Si alguna vez has pisado un erizo de mar en una cala del Mediterráneo o lo has visto en un plato de marisco, probablemente no habrás pensado en su inteligencia. Parece una bola morada con púas y poco más. Sin embargo, un nuevo estudio demuestra que el erizo de mar púrpura Paracentrotus lividus es mucho más complejo de lo que imaginábamos. Tanto, que los científicos hablan de un «cerebro por todo el cuerpo».
Un equipo internacional liderado por la Stazione Zoologica Anton Dohrn de Nápoles y el Museo de Historia Natural de Berlín ha analizado, célula a célula, el sistema nervioso de juveniles de esta especie. Su conclusión es clara. El erizo no tiene un cerebro central como el nuestro, pero su cuerpo entero funciona como una estructura nerviosa integrada que se parece mucho a un cerebro de vertebrado a nivel genético.
Un cuerpo que se comporta como una gran cabeza
Hasta ahora se creía que los equinodermos, el grupo que incluye erizos, estrellas y pepinos de mar, tenían una especie de red nerviosa simple, organizada en un anillo y unos cordones radiales. Nada que ver, en apariencia, con un cerebro sofisticado. El nuevo trabajo desmonta en buena parte esa idea.
Los investigadores han elaborado un atlas celular del erizo juvenil mediante técnicas de transcriptómica de núcleo único. En la práctica, han secuenciado el material genético activo de unas 25 000 células y lo han agrupado en 48 tipos celulares. Entre ellos destacan ocho grandes grupos de tejidos y, dentro de estos, 29 familias neuronales distintas, incluidas 15 clases de células fotorreceptoras.
Lo sorprendente es dónde se activan los genes que en otros animales definen la cabeza y el cerebro. En Paracentrotus lividus, esos genes se expresan por casi toda la superficie del cuerpo y a lo largo del sistema nervioso. En cambio, los genes que marcan el «tronco» se concentran sobre todo en órganos internos como el tubo digestivo y el sistema vascular acuífero. En palabras del propio equipo, el plan corporal del erizo es «predominantemente similar a una cabeza» con organización «todo cerebro».
Ver sin ojos en el fondo del mar
Otro detalle llamativo. Este erizo no tiene ojos al estilo clásico, pero sí muchos sensores de luz repartidos por el cuerpo. El estudio identifica numerosos tipos de células fotorreceptoras que expresan diferentes opsinas, las proteínas sensibles a la luz que también aparecen en las retinas de los vertebrados.
En el comunicado del Museo de Naturkunde se destaca un tipo de célula que combina melanopsina y Go opsina. Esa combinación sugiere una capacidad más sofisticada para detectar y procesar señales luminosas, lo que encaja con trabajos previos que mostraban que algunos erizos pueden orientarse gracias a estímulos visuales a pesar de no tener ojos definidos. En buena parte del sistema nervioso del animal parece que la luz no solo se detecta, también podría regular su actividad.
¿Es esto inteligencia tal y como la entendemos?
Los autores son prudentes. Que el erizo tenga un «cerebro por todo el cuerpo» no significa que piense como un pulpo ni que resuelva problemas como un cuervo. Lo que sí indica es que relacionar inteligencia solo con un cerebro grande y centralizado es quedarse muy cortos.
El biólogo Jack Ullrich Lüter resume el giro de perspectiva con una frase que da que pensar. «Nuestros resultados muestran que animales sin un sistema nervioso central convencional también pueden desarrollar una organización de tipo cerebral». Para él, esto cambia de manera profunda la forma en que entendemos la evolución de los sistemas nerviosos complejos.
En el fondo la pregunta es sencilla y a la vez incómoda. Si un erizo de mar, que muchos vemos como un simple «pincho» marino, comparte elementos genéticos con nuestro cerebro y nuestra retina, ¿hasta qué punto estamos infravalorando las capacidades de otros invertebrados marinos?
Del pincho en la cala a centinela del Mediterráneo
Paracentrotus lividus vive en fondos rocosos y praderas marinas del Mediterráneo y del Atlántico oriental. Es una especie típica de nuestras costas, incluida la española, donde forma parte del paisaje submarino y también de algunas tradiciones gastronómicas.
Además de su valor ecológico como consumidor de algas y actor clave en el equilibrio de los fondos, este erizo se usa desde hace décadas como organismo modelo en biología marina y toxicología ambiental. Estudios en Scientific Reports han mostrado, por ejemplo, cómo el cloruro de litio provoca malformaciones en sus embriones de manera dependiente de la dosis, lo que lo convierte en un sensor temprano de contaminantes emergentes.
Trabajos más recientes empiezan a analizar cómo el calentamiento del agua y la acidificación modulan la toxicidad de compuestos presentes en protectores solares, como el filtro ultravioleta octinoxato, sobre esta misma especie. En conjunto, todo apunta a que el erizo de mar púrpura es una pieza útil para entender no solo la evolución del cerebro, también el impacto de nuestras actividades sobre los ecosistemas costeros.
Lo que viene ahora
El nuevo mapa celular abre varias puertas. Por un lado, ayuda a reconstruir cómo pudieron surgir sistemas nerviosos complejos a partir de redes más simples en la historia evolutiva. Por otro, ofrece una base genética muy detallada para estudiar cómo afectan al sistema nervioso factores como la contaminación, el aumento de temperatura o la caída de oxígeno en el mar.
Para quienes gestionan el medio marino, hay un mensaje de fondo. Los organismos que a primera vista parecen «simples» pueden esconder una complejidad biológica enorme. Protegerlos no es solo una cuestión estética, también de respeto a formas de vida que procesan información y se adaptan al entorno de maneras que apenas empezamos a comprender. Y eso, en un Mediterráneo cada vez más presionado, no es poca cosa.
El estudio completo se ha publicado en la revista Science Advances.


















