Probióticos con la cepa bacteriana ecológicamente adecuada podrían tener efectos duraderos

El trabajo sugiere que la adaptación de la cepa bacteriana correctamente con el medio ambiente intestinal es crucial para hacer un cambio real.

Los científicos han tratado de alterar la flora intestinal humana para mejorar la salud mediante la introducción de bacterias probióticas beneficiosas, pero los probióticos comercialmente disponibles no se establecen en el intestino. Un estudio publicado este jueves en ‘Cell Host & Microbe’ sugiere que es posible alterar el ecosistema microbiano en el intestino humano durante al menos seis meses mediante la introducción de una única cepa bacteriana ecológicamente adecuada.

   El trabajo sugiere que la adaptación de la cepa bacteriana correctamente con el medio ambiente intestinal es crucial para hacer un cambio real.

   «Si entendemos la microbiota intestinal como un ecosistema complejo cuya composición se rige por procesos ecológicos estrictos, podemos potencialmente modular muy específicamente su composición mediante la introducción de una cepa específica en él», dice el autor principal, Jens Walter, profesor asociado y presidente para la Nutrición, Microbiota y Salud gastrointestinal en la Universidad de Alberta, Canadá.

   «Esto abre la posibilidad de reintroducir una bacteria que falta con un resultado de salud en mente«, añade. Así, un equipo internacional de investigadores probó la persistencia de una cepa bacteriana llamada ‘Bifidobacterium longum AH1206’ en el intestino humano, una bacteria que se encuentra en la lista de las presentes en el intestino humano. Es una de los 50 más comunes entre los cientos de especies de bacterias que se encuentran normalmente en el intestino humano. «Es un miembro clave del microbioma humano», subraya Walter.

Esto la diferencia de los probióticos se encuentran en tiendas de comestibles y de salud. Se seleccionaron las bacterias en estos productos no por su idoneidad para vivir en el intestino humano, sino más bien por su facilidad de producción en un entorno industrial, según Walter. Los microbios que crecen en el intestino humano son mucho más difíciles de hacer crecer en cultivo a las escalas necesarias para la producción en masa.

   Para que se entienda, Walter compara los intentos de cultivar estas cepas industriales de bacterias en el intestino humano con tratar de hacer crecer fresas en una selva tropical. «En lugar de plantar fresas, plantamos una planta verdadera selva en la selva tropical, un organismo que está mucho más adaptado a ese ecosistema», pone como ejemplo Walter.

BACTERIAS PRESENTES SEIS MESES DESPUÉS DE DEJAR EL TRATAMIENTO

   En un ensayo doble ciego, controlado con placebo de 22 personas, la mitad de los participantes tomaron dosis diarias de probióticos ‘Bifidobacterium longum AH1206’ y la otra mitad un placebo. Después de dos semanas, cambiaron el régimen de tratamiento y Walter y sus colegas rastrearon los cambios en el microbioma intestinal a través del tiempo, mirando la composición bacteriana y la genética.

   El 30 por ciento de los que tomaron un probiótico con esta cepa bacteriana experimentó la colonización duradera de la cepa y se consideraron como persistentes: sus intestinos estaban colonizados por la cepa ‘Bifidobacterium longum AH1206’ seis meses después de haber dejado de tomar los probióticos.

   Los datos mostraron que los intestinos de estos participantes diferían de los que no tenían un efecto de larga duración del probiótico. Antes del tratamiento, en los que persistía había niveles más bajos de la especie ‘Bifidobacterium longum’ o genes que se encuentran en cepas similares. «La competencia en los ecosistemas es especialmente dura entre especies estrechamente relacionadas, ya que tienen las mismas necesidades de recursos –dice Walter–. Se remonta a las teorías propuestas por Darwin».

   Los resultados sugieren que en las personas que han perdido o nunca han adquirido una cierta cepa valiosa de bacterias del intestino debido al uso de un antibiótico o algún otro evento, podría ser posible repoblar el ecosistema intestinal. Además, «ya que podemos diferenciar entre los persistentes de los no persistentes, podríamos potencialmente personalizar los tratamientos probióticos«, augura Walter.

ep

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