Un ensayo industrial en la zona Clarion Clipperton refuerza las alertas científicas sobre el impacto de extraer nódulos polimetálicos a más de 4.000 metros de profundidad
La minería en los fondos marinos promovida como vía para abastecer de metales críticos a la transición energética deja una huella inmediata y medible en la vida del océano profundo según el primer ensayo industrial con maquinaria pesada en la zona Clarion Clipperton en el Pacífico entre México y Hawái. El experimento registró una caída cercana a un tercio en la diversidad de especies dentro de las huellas abiertas en el sedimento y reaviva la discusión sobre si el planeta está preparado para abrir una nueva frontera extractiva que muchos científicos consideran una posible destrucción de los fondos oceánicos en aguas internacionales.
El trabajo firmado por un consorcio internacional de científicos y liderado por el equipo del Museo de Historia Natural de Londres analizó durante cinco años los cambios en la macrofauna del fondo marino antes y después del paso de un colector industrial a unos 4.300 metros de profundidad. La prueba realizada en un área concesionada a una empresa en la zona Clarion Clipperton extrajo alrededor de 3.300 toneladas de nódulos polimetálicos en apenas unas horas de operación.
Para medir el impacto con rigor estadístico los investigadores aplicaron el enfoque conocido como Before After Control Impact que compara zonas perturbadas con áreas de referencia cercanas. Este diseño permite distinguir qué cambios se deben a la variabilidad natural de un ecosistema muy dinámico y cuáles están directamente asociados a la actividad minera.
En los laboratorios del museo se identificaron más de 4.300 organismos de tamaño superior a 0,25 milímetros agrupados en 788 especies distintas desde gusanos y pequeños crustáceos hasta moluscos enterrados en la capa superior del sedimento que es precisamente la franja que remueve el colector al aspirar los nódulos. Dentro de las huellas de la máquina la diversidad de especies se redujo alrededor de un 32 por ciento y la densidad de animales cayó de manera significativa mientras que en las zonas solo afectadas por la nube de sedimentos cambió sobre todo qué especies pasaban a dominar.
El muestreo reveló también la presencia de fauna poco conocida en la región con un coral solitario adherido a los nódulos descrito como especie nueva para la ciencia y pequeñas arañas marinas entre otros grupos raramente recolectados. La distribución irregular de muchas especies a escalas de pocos metros confirma que la biodiversidad del fondo abisal es mucho más rica y fragmentada de lo que sugerían los mapas disponibles lo que complica todavía más cualquier intento de restauración una vez retirada la capa de nódulos.
Aun sin minería los investigadores observaron cambios apreciables en la composición de las comunidades entre campañas ligados probablemente a la variabilidad en la llegada de materia orgánica desde la superficie. Ensayos históricos de perturbación realizados en otras cuencas oceánicas y revisados por el propio equipo muestran sin embargo que las huellas físicas de la maquinaria siguen visibles décadas después y que aunque algunos grupos móviles recolonizan las zonas explotadas otros no regresan ni siquiera a medio plazo.
El experimento llega en un momento en que la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos negocia las reglas que deberían permitir o frenar el salto comercial de la minería en aguas internacionales. Este organismo dependiente de Naciones Unidas estudia desde hace una década un Código Minero que defina estándares ambientales comunes y exija evaluaciones de impacto detalladas antes de autorizar cualquier explotación junto con planes para vigilar la recuperación de los ecosistemas al tiempo que distintas agencias de la ONU advierten del peligro de esta práctica para los ecosistemas profundos.
Los nódulos que concentran metales como níquel cobalto o manganeso y otros minerales vinculados a la minería submarina crecen apenas unos milímetros en varios millones de años según datos de la propia autoridad reguladora de modo que cada extracción elimina no solo un recurso no renovable a escala humana sino también el soporte físico de buena parte de la fauna que habita el fondo abisal.
Una parte creciente de la comunidad científica reclama una moratoria global hasta disponer de información suficiente sobre las consecuencias acumuladas de la minería en los fondos marinos y de umbrales ecológicos a partir de los cuales el daño sería irreversible. Estudios recientes sobre criterios de gestión y límites de presión ambiental para esta actividad insisten en que cualquier normativa debería fijar niveles máximos de pérdida de biodiversidad y de alteración de los hábitats por debajo de los cuales la recuperación siga siendo posible.
La discusión sobre la minería submarina se cruza con el debate más amplio sobre la crisis de biodiversidad y cambio climático y con las negociaciones para ampliar las áreas marinas protegidas en alta mar que avanzan bajo el paraguas de Naciones Unidas. La Conferencia de la ONU sobre los océanos y otros foros multilaterales han puesto en el centro la presión de gobiernos organizaciones científicas y ONG para que cualquier tratado de alta mar incorpore salvaguardas específicas frente a la explotación de los fondos marinos mientras otros países y empresas ven en estos recursos una pieza clave para la economía de la transición energética.
Por ahora los resultados del ensayo industrial en la zona Clarion Clipperton aportan una de las primeras fotografías cuantitativas de lo que ocurre cuando una máquina de tamaño comercial entra en funcionamiento en el fondo del océano profundo. Las huellas que deja en la biodiversidad añaden presión a los reguladores y a los gobiernos que deberán decidir si aceptan abrir esta nueva frontera extractiva o si optan por esperar a disponer de más conocimiento sobre un ecosistema del que apenas se ha explorado una mínima parte.
El estudio ha sido publicado en la revista Nature Ecology & Evolution.
Foto: GSR


















