Entrevista a Salvador Rueda, Director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona

¿Cómo definiría una «ciudad sostenible»?
En primer lugar definiría una «ciudad más sostenible». La ciudad más sostenible sería aquella que fuera capaz de conseguir el grado de complejidad organizativa máximo con un consumo de recursos mínimo.

(Salvador Rueda lo concreta con la fórmula matemática siguiente: Sostenibilidad en la ciudad = E / h
Donde E es el consumo de recursos, sintetizado en la energía, yh, el grado de complejidad organizativa urbana).

¿En qué punto se encuentra el desarrollo del tráfico de Barcelona hacia la sostenibilidad respecto a los retos planteados en la Agenda 21 de la ciudad?
Un 65% del espacio público es ocupado por el vehículo privado. Por lo tanto, aún es una asignatura pendiente, no se ha abordado desde el punto de vista de la sostenibilidad. Se han hecho y se hacen iniciativas, como el área verde en relación con el aparcamiento, o señalizaciones, pero no es suficiente. Actualmente, la ciudad supera los niveles de contaminación legislados y ello obligará a plantear un nuevo modelo de movilidad, que debe pasar por una transformación profunda del sistema de transporte público, por una apuesta definida para desarrollar las redes de bicicletas seguras y conectadas con toda la ciudad, y la necesidad de que exista una red para peatones que puedan cruzar la ciudad por los cuatro puntos cardinales.

Desde la exposición que se hizo en el CCCB en 1998, «La ciudad sostenible», ¿qué avances ha habido?
Si lo miramos globalmente, en estos momentos se están dando pasos para definir cuál es el tipo de urbanismo, cuál es el tipo de modelo de movilidad, cuáles son los modelos relacionados con una nueva habitabilidad en la edificación, todo ello en relación con una nueva idea de biodiversidad y una nueva concepción de flujos metabólicos, al tiempo que se necesita una nueva visión para transformar organizativamente las instituciones y, por tanto, para acomodar la gobernanza a los nuevos objetivos. En un tiempo prudencial, encontraremos instrumentos que permitan desarrollar experiencias globales en una ciudad.

Sobre los flujos de conocimiento. Si hablamos del «código genético» en los sistemas urbanos, esta nueva lectura de la ciudad y de los territorios, como podrá ayudar en la construcción de la cultura urbana sostenible?
Necesitamos desarrollar, de manera sistemática, la mezcla de usos en el conjunto del territorio urbano. Necesitamos desarrollar nuevas áreas de oportunidades, que permitan posicionar la ciudad en un escenario competitivo basado en la información y no en el consumo de recursos, como ocurre ahora.

En este momento, las que pueden ofrecer una nueva estrategia para competir entre territorios, dentro de la ciudad, son las organizaciones (las actividades), que son las que atesoran el conocimiento, por tanto, lo que deberíamos hacer es aumentar la complejidad al máximo para posicionarnos mejor que los demás, lo que significa tener la máxima cantidad posible de actividades extras en conocimiento; ésta sería la estrategia para mí.

¿Cómo podemos saber cuál es el grado de complejidad de una ciudad?
Nosotros hemos desarrollado una tecnología, un instrumento de lectura, un diccionario pictográfico, como el chino o el japonés, para leer las ciudades. Lo que hacemos con este instrumento es obtener un código genético y con este código leemos el grado de complejidad que tienen los tejidos urbanos.

La educación. Si «la insostenibilidad anida en nuestra mente», ¿cómo ha de cambiar la cultura actual que retroalimenta el modelo insostenible?
Ahora pretendemos que la cooperación, las sinergias, la solidaridad sean los elementos clave, pero para ello necesitamos una visión del mundo que no sea lineal, que suponga ser más inteligente. La lógica lineal es la lógica en que un problema se busca una solución sin tener en cuenta el entorno, donde la complejidad no importa, sino que lo que importa es la solución.

Sería muy importante educar en la complejidad, y estamos educando justamente en la especialidad, en la especialización, para conseguir especialistas sin que conozcan el escenario donde deben incorporar su especialización. También se debería trabajar no tanto en la interdisciplinariedad, sino en la transdisciplinariedad, conocer el terreno de juego donde luego se han de aplicar los conocimientos que tenemos, y esto lo proporciona la ecología. Por este motivo, nosotros trabajamos en ecología urbana, y por eso nos es más fácil «entendernos» con los urbanistas o con los especialistas en tráfico, o con los que trabajan en el ámbito de la energía.

¿Qué prioridades darías a las entidades educativas de Barcelona, tanto en las universidades, como en institutos y escuelas?
Siguiendo un poco el argumento anterior, sería del parecer de modificar el marco actual de la educación, en el sentido de ir a buscar la complejidad en todas las realidades y poder entender. En este momento, tenemos un grave problema, la especialización conlleva una serie de disfunciones más grandes que las soluciones que son capaces de dar los especialistas en todos los ámbitos.

Para poder abordar la insostenibilidad, la actual manera de abordar el mundo, de entenderlo, es incompatible. La educación servirá en el momento en que haya una catástrofe, una situación no deseada de conflicto no sabemos qué nivel, y lo que esperamos es que la educación sirva para acomodarse a ellas lo más rápidamente posible, pero no para cambiar casi nada; éste es el problema.

El turismo, ¿enemigo de la sostenibilidad? ¿El modelo actual de turismo en Barcelona puede llegar a ser sostenible?
El tema de la sostenibilidad o la insostenibilidad es muy relativo, porque sin que haya una explotación del sistema no hay vida. La pregunta debería ser hasta qué punto podemos explotar los sistemas. Se trata de conocer el grado de explotación a la que podemos someter el sistema de forma que garantice su renovabilidad en el tiempo.

La ciudad está preparada para el turismo, la capacidad de carga de Barcelona es muy elevada. Nuestro problema es que hemos superado los límites, porque hemos acumulado la gente en determinados lugares y hemos sobreexplotado estos espacios, hemos desvirtuado el espíritu propio de la ciudad y la relación de los que viven de manera cotidiana. Cuando esto sucede, hay que tomar medidas, en todo caso, debe desplazar el turismo hacia otras áreas que no son fruto de la actividad turística, es decir, hay que descentralizar el turismo, se han de establecer límites determinados que impidan estas aglomeraciones.

El turismo es bueno, sí, pero es como una paella, si le pones sal puede estar muy buena, pero si te pasas, puede ser incomible. El turismo trae sangre nueva, hay gente a quien le gusta la ciudad y viene a vivir, es una inyección económica, hay gente que se empareja, etc. Pero si hay muchos turistas, hay más carteristas, el olor de las calles aumenta, los precios suben para aprovechar el volumen de turismo, etc. Todo está ligado a la sobreexplotación.

El problema del turista es que pasa volando, viene por un interés muy determinado, el resto no le interesa. Y otra vez se aplican las ventanas de la conciencia de cada uno.

 

Revista Educació i Sostenibilitat
Autoras: Maria Rosa González Siso y Ana Lucía de Oliveira

Sostenible.cat

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