El Pacífico empieza a moverse otra vez. En su discusión del 12 de marzo de 2026, la NOAA mantiene una «Advertencia de La Niña / Vigilancia de El Niño» y apunta a una transición hacia condiciones neutras en las próximas semanas, con un 62% de probabilidad de que El Niño aparezca entre junio y agosto y siga, al menos, hasta final de año. La Organización Meteorológica Mundial dibuja un escenario parecido y subraya que, hasta julio, lo más probable es que el sistema siga en fase neutral.
Eso sí, una cosa es que aumenten las opciones de El Niño y otra muy distinta es hablar ya de un «Niño Godzilla». La propia NOAA reconoce que, si finalmente se forma, su intensidad sigue siendo muy incierta y solo da una probabilidad de 1 entre 3 a que llegue a ser fuerte entre octubre y diciembre. Dicho de forma sencilla, el riesgo existe, pero hoy no hay un super episodio confirmado.
Qué cambia cuando el Pacífico se calienta
El Niño y La Niña forman parte del ciclo ENSO, un vaivén natural del océano y la atmósfera en el Pacífico tropical que suele repetirse cada dos a siete años. Durante El Niño, los vientos alisios se debilitan y el agua cálida se desplaza hacia el este, lo que altera lluvias, sequías, incendios, ecosistemas marinos y la planificación en sectores tan sensibles como la agricultura, el agua o la energía. ¿Qué significa esto en la práctica? Que una franja de océano puede terminar condicionando decisiones a miles de kilómetros.
Aquí hay un matiz importante. Cuando se habla de subidas de 2 o 3 grados, normalmente no se está hablando de la temperatura media de todo el planeta, sino de las anomalías de la superficie del mar en zonas del Pacífico ecuatorial. La NASA recuerda que El Niño se declara cuando la región Niño 3.4 supera en más de 0,5 grados la media durante cinco meses seguidos. En 2023-2024 esa anomalía rondó los 2,0 grados, y en los episodios muy fuertes de 1997-98 y 2015-16 superó los 2,5 grados.
A escala global, el efecto es más pequeño, aunque muy relevante. La WMO ha recordado que el último El Niño, el de 2023-2024, estuvo entre los cinco más intensos jamás observados y jugó un papel en las temperaturas récord de 2024. Algo parecido ocurrió tras el gran episodio de 2015-2016, cuando NASA y NOAA confirmaron que 2016 fue el año más cálido desde que existen registros modernos. El problema es que ahora ese posible empujón llegaría sobre un planeta ya más caliente por las emisiones de gases de efecto invernadero.
Lo que enseñan los grandes episodios
Los antecedentes ayudan a poner las cosas en su sitio. El Niño de 1997-98 fue uno de los más intensos del siglo XX y un análisis de NOAA le atribuyó unos 36.000 millones de dólares en pérdidas económicas mundiales y cerca de 22.000 muertes. Aquellos meses dejaron impactos climáticos y económicos muy severos en distintos continentes. Más tarde, el episodio de 2015-16 volvió a demostrar hasta qué punto este fenómeno puede desordenar el mapa climático global.
Ahora mismo los científicos miran dos cosas. Por un lado, el calor acumulado bajo la superficie del Pacífico, que puede favorecer el cambio de fase. Por otro, la llamada «barrera de predictibilidad de primavera», una época del año en la que los modelos fallan más y conviene ser prudentes. Por eso los próximos boletines serán clave. En el fondo, lo que está sobre la mesa no es un monstruo climático confirmado, sino un aviso temprano de que el Pacífico podría cambiar de rumbo en la segunda mitad de 2026. Y si eso ocurre, el planeta lo notará.
La discusión diagnóstica oficial más reciente del ENSO ha sido publicada en el Climate Prediction Center de la NOAA.


















