La Boitatá y la víbora de fuego

Los animales fueron sepultados por la inundación. Ni la Boiguazú, la víbora grande que dormía, pudo continuar su sueño. Pero como ella vivía tanto en el agua como en la tierra, salió nadando. Cuando la lluvia cesó, aparecieron los animales muertos. La boiguazu comenzó a devorar sus ojos.  Cada uno era una lucecita que se prendía dentro de ella. Hasta que se convirtió en una claridad que serpenteaba. Los primeros que la vieron, no la reconocieron. Enseguida le dieron el nombre de Boitatá, víbora de fuego. Murió, porque los ojos no la alimentaron, sólo la iluminaron. Pero la luz que estaba dentro de ella escapó y salió por ahí. Por su gula, fue condenada a vigilar los campos vírgenes contra los que quieren incendiarlos.

El primer libro que me regaló mi padre se llama Cuentos de animales fantásticos. Comienza con la historia de la Boitatá. La recordé hace poco porque en la noche del 27 de marzo, cuando bajé del bus en el parque de Bello, vi una colosal víbora de fuego que consumía el cerro Quitasol. Los transeúntes nos plantamos a mirar el combate, hechizados por las llamas que bailaban ante nuestros ojos.

Al día siguiente las ventanas de mi casa trepidaban. La causa era un helicóptero que descargaba agua sobre el cerro. De allí se levantaba una columna de humo, como si  los espíritus de los animales y plantas muertos buscaran el cielo. Las cenizas parecían  mariposas negras que se metían en las casas. El fuego enlutó la montaña, apenas salpicada por el marrón de los desgreñados  pinos que quedaron en pie.

Se quemó el 60% de la parte del cerro que es visible desde el Valle de Áburra. La mayor parte del terreno estaba sembrado de pino, pero también de algunas especies nativas de arboles y flora. No se tiene cuenta de  los animales muertos y desplazados. Los bomberos apenas encontraron cuatro culebras calcinadas. El incendio fue provocado por dos niños entre los 10 y 15 años que no fueron capturados. Duró cuatro días. 

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Los mil ojos de la Boitatá

Cuando la Boitatá murió y se convirtió en la luz de los miles de ojos que devoró después de la inundación,  la condenaron a vigilar los bosques por su gula.  No se convirtió en una bestia destructora, como la víbora de fuego que azotó el Quitasol. No quema las plantas ni los arboles, ni calienta el agua de los ríos ni de los lagos. Es una bella metáfora sobre la obligación que tenemos de cuidar la Tierra.

Los seres humanos también devoramos. Nuestras presas son los arboles, el agua, el aire, los animales, los minerales, la tierra. Creamos las maquinas para convertirlos en cosas inútiles que sacien nuestra hambre: ropa, chicles, joyas, cigarrillos, plástico, humo, vomito industrial. Pero como sucedió con los ojos que se comió la Boitatá, estos artilugios no nos alimentan, sólo nos iluminan. Apenas añaden brillo a nuestros cuerpos, casas, carros o yates.

Nosotros también seremos castigados por nuestra gula. Desde el más allá, nos acusan los ojos de los seres humanos que han muerto por la contaminación del agua y el aire, las terribles sequias y las inundaciones. Desde el futuro, nos culpan los ojos de los hijos que heredarán un planeta en crisis.

Los ojos indignados que vieron el incendio del Quitasol también nos juzgan. Y nuestros propios ojos nos acusan por nuestras posiciones pasivas frente a problemas que son determinantes para el futuro de los seres humanos. Todos esos ojos, que ya no son mil sino millones, nos obligan proteger la Tierra. Sobre todo, de las acciones de los gobiernos y las grandes fuerzas económicas, pues sus consecuencias afectan a un gran número de personas y pueden ser irreversibles.
 

Bello, una ciudad sin caminos

Todavía no se ha ejecutado un plan de recuperación del cerro Quitasol, tampoco se han puesto en funcionamiento unos mecanismos que permitan controlar de forma temprana un eventual incendio, ni siquiera se han avaluado las perdidas generadas por el más reciente. La montaña no ha recobrado su verde habitual y en la Secretaría de Medio Ambiente ya sueñan con convertirla en una reserva natural – junto con los terrenos lindantes de Copacabana, Barbosa y Girardota -, extender un metrocable hasta allí  y construir restaurantes, hoteles y una zona de camping. Un lugar al estilo del Parque Arví, donde en los últimos días han tenido que restringir el acceso de las personas por los daños ambientales que han causado.

El pie del cerro está plagado de centros comerciales y urbanizaciones legales e ilegales. Lo más reciente son unas viviendas campestres de estrato seis que cuestan 1200 millones de pesos cada una.  El nombre del proyecto está colgado de la montaña en letras gigantescas: NORTEAMERICA.  Cuando apareció, muchas personas se indignaron porque pensaron que iban a instalar una base militar de Estados Unidos en el batallón Pedro Nel Ospina, que queda muy cerca. Pero la animadversión desapareció pronto, aunque se está construyendo sobre yacimientos de agua.

Y lo anterior sucede a pesar de que en el Plan de Desarrollo 2007 – 2011 se enuncia el grave problema de espacio público que hay en Bello. Los estándares internacionales establecen un promedio de 15 metros cuadrados de espacio público por habitante, mientras en la comuna 1 de Bello es de 0,75 metros cuadrados, en la tres  de 3,5  y en las demás comunas se promedian entre 1,5 y 2,5. Esto es preocupante, teniendo en cuenta que el 85% del municipio es zona rural.

El historiador Edgar Restrepo, después de hacer un recuento del proceso de urbanización de Bello, concluye: “el crecimiento urbano, la planeación municipal y un ordenamiento espacial se vieron continuamente rezagados, ante las presiones del capital, de los intereses políticos, de los vacios normativos y de la complicidad de varios que vieron la oportunidad de enriquecerse. En la actualidad la ciudad continua ampliando sus horizontes, aprovechando los últimos espacios y mangas que quedan, reacomodando su perímetro urbano, incorporando zonas rurales ante la voracidad de ‘vivienda urbana de interés social’, como dicen las frases oficiales, sin pensar en las consecuencias que todos ven o no quieren ver; pero están presentes y requieren medidas prontas: espacio público deteriorado, más pulmones verdes amenazados, viviendas hacinadas o  zonas de alto riesgo y calles estrechas”[1].

La cantidad de obras que se están construyendo en Bello han generado una valorización de la tierra, pero también una fuerte presión económica sobre ésta. Algunos de los antiguos habitantes han vendido sus casas a muy buenos precios y en su lugar vienen apareciendo empinados edificios que parecen colmenas. El problema es que los nuevos vecinos no están vinculados al resto de la comunidad, lo que hace más difícil emprender acciones colectivas para defender los bienes públicos.

Las organizaciones ambientales y sociales, los académicos y los artistas son fundamentales para recordarnos esos lazos históricos, afectivos y de identidad que unen a los seres humanos. Pero ese legado nace con las palabras que corren por las esquinas, las mangas, las tiendas, los parques, las aceras o las canchas. Por eso en una ciudad donde nos cierran los caminos para abrirle paso a los automóviles, a los centros comerciales y  los edificios, es inevitable que terminemos cercados por el silencio y el pavimento.

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