Es posible que todos estos eventos y conmemoraciones acaben dejando en segundo término un hecho trascendental que no pasará el año 2015: la erradicación de la pobreza en el mundo. También se puede decir de otra manera: el año que empezamos es el que habían fijado las Naciones Unidas para, a través de los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio, lograr una mejora considerable en aspectos como la pobreza extrema, las deficiencias en el acceso a la educación y a infraestructuras básicas, y las enfermedades que afectan a gran parte de la población del planeta.
Conscientes del gran reto que planteaban estos objetivos, las mismas Naciones Unidas pusieron en marcha una herramienta para monitorizar el progreso en diferentes campos y países, que consta de 144 indicadores. Pues bien de estos indicadores, 6 no presentan ningún avance o incluso indican un retroceso, y 72 muestran un avance insuficiente, si las tendencias continúan igual. Esto significa que más de la mitad de los objetivos no se han conseguido. Sin embargo ha habido mejoras considerables en la reducción de la mortalidad por debajo de los cinco años y del impacto de la tuberculosis, y en el número de personas sin instalaciones sanitarias, entre otras cuestiones concretas.
Las desigualdades geográficas de estos resultados son muy fuertes. África subsahariana sigue estancada: dos tercios de los países más pobres del mundo están en esta región, mientras que otros países, como China o Brasil, han conseguido que millones de personas cruzaran la línea de la pobreza en la buena dirección, es decir, hacia un mayor bienestar económico. Aquí habría un pequeño apunte para subrayar que estas personas que mejoran sus rentas se suman al carro del consumo y en particular a la adquisición de automóviles. Si se tiene en cuenta que uno de los grandes objetivos del milenio es el desarrollo sostenible, con aspectos ambientales como la calidad del aire incluidos, comprenderemos la enorme complejidad de este entramado de buenos propósitos y la dificultad de articular una propuesta libre de contradicciones.
Esta complejidad contrasta enormemente con las iniciativas algo naífs con que, sobre todo desde los años 60 y 70, las Naciones Unidas se han marcado grandes objetivos por alcanzar en el futuro. Sería muy injusto decir que todo ello no ha servido de nada, pero sí se puede afirmar, con cierta perspectiva, que estas metas se han visto confrontadas a la dureza de los conflictos internacionales y de las disputas políticas o militares dentro de los propios países . O simplemente, por decirlo lisa y llanamente, a los intereses de los estados y de las compañías transnacionales. Los obstáculos que estos últimos días se han visto para encauzar un nuevo acuerdo mundial sobre el clima son una prueba más de la importancia de todos estos factores.
La difícil resolución de problemas, aparte de los conflictos, tiene también que ver con aspectos culturales que desde una perspectiva burocrática a veces se tienen poco en cuenta. ¿Cómo se explica sino que las regiones más subsidiadas de Europa continúen con los mismos déficits estructurales desde hace décadas? Y si esto tiene lugar a pocos kilómetros de distancia, ¿qué no puede pasar en otras regiones del planeta? ¿Qué sentido tiene, por ejemplo hablar de igualdad social en un país como la India donde las castas aún tienen peso?


















