Así eran las casas de pescadores del río Guadiana junto a las Tablas de Daimiel

Publicado el: 8 de enero de 2026 a las 09:44
Síguenos
casas de pescadores del río Guadiana junto a las Tablas de Daimiel

Las casas de pescadores del río Guadiana son mucho más que antiguas construcciones rurales: representan la memoria de un modo de vida profundamente ligado al agua y a la pesca, hoy prácticamente desaparecido. Situadas en el entorno de los Ojos del Guadiana y las Tablas de Daimiel, estas viviendas recuerdan una relación ancestral entre el ser humano y el río.

En lo que ahora es un paisaje mayoritariamente árido, hasta treinta familias de pescadores se asentaron en tramos fluviales claramente definidos. Estos límites informales aseguraron la supervivencia, regularon el uso de los recursos y evitaron conflictos entre comunidades vecinas.



Las viviendas cercanas a las Tablas de Daimiel eran extremadamente modestas, construidas con piedras, cañas y barro del entorno. Algunas ruinas se conservan hoy en día, mientras que otras han sido restauradas o profundamente alteradas, reflejando tanto el deterioro del tiempo como los cambios de uso.

Casas de pescadores del río Guadiana, testigos de un modo de vida desaparecido

Estas humildes viviendas ligadas a la pesca tradicional son uno de los últimos vestigios del modo de vida histórico del Alto Guadiana.

Las antiguas casas de pescadores del río Guadiana constituyen uno de los vestigios más valiosos del pasado humano ligado a este cauce fluvial, testigos silenciosos de un modo de vida hoy desaparecido que se desarrolló durante generaciones en el entorno de los Ojos del Guadiana y las Tablas de Daimiel.



En pleno corazón del río, donde en la actualidad apenas se aprecia el curso de agua y el paisaje está dominado por la tierra seca, llegaron a asentarse hasta treinta familias de pescadores, según explica el naturalista Concepción Sepúlveda Bueno.

«Cada una de ellas disponía de un tramo de río perfectamente delimitado, respetado como una auténtica ley no escrita, que garantizaba la supervivencia del grupo y evitaba conflictos. En ese espacio exclusivo se colocaban las trampas, se navegaba con pequeñas embarcaciones y se obtenían los recursos necesarios para subsistir», relata Sepúlveda.

Un asentamiento de familias ligado al cauce del Guadiana

De aquellas treinta viviendas, construidas de forma humilde y funcional, se conservan aún algunos ejemplos, algunas de ellas dañadas por el paso del tiempo y algunas otras, conservadas y reconstruidas, en algunos casos manteniendo su originalidad, y en otros, habiendo sido profundamente modificadas.

«Las viviendas eran extremadamente humildes y se construían con los materiales disponibles en el entorno», comenta el naturalista, quien asegura que sus moradores las levantaban «como podían, con cuatro piedras, barro y cañas”.

En algunos casos, las divisiones interiores se realizaban con cañas recubiertas de barro aplicado a mano, una solución sencilla para separar las estancias.

Viviendas humildes construidas con barro, cañas y piedra

Eran construcciones austeras, adaptadas a la precariedad económica de sus habitantes y a un entorno natural exigente.

La vida de estas familias estaba marcada por la pesca artesanal, principalmente de cangrejos y peces, que durante años constituyeron una fuente básica de ingresos y aunque parte de la producción se vendía en pueblos cercanos, el grueso de los cangrejos que se pescaban tenía como destino los mercados de Madrid, explica Sepúlveda.

Para mantenerlos vivos, los pescadores utilizaban grandes nasas de mimbre sumergidas en el río, donde se almacenaban los cangrejos capturados diariamente hasta la llegada semanal del camión que acudía a lugares como el molino Flor de Ribera, que solía ser el punto de encuentro que utilizaban los intermediarios para la recogida del producto.

Durante el invierno, cuando la actividad pesquera disminuía debido al reposo del cangrejo y a las condiciones del río, señala el naturalista, «las familias recurrían a otras tareas para completar su sustento«.

La cestería de mimbre, la fabricación y reparación de nasas o el arreglo de utensilios y aperos eran trabajos habituales, en un modelo de economía de subsistencia muy similar al del pequeño agricultor tradicional, que aprovechaba los meses de menor actividad para preparar la siguiente campaña.

La pesca del cangrejo como base de la economía familiar

Sepúlveda indica que las viviendas solían constar de un dormitorio, una pequeña cocina con vasares donde se almacenaban las pocas provisiones disponibles y una cuadra para un borrico, animal imprescindible para desplazarse hasta los puntos de venta.

«Muchas casas contaban también con un pequeño horno, ya que las familias elaboraban su propio pan. Para ello, cultivaban pequeñas parcelas de trigo o recurrían al trueque, intercambiando trabajo por harina, en una economía basada en la ayuda mutua», explica.

A pesar de su valor histórico y etnográfico, la mayoría de estas casas se han perdido con el paso del tiempo.

Una economía de subsistencia ligada al río y a la tierra

Aunque se trata de propiedades privadas, su deterioro y desaparición suponen una pérdida irreparable de patrimonio cultural.

Algunas han sido recuperadas en el entorno del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, como la conocida casa de La Quebrada o las reconstruidas sobre antiguas ruinas en lugares como la Isla del Pan, donde se conserva, en muchos casos, únicamente la techumbre original de carrizo.

Estos restos arquitectónicos, explica Concepción Sepúlveda, recuerdan la estrecha relación entre el ser humano y el río Guadiana y evidencian la transformación ambiental y social de un territorio que durante décadas sostuvo a decenas de familias de pescadores.

Un patrimonio cultural en riesgo de desaparecer

Para Sepúlveda, la conservación y recuperación de estas antiguas casas de pescadores «permitiría mantener viva la memoria de un modo de vida ligado al agua, hoy casi olvidado, pero fundamental para comprender la historia y la identidad de estas tierras del Alto Guadiana«.

El sustento familiar dependía principalmente de la pesca de cangrejos de río y pescado, gran parte del cual se vendía en mercados lejanos como el de Madrid. Durante el invierno, la reducción de las capturas obligaba a las familias a dedicarse a oficios como la cestería y la reparación de herramientas.

A pesar de su valor histórico y cultural, la mayoría de las casas han desaparecido. Preservar los ejemplos restantes salvaguardaría la memoria colectiva, resaltando la profunda relación entre las personas y el Guadiana, así como la transformación social de la región. Seguir leyendo en ECOticias.com / EFE

Deja un comentario