Durante décadas, Hallucigenia ha sido el símbolo perfecto de lo extraño que llegó a ser la vida en los mares del Cámbrico. Un animal minúsculo, parecido a un gusano con patas blandas y espinas enormes en la espalda, tan raro que al principio los científicos lo dibujaron literalmente al revés.
Ahora, un fósil marino de unos 500 millones de años acaba de aportar la pieza que faltaba en su historia. Un nuevo estudio sugiere qué comía Hallucigenia y cómo encajaba en la cadena trófica de aquellos océanos primitivos, algo clave para entender cómo se organizaron los primeros ecosistemas animales en la Tierra.
Una “foto fija” del fondo marino cambriano
El nuevo trabajo, liderado por el paleontólogo Javier Ortega Hernández en Universidad de Harvard, reanaliza un fósil de la formación Burgess Shale en Canadá, un yacimiento clave para entender la fauna del periodo Cámbrico.
Ese fósil muestra el cuerpo aplastado de un animal gelatinoso de unos 3,5 centímetros, rodeado por espinas sueltas de Hallucigenia procedentes de al menos siete individuos. Según la interpretación del equipo, estaríamos ante una escena muy concreta.
Primero habría muerto el animal gelatinoso y su cuerpo habría caído al fondo marino. Después, varios Hallucigenia diminutos se habrían acercado para alimentarse de esa masa blanda, probablemente mediante succión, dejando sus espinas dispersas sobre el cadáver.
La paleontóloga Allison Daley, de la Universidad de Lausana, resume la importancia de este fósil como un “instante capturado en el registro fósil”, una interacción breve congelada en la roca durante cientos de millones de años.
No todo el mundo está del todo convencido. El investigador Jean Bernard Caron, del Museo Real de Ontario, advierte de que ciertos procesos geológicos podrían mezclar restos de diferentes animales sin que hayan interactuado en vida. Es decir, la escena es muy sugerente, pero la ciencia prefiere ir con pies de plomo.
Qué tipo de animal era Hallucigenia
Hallucigenia era un pequeño animal tubular de hasta unos cinco centímetros de largo, con patas blandas en la parte inferior y una fila de espinas rígidas en el lomo, pariente lejano de los actuales gusanos aterciopelados, los tardígrados y los artrópodos.
Durante años nadie tenía claro qué era la “cabeza” y qué era la “cola”. Los primeros dibujos lo mostraban caminando sobre las espinas y con las patas apuntando hacia arriba. Solo cuando se revisaron más fósiles se vio que aquellas espinas eran defensivas, y que las verdaderas patas estaban en el lado opuesto.
En términos ecológicos, Hallucigenia ocupaba un nicho muy distinto al de los grandes depredadores de la época. No tenía mandíbulas potentes ni garras para desgarrar presas, algo que ya hacía sospechar a los paleontólogos que su dieta debía depender de alimento blando y fácil de procesar.
Un menú gelatinoso y un papel clave en la cadena trófica
El estudio identifica al animal gelatinoso del fósil como un ctenóforo similar a las medusas peine, probablemente del género Xanioascus, conocido también de los mismos sedimentos canadienses y con unos 24 “peines” de cilios que usaría para nadar.
El resumen del trabajo describe varios ejemplares pequeños de Hallucigenia agrupados sobre ese cuerpo blando muerto y lo interpreta como un comportamiento de carroñeo. En otras palabras, estos animales se habrían especializado en aprovechar cadáveres gelatinosos que caían al fondo marino, algo así como un equipo de limpieza del océano cambriano.
Los autores proponen que Hallucigenia se alimentaba por succión. Su cabeza alargada y una serie de estructuras internas rígidas, parecidas a pequeños dientes, habrían formado una especie de “bomba” capaz de aspirar trozos del tejido gelatinoso. Este modo de alimentación recuerda en parte al de algunos animales actuales como las arañas de mar.
Si esta interpretación es correcta, Hallucigenia y otros lobopodios acorazados habrían tenido un papel ecológico importante. No como grandes depredadores, sino como recicladores de cadáveres blandos, ayudando a cerrar el ciclo de nutrientes en el fondo del mar. En el fondo, estamos viendo cómo se organizaban las primeras cadenas tróficas complejas mucho antes de que existieran peces, bosques o arrecifes de coral.
Ciencia en marcha y lo que podemos aprender hoy
Hay que recordar un detalle importante. Este trabajo se ha difundido por ahora como preprint, es decir, un manuscrito científico compartido antes de pasar por la revisión formal de otros expertos. Se ha colgado en la plataforma bioRxiv a finales de 2025, por lo que sus conclusiones todavía pueden matizarse.
Aun así, el fósil aporta una idea muy potente. Incluso en esos mares “alucinantes” del Cámbrico, con criaturas que hoy nos parecen sacadas de un sueño raro, ya existían redes de alimentación organizadas, con animales que cazaban, otros que carroñeaban y otros que reciclaban los restos.
Entender cómo funcionaban esos ecosistemas antiguos nos ayuda a ver que la vida siempre ha sido más compleja de lo que parece a simple vista. Y también recuerda algo incómodo. Si alteramos demasiado los océanos actuales, la naturaleza reordenará de nuevo sus redes alimentarias, como ya hizo muchas veces en el pasado, aunque no siempre de una forma favorable para nosotros.
El estudio completo se ha publicad en la plataforma científica bioRxiv.




















