La recuperación pasiva de bosques no sigue una línea recta ni responde a recetas simples: avanza, se detiene y a veces retrocede, dejando huellas visibles e invisibles en el paisaje. Entender cómo y dónde ocurre este proceso natural se ha convertido en una pieza clave para afrontar la pérdida de biodiversidad, el abandono rural y los retos del cambio climático en el noroeste peninsular.
Un equipo de investigación asturiano-leonés ha desarrollado un novedoso indicador para evaluar la recuperación de los bosques naturales en el noroeste de España, un proceso crucial, aunque desigual, para la protección de la biodiversidad y la mitigación del cambio climático.
El Índice de Recuperación Forestal Pasiva mide no solo la nueva superficie forestal, sino también las etapas intermedias, las perturbaciones y las regresiones causadas por los incendios, los cambios de uso del suelo o las perturbaciones naturales, destacando la recuperación como un proceso dinámico y no lineal.
Recuperación pasiva de bosques: una herramienta clave para medir la renaturalización del territorio
Un equipo científico astur-leonés desarrolla un indicador pionero para evaluar la regeneración natural de los bosques y orientar políticas de conservación frente al cambio climático.
Un equipo científico astur-leonés ha desarrollado un innovador indicador para medir la recuperación natural de los bosques en el noroeste peninsular, un proceso clave para la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático que avanza de forma desigual y no siempre lineal.
El estudio publicado en la revista ‘Ecological Indicators‘, analiza casi tres décadas de cambios en el paisaje de la región iberoatlántica española, que incluye la Cordillera Cantábrica y Galicia.
El índice, denominado ‘Passive Forest Recovery Index’ (PFRI), permite evaluar no solo cuánto terreno se ha convertido en bosque, sino también la complejidad ecológica y las interrupciones que se producen en el camino.
Un índice para evaluar algo más que la superficie forestal
«La recuperación no es un proceso recto hacia el bosque maduro; hay retrocesos por incendios, cambios de uso o perturbaciones naturales», han explicado desde un grupo liderado por Daniel Pfitzer López, del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIBID) de la Universidad de Oviedo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Principado de Asturias.
Según el estudio, el 12,7 % del territorio analizado (8.775 km²) ha experimentado recuperación pasiva entre 1990 y 2018, con una media anual de 302 km².
De ellos, un 3,15 % pasó directamente de tierras agrícolas a bosques nativos, mientras que otro 6,15 % evolucionó hacia matorrales y brezales, etapas intermedias en la sucesión ecológica. Sin embargo, casi un 10 % del área sufrió regresiones, lo que confirma la naturaleza dinámica del proceso.
Galicia y la Cordillera Cantábrica concentran los mayores avances
El patrón espacial es revelador: las zonas con mayor recuperación se concentran en Galicia y en el corazón de la Cordillera Cantábrica, formando mosaicos agregados de bosques y matorrales. «No es un fenómeno exclusivo de las cumbres remotas; ocurre sobre todo en áreas próximas a antiguos núcleos rurales, donde el abandono agrícola ha sido más intenso», señalan.
Entre los factores que impulsan esta regeneración destacan la altitud media, la cercanía a asentamientos y la accesibilidad, además de la precipitación anual. Curiosamente, los valores más altos del índice se registran en zonas bajas y medias (por debajo de 820 metros) próximas a pueblos despoblados, lo que refleja el impacto del éxodo rural en la configuración del paisaje.
Los investigadores subrayan que la recuperación pasiva ofrece ventajas frente a las repoblaciones artificiales: mantiene la diversidad genética local, evita especies invasoras y mejora la resiliencia frente a incendios, además de ser más económica.
Ventajas frente a repoblaciones artificiales
En la Cordillera Cantábrica, estos bosques actúan como sumideros de carbono y reducen la intensidad del fuego hasta cinco veces respecto a plantaciones de eucalipto o pino.
El nuevo índice, que integra datos del programa europeo CORINE Land Cover y métricas espaciales, abre la puerta a políticas más precisas de conservación y ordenación territorial: «es una herramienta para identificar áreas críticas y planificar acciones adaptativas en un contexto de cambio climático y despoblación», concluyen los autores.
El estudio, financiado por proyectos nacionales y europeos, pone de relieve que la renaturalización pasiva es una solución basada en la naturaleza que gana protagonismo en la agenda ambiental. Sus resultados son extrapolables a otras regiones templadas en transformación, aunque los científicos advierten que el proceso es lento y depende de factores locales.
Entre 1990 y 2018, alrededor del 12,7 % del territorio experimentó una recuperación pasiva, a menudo cerca de asentamientos rurales abandonados, con patrones influenciados por la altitud, la accesibilidad, las precipitaciones y los efectos a largo plazo de la despoblación rural.
Los investigadores enfatizan que la regeneración pasiva preserva la diversidad genética local, limita las especies invasoras, mejora la resiliencia a los incendios y almacena el carbono de manera más efectiva que las plantaciones, ofreciendo una solución basada en la naturaleza y rentable, adaptable a otras regiones templadas. Seguir leyendo en ECOticias.com / EFE




















