La agricultura regenerativa va por buen surco: más cosecha, menos fertilizante y suelos más vivos, pero necesita al pequeño productor

Publicado el: 6 de julio de 2026 a las 09:42
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Agricultor trabajando un cultivo con prácticas de agricultura regenerativa para mejorar la salud del suelo y reducir el uso de fertilizantes.

La agricultura regenerativa empieza a dejar de sonar a concepto bonito para convertirse en una forma concreta de trabajar la tierra. Cubiertas vegetales, menos laboreo, rotaciones, biofertilizantes, sensores, satélites e inteligencia artificial entran ahora en el mismo surco.

El objetivo parece sencillo, aunque no lo es tanto. Producir alimentos sin agotar el suelo que los hace posibles. La FAO recuerda que el 95%, y que cerca de un tercio de los suelos del planeta ya está degradado. No es poca cosa.



El suelo vuelve al centro

Durante años se miró mucho a la cosecha y bastante menos a lo que ocurría debajo. Ahora el campo vuelve a una idea casi antigua, pero con herramientas nuevas. Si el suelo pierde vida, pierde fertilidad, retiene menos agua y aguanta peor las sequías.

La agricultura regenerativa busca justo lo contrario. Recuperar materia orgánica, proteger la biodiversidad del terreno, reducir la erosión y mejorar el ciclo del agua. La FAO la vincula con prácticas capaces de reconstruir la materia orgánica del suelo y restaurar la biodiversidad degradada, con efectos sobre el carbono y el agua.



La clave está en entender que la tierra no es un soporte muerto. Es un sistema vivo, con hongos, bacterias, raíces, insectos y nutrientes moviéndose a la vez. Cuando esa vida se empobrece, el cultivo también lo nota.

La tecnología baja al terreno

La gran novedad es que ese suelo vivo ya no se observa solo con las manos. También se mide con imágenes de satélite, sensores, modelos digitales y aplicaciones que ayudan a decidir cuándo regar, dónde hay estrés hídrico o qué parcela puede estar fallando.

En España ya se ven ejemplos de este salto. BBVA anunció en marzo de 2026 una herramienta con inteligencia artificial e imágenes satelitales para monitorizar cultivos, analizar contenido de agua, clorofila, biomasa, anomalías y estimaciones de producción. En la práctica, eso significa mirar una finca casi en tiempo real desde el móvil.

¿Sustituye eso al agricultor? No exactamente. Lo que hace es darle más información para tomar decisiones con menos margen de error. Regar menos cuando no toca, fertilizar mejor y detectar problemas antes de que la campaña se tuerza.

El riesgo del nombre bonito

Pero no todo lo que se llama regenerativo lo es de verdad. Ahí está uno de los grandes peligros. El Comité Económico y Social Europeo ha pedido una comprensión común del término y propone indicadores medibles para alinear políticas, financiación y normas de la cadena alimentaria.

Ese punto importa mucho. Sin controles claros, la agricultura regenerativa puede acabar convertida en una etiqueta cómoda para vender mejor. Gustavo Duch, coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, lo resume con una advertencia directa, “resulta fácil ocultar el propósito real, pues no existe un sello de agricultura regenerativa”.

La frase apunta a un debate incómodo. Si la transición solo queda en manos de grandes empresas con dinero para comprar tecnología, tierra y certificados, los pequeños agricultores pueden quedarse mirando desde la cuneta. Y el campo ya tiene bastantes cunetas.

Agua, carbono y nutrientes

El agua es una de las razones por las que esta transición corre prisa. La FAO calcula que la agricultura representa el 70% de las extracciones mundiales de agua dulce. En un país acostumbrado a mirar al cielo esperando lluvia, esa cifra pesa todavía más.

Un suelo con más materia orgánica funciona como una esponja. Retiene mejor el agua, reduce escorrentías y aguanta algo más cuando llega ese calor pegajoso de verano que ya todos conocemos. No hace milagros, pero ayuda.

Además, la salud del suelo también toca la salud humana. La FAO señala que los suelos agotados producen alimentos más pobres en nutrientes y pueden agravar el “hambre oculta”, causada por la falta de vitaminas y minerales. No hablamos solo de producir más kilos, sino de producir mejor alimento.

El reto de los pequeños

La transición regenerativa tiene un coste. Hay que aprender nuevas prácticas, asumir riesgos en los primeros años, comprar o compartir tecnología y, muchas veces, cambiar la manera de organizar la finca. Para una explotación pequeña, ese salto puede dar vértigo.

Por eso, el debate no va solo de drones o de carbono. Va también de financiación, asesoramiento y precios justos. El propio Comité Económico y Social Europeo pide más apoyo a través de la PAC, servicios independientes de asesoramiento, inversión y un entorno favorable durante los primeros años de conversión.

José María García-Mina, catedrático de Química Agrícola y Edafología de la Universidad de Navarra, lo expresa desde el suelo mismo. Hace falta avanzar en “nuevos fertilizantes” y en biofertilizantes que actúen sobre la microbiota del terreno. Es decir, alimentar también a los organismos que alimentan la tierra.

Lo que viene ahora

La agricultura regenerativa no es volver al pasado ni rendirse a la tecnología. Es una mezcla más interesante. Usar conocimiento tradicional, ciencia del suelo y datos para producir sin dejar la finca exhausta después de cada campaña.

La FAO advierte que pueden hacer falta hasta 1000 años para formar apenas 2 o 3 centímetros de suelo. Esa cifra cambia la forma de mirar un campo recién arado. Lo que se pierde en una generación puede tardar siglos en volver.

En el fondo, la pregunta es sencilla. ¿Queremos un campo que produzca hoy a costa de mañana, o uno que siga dando alimentos dentro de veinte, treinta o cincuenta años? La respuesta no saldrá solo de un algoritmo, pero el algoritmo puede ayudar.

La opinión oficial sobre agricultura regenerativa como objetivo para mejorar la producción sostenible, el clima y la biodiversidad ha sido publicada por el Comité Económico y Social Europeo.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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