Otras agriculturas son posibles y necesarias

Este número de la Revista Ambienta es una puerta abierta. Una bocanada de aire fresco y una invitación a asomarse a la ventana para ver lo que está pasando fuera. Más allá de los procedimientos habituales, y de las formas de hacer las cosas de la misma manera, algunas iniciativas se han puesto en movimiento manejando nuevas ideas o reformando, y rehabilitando, algunas antiguas.

Están cambiando los tiempos y, por eso, hoy más que nunca, es cierto que los que no sepan vivir con anticipación, estarán condenados a vivir en la estricta supervivencia. Casi nada de lo que hasta ahora habíamos considerado como inamovible, y estable, debe quedar ajeno a la reflexión y al debate que se abre, no solo con la crisis, que también, sino con el cambio de modelo económico y energético que ha movido el mundo desde la generalización del uso de las energías fósiles.

La agricultura no está al margen de la reflexión crítica y de la búsqueda de soluciones para solventar, reformar, cambiar, actualizar o innovar en aquellos aspectos que directa, o indirectamente, afectan a las formas de producir, de comercializar, de relacionarnos con los mercados, con los consumidores o con el medio ambiente.

A la agricultura industrial, que durante estos últimos cincuenta años desarrolló un control hegemónico y desplegó su inmenso poderío ideológico, técnico, científico y político para dominar todos los resortes posibles de la actividad agraria, le estamos viendo algunas fisuras.

Sin duda que a los métodos industriales les debemos muchos avances, y buena parte del bienestar de nuestra generación, pero es hora de afrontar una revisión pensando en el futuro, en una mejor redistribución de la riqueza creada y en solventar algunos déficits ambientales que pueden limitar el bienestar de las generaciones venideras.

Durante más de cincuenta años, la agricultura industrial fue implantándose de forma monopolística hasta acabar con los mercados de las pequeñas agriculturas milenarias, y de proximidad, que desde los entornos agropecuarios de cercanías abastecían a ciudades y villas.

A la par que hacía lo mismo con los cientos de pequeños modelos agroecológicos históricos de los campesinos españoles, desperdigados por los más fascinantes rincones de nuestra geografía —con sus métodos holísticos, integrados en la naturaleza, gestores activos de biodiversidad, constructores de paisajes, de visión sistémica y multifuncional, movidos con energías renovables locales y dirigidos por unas sólidas instituciones comunales de gobernanza local— que quedaban al borde de la extinción, o se perdían para siempre, mientras desde la ciudad, y la burocracia industrial, aplicábamos una política desarrollista, o conservacionista, que ni los entendió, ni los vio siquiera, y que por tanto fue incapaz de negociar con ellos para buscar una alianza en la tarea conjunta de conservar agrodiversidad, naturaleza y cultura campesina.

Por eso este número de Ambienta, en el que se presenta una selección de iniciativas propuestas por diversos emprendedores, tiene tanto valor, pues estamos convencidos de que el futuro de la agricultura, del medio rural y de la conservación del patrimonio natural y cultural del campo, no pasa por un único sitio, como si pasase por un embudo. Al contrario, pasa por miles de pequeños agujeros, como si lo hiciese por un colador.

Pero para que se den las condiciones que faciliten el florecimiento de los emprendedores individuales, o sociales, necesitamos abordar algunas reformas estructurales y modificar algunos comportamientos culturales y políticos que sirvan tanto de caldo de cultivo como de incentivo para explorar nuevas vías.

Necesitamos una mayor preocupación e interés por parte de la sociedad urbana, y del conjunto de las instituciones, para impulsar nuevas políticas de relación interterritorial y visualizar que el campo no es ese espacio que queda libre y baldío entre las ciudades, sino la matriz donde se insertan las urbes y sus servidumbres de paso, el territorio que nos provee de alimentos, energías, recursos naturales, lugares de recreo y el que alberga la mayor parte de la biodiversidad. Que el campo es un espacio para el fomento de la innovación y que sin campo, sin un medio rural activo y consciente, respetable y respetado, la ciudad no tiene futuro.

Y necesitamos también personas que desde el campo se atrevan a ponerse en marcha.

Por alguno de esos agujeros, del gran colador que tamiza las iniciativas más innovadoras del campo, pasan las experiencias que se presentan en este número y que ponen en evidencia que otras agriculturas son posibles. Posibles y necesarias.

Jaime Izquierdo

http://www.revistaambienta.es/ECOticias.com

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