Hay una imagen que resume bien el problema: un huésped que, antes de bajar a la playa a las diez de la mañana, deja el aire acondicionado a 16 grados «para encontrar la habitación fresca al volver» ocho horas después. Multiplicada por cientos de habitaciones y por los meses de temporada alta, esa escena explica por qué la climatización de espacios vacíos es una de las partidas donde más energía —y más dinero— se pierde en el sector hotelero.
El reto no es nuevo, pero la forma de abordarlo ha cambiado por completo. Durante años, la única barrera fue el clásico tarjetero de la entrada. Hoy, la eficiencia se juega en la capacidad del sistema para saber, en tiempo real, si en la habitación hay alguien y quién es.
El derroche invisible: climatizar el vacío
En un hotel, buena parte de las habitaciones pasan vacías la mayor parte del día: los huéspedes están fuera, en excursiones o en las zonas comunes. Sin ningún control, la climatización y la iluminación siguen funcionando como si la estancia estuviera ocupada. A eso se suma un comportamiento habitual y difícil de corregir por la vía de los carteles: la tendencia a forzar el aire acondicionado al máximo y dejarlo encendido al salir.
El resultado es un consumo que no aporta ningún confort real y que, sin embargo, se paga íntegro y se traduce en emisiones evitables. Es el tipo de ineficiencia que no se ve en la factura desglosada, pero que pesa en el total.
La picaresca del tarjetero: por qué el sistema clásico se queda corto
La primera solución que adoptó el sector fue el economizador de tarjetero: ese lector junto a la puerta donde el huésped introduce la tarjeta para que se active la luz y el clima, y que corta el suministro al retirarla al salir. Sobre el papel, resuelve el problema. En la práctica, tiene una grieta conocida por cualquier recepcionista, puesto que el economizador simple se activa con cualquier tarjeta. Y los huéspedes lo saben. Basta con dejar un cartón, un carnet caducado o una tarjeta de fidelización encajada en el lector para que el aire acondicionado siga funcionando toda la tarde con la habitación vacía.
Ese matiz es el que separa un ahorro teórico de un ahorro real, y el que ha empujado a los fabricantes especializados a desarrollar sistemas que no se dejan engañar.
Cuando el interruptor reconoce quién entra
La respuesta a la picaresca de la tarjeta es un economizador inteligente que solo se activa cuando lee y reconoce la credencial específica de esa habitación. Es la lógica del Economizador Smart de la firma española Omnitec: en lugar de aceptar cualquier objeto insertado, el dispositivo solo se activa con la tarjeta MiFare propia de esa instalación. Un cartón cualquiera deja de servir.
El salto de inteligencia va más allá. Este economizador gestiona dos relés de salida independientes, lo que permite dar un trato distinto a cada tipo de credencial. Cuando quien entra es personal de limpieza, el sistema enciende solo la iluminación necesaria para trabajar, pero mantiene el aire acondicionado apagado. La habitación se limpia sin climatizar un espacio que va a quedar vacío de nuevo en veinte minutos. Según el fabricante, esta gama de economizadores y sensores permite un ahorro de hasta el 60 % en el consumo eléctrico de las estancias.
El hotel sin llave y la ventana abierta
El modelo de acceso también está cambiando, y con él la forma de controlar el consumo. En los hoteles que ya funcionan sin llave física —donde se entra con el móvil, una pulsera o un smartwatch— no hay tarjeta que insertar. Para estos casos, el economizador se traslada al cuadro eléctrico: se instala en carril DIN, queda completamente invisible y no altera el diseño de la habitación.
Ahí es donde la eficiencia se vuelve verdaderamente fina. Este tipo de economizador inalámbrico trabaja con sensores de presencia, de puerta y de ventana: si el huésped sale, si deja la puerta abierta o si abre el balcón, el sistema corta automáticamente la climatización para no enfriar la calle. Es la diferencia entre un aparato que reacciona a una tarjeta y un sistema que entiende lo que ocurre dentro de la habitación.
Apagar desde recepción lo que se quedó encendido
La última capa es la gestión centralizada. Cuando toda la red de economizadores se conecta a coordinadores y a un software de control en recepción, el hotelero deja de depender de habitación en habitación y pasa a ver el edificio completo. Puede saber en tiempo real qué habitaciones están vacías, apagar de forma remota un climatizador que se quedó encendido y, sobre todo, fijar límites de temperatura de confort: impedir, por ejemplo, que un aparato se ponga a 16 grados en pleno agosto.
Ese control agregado es lo que convierte una suma de pequeños ahorros por habitación en una reducción medible en la factura energética del hotel, y lo que permite documentar la mejora ante un certificado de eficiencia o un objetivo de sostenibilidad.
La eficiencia que el huésped no ve
La paradoja del ahorro energético bien hecho en un hotel es que es imperceptible: el cliente entra en una habitación a la temperatura correcta y no nota nada de lo que ocurre por detrás. Toda la ingeniería trabaja para que el confort se mantenga y el gasto desaparezca cuando no hace falta.
En esa línea se mueven las soluciones de eficiencia de compañías españolas como Omnitec, que han llevado el viejo tarjetero hasta sistemas capaces de distinguir entre un huésped, un empleado y una habitación vacía. Porque la energía más sostenible sigue siendo la que no se consume; y en un hotel, buena parte de ella es, sencillamente, la que se escapa por las habitaciones que nadie está usando.



