Variedades de uva autóctonas resisten el cambio climático y transforman el vino, abriendo una nueva vía para que el sector vitivinícola afronte uno de sus mayores retos: el aumento de temperaturas, la sequía y el desequilibrio en la maduración.
Un estudio del ITACyL publicado en la revista científica Horticulturae confirma que estas variedades tradicionales no solo sobreviven mejor, sino que aportan calidad, diversidad y soluciones reales ante un escenario climático cada vez más extremo.
Variedades de uva autóctonas resisten el cambio climático y transforman el vino
Un estudio científico revela que variedades olvidadas pueden ser la clave para salvar el viñedo frente al calor extremo y la pérdida de acidez
El estudio examina nueve variedades de uvas tradicionales de Castilla y León, poco cultivadas pero prometedoras. Entre ellas figuran Bruñal, Mandón o Cenicienta, que son algunas de las que despiertan interés por su valor agrícola.
Las conclusiones apuntan a una gran adaptación al entorno, con mejor resistencia al calor y a la escasez hídrica. Además, sus distintos ritmos de maduración permiten organizar la vendimia de forma progresiva.
El cambio climático obliga a reinventar el viñedo tradicional
El sector del vino vive una transformación sin precedentes. El aumento de temperaturas está provocando un adelanto de la vendimia, pérdida de acidez y desequilibrios en la maduración de la uva, factores que afectan directamente a la calidad final del vino.
En este contexto, el estudio demuestra que las variedades de uva autóctonas resisten el cambio climático y transforman el vino, ofreciendo una alternativa frente a modelos productivos más vulnerables.
La investigación, desarrollada durante varios años, confirma que el material vegetal —es decir, la variedad de uva— es el factor más determinante en la adaptación al cambio climático, incluso por encima de la propia añada.
Nueve variedades olvidadas que pueden cambiar el futuro del vino
El trabajo analiza nueve variedades tradicionales de Castilla y León: Bruñal, Mandón, Gajo Arroba, Tinto Jeromo, Cenicienta, Puesto Mayor, Mouraz, Estaladiña y Negro Saurí, muchas de ellas poco extendidas pero con gran potencial.
Los resultados muestran que estas variedades presentan alta adaptación a condiciones locales, soportando mejor el calor y la sequía, y permitiendo escalonar la vendimia gracias a su diversidad en los ciclos de maduración.
Este comportamiento agronómico es clave para reducir riesgos en un contexto de olas de calor cada vez más frecuentes, consolidando la idea de que las variedades de uva autóctonas resisten el cambio climático y transforman el vino desde la base del viñedo.
Vinos más equilibrados, con identidad y mayor capacidad de envejecimiento
Desde el punto de vista enológico, las diferencias entre variedades son determinantes. Algunas como Bruñal, Cenicienta o Tinto Jeromo destacan por su alto contenido en polifenoles y taninos, lo que permite elaborar vinos estructurados y con gran capacidad de envejecimiento.
Por otro lado, variedades como Estaladiña combinan productividad y acidez, posicionándose como una opción especialmente interesante para vinos de guarda en un contexto de calentamiento global.
En contraste, Mouraz y Negro Saurí producen vinos más ligeros y con menor intensidad de color, ideales para rosados o vinos jóvenes, lo que amplía el abanico de estilos y oportunidades comerciales.
La acidez y la diversidad: claves para sobrevivir al calor extremo
Uno de los grandes problemas del cambio climático en el viñedo es la pérdida de acidez, fundamental para el equilibrio del vino. En este sentido, variedades como Gajo Arroba y Mandón destacan por mantener una elevada acidez incluso en maduración avanzada.
Este rasgo las convierte en herramientas clave para corregir desequilibrios en vendimias cálidas, especialmente en mezclas o coupages, cada vez más necesarios en el sector.
Así, queda demostrado que las variedades de uva autóctonas resisten el cambio climático y transforman el vino no solo por su resistencia, sino por su capacidad de aportar equilibrio y versatilidad.
Recuperar el patrimonio vitícola para asegurar el futuro del sector
El estudio concluye que recuperar estas variedades no es solo una cuestión cultural, sino una estrategia clave de adaptación climática. Su uso permite diversificar estilos, mejorar la resiliencia del viñedo y abrir nuevas oportunidades de mercado.
Además, refuerza el patrimonio vitivinícola, recuperando variedades históricas que habían quedado relegadas frente a modelos más estandarizados.
En un escenario de incertidumbre climática, apostar por estas variedades puede marcar la diferencia entre un sector vulnerable y uno capaz de adaptarse, innovar y seguir siendo competitivo.
En bodega, estas uvas ofrecen perfiles diferenciados. Algunas generan vinos intensos y aptos para una larga crianza, mientras otras aportan frescura y ligereza, ampliando los estilos y las oportunidades en el mercado vinícola.
La conservación de la acidez se presenta como un factor decisivo frente al calentamiento global. Ciertas variedades logran mantenerla en condiciones extremas, favoreciendo mezclas equilibradas y consolidando su valor estratégico en el viñedo actual.












