Un equipo internacional de biólogos y especialistas en robótica ha construido un robot inspirado en el murciélago orejudo común Micronycteris microtis que localiza presas ocultas sobre hojas con una precisión cercana al 98 %. El experimento confirma cómo estos pequeños mamíferos usan la ecolocalización para distinguir una hoja vacía de otra que esconde un insecto inmóvil en plena oscuridad. El trabajo se ha publicado en la revista Journal of Experimental Biology con participación del Smithsonian Tropical Research Institute y de las universidades de Cincinnati y Amberes.
Murciélagos como Micronycteris microtis no capturan insectos en vuelo, sino que los arrancan directamente de la superficie de las hojas de la selva tropical. Para orientarse emiten pulsos ultrasónicos y reconstruyen el entorno a partir de los ecos que rebotan en ramas, hojas y posibles presas. El grupo de Inga Geipel ya había propuesto que las hojas actúan como espejos acústicos, que desvían el sonido cuando están vacías y devuelven un eco más intenso cuando sostienen un insecto en reposo.
Quedaba una duda importante. En una selva con miles de hojas, ¿de verdad un murciélago puede calcular la orientación de cada una para situarse en el ángulo perfecto antes de decidir si hay comida? Sobre el papel esa estrategia sería muy precisa, pero también lenta y costosa en energía, justo lo contrario de lo que necesita un cazador nocturno que solo tiene unos segundos para decidir su siguiente movimiento.
Para comprobar si existía una solución más sencilla, el equipo construyó un robot que imita solo el sentido clave del murciélago. No se parece a un animal, es un brazo articulado montado sobre un raíl de unos tres metros con una cabeza de sonar en la punta. Esa cabeza integra un emisor y dos micrófonos, que funcionan como boca y orejas, y se desplaza frente a una pared de hojas artificiales como si fuera un murciélago volando en línea recta.
En el montaje experimental colocaron varias hojas fabricadas de forma idéntica y, sobre una de ellas, una libélula artificial impresa en 3D que hacía de presa silenciosa. El robot avanzaba, emitía pulsos de ultrasonido y registraba los ecos que regresaban. Con esa información seguía una regla muy simple, si el eco se mantenía fuerte y estable se aproximaba a la hoja, si se debilitaba perdía interés y se iba a otra.
Los resultados muestran que esa estrategia basta para localizar la presa en la gran mayoría de los casos, sin necesidad de calcular en ningún momento la orientación exacta de cada hoja. El sistema registró también un porcentaje reducido de falsos positivos, situaciones en las que el robot señalaba presa donde no la había, algo que los investigadores consideran razonable en un entorno acústico complejo.
La conclusión es que los murciélagos no necesitan un mapa detallado de todas las hojas del entorno para cazar con tanta finura, les basta con volar a una altura adecuada y seguir ecos estables por encima de cierto nivel. Las hojas vacías actúan como espejos que desvían los sonidos, mientras que las hojas con insectos devuelven un brillo acústico que se mantiene alto desde distintos ángulos. Geipel admite que le sigue sorprendiendo cómo estos animales atraviesan un sotobosque en completa oscuridad y aun así capturan insectos con gran precisión usando solo sus propios sonidos.
Comprender esta forma de ecolocalización no solo sirve para admirar aún más a los murciélagos. El propio equipo apunta que la misma lógica podría aplicarse al diseño de nuevos sistemas de sonar que recorran plantaciones y frutales para detectar frutos maduros o plagas sin recurrir de entrada a grandes cantidades de pesticidas químicos, una ayuda interesante para una agricultura más eficiente y respetuosa. No hay que olvidar que estos animales ya controlan plagas y contribuyen a muchos cultivos al consumir grandes cantidades de insectos cada noche.
Este robot murciélago no sustituye a los animales reales, pero sí nos recuerda que todavía entendemos solo una parte de lo que son capaces de hacer. Cada nuevo estudio abre una ventana a ese mundo sensorial y ofrece pistas para diseñar tecnologías mejor integradas en los ecosistemas que nos alimentan.
El estudio oficial se ha publicado en acceso abierto en la revista Journal of Experimental Biology.


















