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viernes, febrero 3, 2023

El nuevo consenso sobre la escasez de petróleo


Es posible que en su más reciente World Economy Outlook (WEO), el FMI haya iniciado una nueva etapa en la que parece dispuesto a combatir el pensamiento único y la complacencia sobre los diferentes riesgos para la economía mundial. Al menos es lo que se desprende de la lectura del capítulo tercero de su WEO 2011, titulado «Escasez de petróleo, crecimiento y desequilibrios globales». Que se incluya en un estudio de prospección económica un análisis del petróleo, la fuente energética predominante, no debiera parecer extraño, pero es que hasta ahora, la «sabiduría convencional» acerca del petróleo se resumía en que los precios, por altos que sean, siempre tendrán una tendencia a la baja en el futuro, y que la tecnología y la inversión serán siempre capaces de convertir las reservas en flujos comerciales al precio adecuado. Hace ya al menos seis años que esto no es así, y hay que felicitar al FMI por descubrir y aceptar el nuevo paradigma y sumarse así a la Agencia Internacional de la Energía en el nuevo consenso acerca del petróleo. Más vale tarde que nunca, dice el refrán.

Este WEO reconoce que estamos entrando en un territorio desconocido por lo que respecta al suministro de petróleo: «los mercados globales de petróleo han entrado en un periodo de mayor escasez… un retorno a la abundancia no es probable a corto plazo.» Quizás porque esa no ha sido la actitud en tiempos pasados, el informe advierte de que hay que tomar estas advertencias muy en serio: «los riesgos de la escasez de petróleo no deben ser subestimados, mucho depende de la magnitud y de la evolución de la escasez de petróleo, que sigue siendo muy incierta, existe un potencial para cambios abruptos, que tendrían efectos mucho mayores.»

Más allá de las explicaciones coyunturales como la especulación en los mercados de materias primas o los acontecimientos geopolíticos, el informe afirma que «el problema debe considerarse desde el punto de vista de los fundamentos (…) estos problemas de suministros se volvieron evidentes cuando el suministro de petróleo quedó estancado durante el amplio estallido económico de mediados de la década de 2000». Aunque los autores no indican que este estancamiento aún persiste a pesar del aumento de los precios, apuntan a otros fenómenos que contribuirán a agravar la situación, como que «algunos exportadores podrían reservar una creciente proporción de la producción para el uso doméstico, si esto sucediese, la cantidad de petróleo disponible para la exportación podría disminuir mucho más rápido que la producción de petróleo.»

El capítulo finaliza con una exploración de las peores consecuencias de esta situación, recordando como «los estudios han indicado cómo pequeños incrementos en las probabilidades de que acontecimientos muy poco probables pero catastróficos (como la escasez de petróleo) pueden tener efectos dramáticos en el comportamiento humano». También se afirma que «las empresas e industrias que usan o producen productos muy intensos en petróleo son particularmente vulnerables a los incrementos del precio del petróleo, algunas de estas empresas podrían dejar de ser rentables si los precios del petróleo permanecen muy altos por mucho tiempo… los efectos adversos de quiebras a gran escala en estas industrias pueden extenderse al resto de la economía.»

Ahora, solo cabe esperar que los políticos tomen buena nota e incorporen el análisis en sus previsiones. Sabiendo que el precio del petróleo difícilmente bajará a menos que la economía mundial caiga de nuevo en la recesión, algunas decisiones estratégicas, especialmente con respecto a las infraestructuras del transporte, deberían quedar orientadas definitivamente hacia la promoción del transporte público y especialmente el ferrocarril, frente a la incesante pulsión de construir nuevas carreteras. De igual manera, el precio del combustible, junto con la necesidad de reducir la contaminación en nuestras ciudades, debería hacer pensar de nuevo sobre los límites de velocidad y el acceso de los vehículos más contaminantes a los centros urbanos.

Planificar la sustitución tecnológica, como el coche eléctrico, no debe impedir reconocer que las medidas de gestión de la demanda, ahorro y eficiencia son más rápidas de implementar y tienen unos efectos inmediatos. Pero sobre todo, el discurso de la Agencia Internacional de la Energía y del Fondo Monetario Internacional debe ser trasladado rápida y contundentemente a la ciudadanía. Solo así será posible contar con su complicidad ante unas medidas que suelen ser impopulares y son pasto fácil de la demagogia electoralista.

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