Quitar el cuerno a un rinoceronte suena drástico, incluso contra natura. Sin embargo, un nuevo estudio científico muestra que, hoy por hoy, es la herramienta más eficaz para que estos animales sigan con vida.
Durante siete años, investigadores y gestores de reservas analizaron lo que ocurría en 11 áreas protegidas del ecosistema del Gran Kruger, en el entorno del Parque Nacional Kruger. El trabajo, publicado en la revista Science, concluye que el descorne reduce la caza furtiva en torno a un 78% y solo consume un 1,2% del presupuesto total de protección, muy por debajo del gasto en patrullas, helicópteros o cámaras de vigilancia.
Un experimento a escala real en el Gran Kruger
Entre 2017 y 2023 se siguió la pista a miles de rinocerontes blancos y negros en 11 reservas del sur de Sudáfrica, una región que alberga aproximadamente una cuarta parte de todos los rinocerontes africanos.
En ocho de esas reservas se descornaron 2.284 animales; en las otras tres se mantuvieron con el cuerno intacto. En total, los autores documentaron 1.985 rinocerontes abatidos por cazadores furtivos durante el periodo de estudio, a pesar de haber invertido unos 74 millones de dólares en medidas clásicas de seguridad como guardabosques armados, perros rastreadores o cámaras trampa. La estadística es contundente: no encontraron evidencia clara de que estas medidas, por sí solas, redujeran las tasas de caza furtiva, mientras que el descorne sí provocó una caída brusca de los ataques.
A escala individual, el contraste también es fuerte. El riesgo anual estimado de que un rinoceronte con cuerno fuese cazado rondaba el 13%; en los animales descornados bajaba hasta el 0,6%. Según los cálculos del equipo, solo en los 12 meses posteriores a las operaciones de descorne se habrían salvado entre 70 y 134 rinocerontes, con un coste medio cercano a 7.000 dólares por vida salvada.
Qué es el descorne y cómo se realiza
El procedimiento no tiene nada que ver con la imagen de violencia que solemos asociar al comercio ilegal. Los equipos localizan al rinoceronte, normalmente con apoyo de helicóptero, lo sedan con ayuda de un veterinario y, una vez el animal está inmóvil, cortan el cuerno con una sierra especializada.
El cuerno está formado casi solo por queratina, la misma proteína que compone nuestras uñas y cabello. No está anclado al cráneo, sino que crece sobre un tejido vivo que no se debe dañar. Por eso siempre se deja un muñón de entre 5 y 15 centímetros, lo suficiente para proteger la base del cuerno y permitir que vuelva a crecer con el tiempo.
La operación se repite cada año y medio o dos años, porque el cuerno se regenera. Es incómodo para el animal, pero no doloroso si se hace correctamente. En la práctica, se parece más a un “corte de uñas” extremo que a una amputación.
Muy eficaz, pero no perfecta
Incluso sin cuerno visible, algunos rinocerontes siguen cayendo. Los cazadores furtivos pueden obtener dinero por el muñón que queda o por el cuerno en regeneración. Durante el estudio se registraron al menos 111 rinocerontes descornados abatidos, muchos de ellos en zonas especialmente conflictivas como el propio Kruger.
Además, surgen dudas razonables sobre los efectos a largo plazo. El cuerno sirve para defenderse, marcar territorio o mover ramas al alimentarse. Los estudios disponibles indican que el descorne no afecta de forma apreciable a la reproducción ni a la supervivencia de las crías, aunque algunos trabajos apuntan a posibles cambios en el comportamiento social, sobre todo en machos. De momento, no hay evidencia sólida de un impacto negativo fuerte, pero los científicos piden seguir midiendo estos efectos con calma.
Por eso el autor principal del estudio, el ecólogo Tim Kuiper, insiste en que “el descorne no es una solución milagrosa”, sino una herramienta que compra tiempo mientras se atacan las causas de fondo de la caza furtiva.
La raíz del problema está en el mercado del cuerno
Ese tiempo se juega principalmente en mercados lejanos. El cuerno de rinoceronte se consume sobre todo en países como China y Vietnam, donde se emplea en medicina tradicional, para supuestos tratamientos de enfermedades graves o incluso como remedio para la resaca, y también como símbolo de estatus y riqueza.
La ciencia es clara: el cuerno no tiene propiedades especiales, más allá de ser queratina compactada. Nutricionalmente es poco más que masticar uñas. Sin embargo, el mito y el valor social mantienen un mercado donde un kilo puede alcanzar decenas de miles de dólares, una cifra difícil de ignorar en regiones con pobreza y desigualdad.
Otras piezas del puzzle: vigilancia, comunidades y hasta cuernos sintéticos
El estudio no desautoriza las patrullas, ni los drones, ni los perros de rastreo. Siguen siendo importantes para detectar intrusos, frenar mafias y proteger a los equipos sobre el terreno. Lo que muestra la evidencia es que, por sí solos y sin reducir el beneficio económico del cuerno, estos esfuerzos no bastan para bajar de forma clara las muertes de rinocerontes.
En paralelo, muchas organizaciones trabajan con las comunidades que viven junto a las reservas, impulsan alternativas económicas legales y exigen que los grandes compradores asuman responsabilidades. Sin desarrollo local ni justicia efectiva, siempre habrá alguien dispuesto a entrar de noche en el parque a cambio de un cuerno.
Incluso han surgido soluciones tecnológicas llamativas, como los cuernos sintéticos que desarrolla la empresa Pembient, fabricados con queratina y ADN de rinoceronte para inundar el mercado con una versión artificial y mucho más barata. La idea genera debate entre conservacionistas, que temen que se refuercen las creencias pseudocientíficas o se facilite mezclar cuerno real y falso sin poder rastrearlo bien.
Un “mal necesario” que compra tiempo
El mensaje de fondo es incómodo, pero claro. Mientras la demanda de cuerno siga alta y las mafias sigan organizadas, mantener a los rinocerontes con sus cuernos completos puede costar demasiadas vidas. El descorne no es la conservación ideal que nos gustaría ver en los documentales, pero hoy es la herramienta que está evitando más disparos en la sabana.
La buena noticia es que este trabajo demuestra que ciencia y gestión, cuando van juntas, permiten saber qué funciona y qué no, y decidir dónde invertir cada euro de conservación con cabeza. La fundación Greater Kruger Environmental Protection Foundation (GKEPF) y universidades como Nelson Mandela University yUniversity of Oxford han sido clave para recopilar datos de campo y analizarlos de forma rigurosa.
El estudio completo que respalda estas conclusiones se ha publicado en la revista Science.


















