La historia tectónica de la isla (una de las cortezas más antiguas del planeta) explica la mezcla de tierras raras, litio, oro y cuencas con potencial de hidrocarburos, aunque explotarlas en el Ártico sigue siendo caro y ambientalmente delicado
Groenlandia se ha convertido en un nombre recurrente cada vez que la transición energética tropieza con un problema básico (no hay imanes potentes sin tierras raras, ni baterías sin un suministro estable de minerales). Bajo el hielo y los afloramientos rocosos de la isla se combinan varios ingredientes poco habituales en un territorio tan poco poblado. Metales estratégicos para la industria (como las tierras raras), minerales industriales y un potencial petrolero notable en su margen oriental según estimaciones geológicas del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
El punto de partida está en el subsuelo, no en la geopolítica. La isla reúne rocas muy antiguas y episodios geológicos sucesivos (colisiones de continentes, deformaciones, intrusiones magmáticas y aperturas de rifts) que, con el paso de miles de millones de años, han ido “ordenando” minerales distintos en lugares relativamente próximos. Esta superposición de procesos es la que explica que en el sur y el suroeste aparezcan sistemas con potencial para minerales críticos y, al mismo tiempo, que en el noreste se identifiquen cuencas sedimentarias con condiciones favorables para hidrocarburos.
En el caso del petróleo y el gas, el USGS calculó para la provincia de las cuencas de rift del este de Groenlandia un volumen medio de recursos convencionales no descubiertos de unos 31.400 millones de barriles equivalentes de petróleo (una cifra que se refiere a potencial geológico, no a reservas probadas listas para extraer). Esa matización es clave porque en el Ártico la distancia a puertos, la falta de infraestructuras y el coste de operar en hielo marino suelen pesar tanto como la geología.
Para las tierras raras, el cuadro es todavía más sensible a las definiciones. El USGS sitúa a Groenlandia con 1,5 millones de toneladas de reservas de óxidos de tierras raras (una estimación conservadora en comparación con cifras de “recursos” que circulan en informes y medios, y que no siempre son equivalentes entre sí). La lectura económica, por tanto, no es que la isla tenga “todo”, sino que posee yacimientos potencialmente relevantes en un mercado donde China concentra buena parte de la extracción y, sobre todo, del procesado.
La paradoja es que el acceso a esas rocas se facilita por el mismo fenómeno que la comunidad científica advierte que hay que frenar. En las últimas décadas, el retroceso del hielo está dejando más terreno al descubierto. Un análisis basado en registros satelitales estimó el 13 de febrero de 2024 que la pérdida de hielo y glaciares en Groenlandia equivale a un área similar a Albania. A la vez, la cartografía subglacial ha avanzado con técnicas de radar capaces de “ver” el relieve bajo kilómetros de hielo, lo que mejora la prospección y el conocimiento del terreno (aunque no elimina la dificultad física de explotar en condiciones árticas).
Ese último punto suele quedar fuera del relato más simple. Una cosa es localizar indicios y otra transformar un proyecto en mina. El Gobierno de Groenlandia ha reforzado su marco regulatorio con una ley que estructura el conjunto de actividades minerales (en vigor desde el 1 de enero de 2024) y mantiene un sistema de licencias, evaluaciones y condiciones ambientales. Esa arquitectura legal busca equilibrar ingresos y control del impacto en un ecosistema frágil (y en una economía donde la pesca sigue siendo central), pero también alarga plazos y exige inversión paciente.
A corto plazo, el mapa real de la minería groenlandesa se mueve más por proyectos concretos que por titulares sobre tesoros ilimitados. Un ejemplo reciente es la concesión de una licencia de explotación a largo plazo para un yacimiento de grafito respaldado por iniciativas europeas vinculadas a materias primas críticas. El mensaje de fondo es nítido. La riqueza geológica existe, pero su traducción en producción depende de costes, aceptación social, logística y una cadena industrial completa que hoy, en el caso de las tierras raras, sigue concentrada fuera de Europa



















