. Conviene preguntar qué productos salen realmente de esas instalaciones, qué energía utilizan y cómo se controlan sus emisiones, para evitar que se conviertan en simple maquillaje verde de viejas prácticas.

Separar correctamente los residuos, reducir envases de usar y tirar y apostar por productos reutilizables seguirá siendo la base. A medio y largo plazo, si estas tecnologías se desarrollan de forma rigurosa, pueden ayudar a que esa bolsa que hoy acaba en un vertedero se convierta en materia prima valiosa o en hidrógeno limpio en una economía más circular.

El artículo científico original que analiza de forma detallada estas rutas de supraciclaje se ha publicado en la revista RSC Sustainability.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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