La presión económica, el aislamiento y las condiciones laborales exigentes pueden acompañarnos durante años. Una nueva investigación sobre el estrés crónico y el corazón ha analizado cómo estas circunstancias se relacionan con la salud cardiovascular antes siquiera de que aparezcan síntomas.
Un estudio realizado en 480.000 adultos vincula una mayor exposición al estrés con la inflamación, cambios en la estructura del corazón y más riesgo de padecer infartos o incluso ictus. El grupo con mayor estrés presentó un riesgo relativo de un 43 % superior al del grupo con menor exposición.
El trabajo, en el que ha participado el Imperial College de Londres, también identifica las diferencias de susceptibilidad genética y abre más vías de investigación para detectar antes a quienes podrían beneficiarse de medidas preventivas.
Estrés crónico y corazón
Un estudio revela que la inflamación crónica que se asocia a la situación socioeconómica y al estilo de vida de las personas está relacionada con cambios en el corazón, así como con un mayor riesgo de tener infartos y accidentes cerebrovasculares.
Los resultados, publicados en European Journal of Preventive Cardiology, proceden de un estudio realizado con casi medio millón de adultos de Reino Unido.
Según explica a SINC el primer autor del trabajo e investigador del Imperial College de Londres, Matia Coriano, el estrés crónico se define como una exposición recurrente a disparadores psicológicos o ambientales. “Entre ellos, las desigualdades sociales, la pobreza, un menor nivel educativo, la falta de conexiones sociales y las condiciones laborales exigentes se encuentran entre los factores más estresantes”, apunta.
Sus efectos a largo plazo pueden aparecer años antes de que las personas experimenten cualquier síntoma cardiovascular, lo que los convierte en una amenaza silenciosa para la salud.
“Nuestro estudio –que es el mayor de su tipo– sugiere que millones de personas podrían estar viviendo con una inflamación oculta que altera su corazón, lo que aumenta el riesgo de sufrir un infarto o un ictus”, explica el líder del trabajo e investigador del Laboratorio de Ciencias Médicas del Medical Research, Declan O’Regan. “La inflamación crónica es compleja, pero sabemos que está relacionada con nuestra salud y que viene determinada por nuestro estilo de vida, por lo que las personas pueden correr un mayor riesgo debido a su entorno, su situación económica, la salud de su familia y su alimentación”.
Medio millón de personas
Para saberlo, los investigadores analizaron datos del Biobanco del Reino Unido correspondientes a 480 000 adultos y examinaron el exposoma, que abarca las exposiciones ambientales externas e internas que las personas sufren a lo largo de su vida.
En este caso, vieron que las personas con niveles más altos de estrés tenían un 43 % más de riesgo de sufrir un infarto de miocardio o un ictus que aquellas con los niveles más bajos.
En concreto, las personas con más estrés mostraban indicios de cambios estructurales en el corazón, como un engrosamiento de las paredes, cavidades cardíacas más pequeñas y un peor llenado.
“Nuestros hallazgos sugieren que la inflamación sistémica posee un vínculo biológico importante entre las exposiciones ambientales adversas y las enfermedades cardiovasculares”, añade Coriano. “Los estresores psicológicos y ambientales promueven respuestas inflamatorias que se caracterizan por la activación del sistema inmunológico y la liberación de citocinas que pueden influir en el corazón y contribuyen a cambios en su estructura y función”.
Factores genéticos
No obstante, también se observó un fuerte factor genético, ya que algunas personas son, por naturaleza, más resistentes o susceptibles al daño inflamatorio.
“Descubrimos que los antecedentes genéticos pueden modificar la relación entre las exposiciones ambientales y la inflamación, lo que sugiere que la susceptibilidad heredada influye en cómo nuestros cuerpos responden a condiciones adversas”, explica.
Sin embargo, las personas susceptibles o expuestas a dichas circunstancias no están condenadas a desarrollar enfermedades cardíacas, ya que se puede hacer mucho para prevenir la inflamación a largo plazo.
Una ventana a la prevención
El estudio identificó proteínas inflamatorias clave de las familias de las interleucina-1 y el TNF como probables causantes de este daño. Hoy en día, estas proteínas ya son diana de fármacos en ensayos clínicos, lo que aumenta la esperanza de que nuevos tratamientos puedan prevenir las enfermedades cardiovasculares antes de que aparezcan los síntomas.
Estos resultados apuntan a que combinar los análisis de sangre para detectar la inflamación con puntuaciones de riesgo genético podría ayudar a identificar a las personas con más probabilidades de beneficiarse de una intervención temprana.














