Salí con dos grandes sensaciones. Por un lado que ya no hay discusión, como ocurría hace tres o cuatro años, sobre la realidad del cambio climático. Ahora todo el mundo tiene claro que la cuestión es real y que está aquí y que estamos sufriendo las consecuencias.
Salí con dos grandes sensaciones. Por un lado que ya no hay discusión, como ocurría hace tres o cuatro años, sobre la realidad del cambio climático. Ahora todo el mundo tiene claro que la cuestión es real y que está aquí y que estamos sufriendo las consecuencias. No es sólo futuro, es presente. Y, por otra parte, aún tenemos que avanzar en cómo se aborda esta cuestión, sobre todo porque tenemos unas diferencias importantes de visión entre países ricos y países en desarrollo. Un gran factor de desacuerdo es sobre quien debe pagar el coste de las estrategias a tomar. Los países más desarrollados insisten en mitigación -reducir las emisiones- y los que lo son menos hacen énfasis en adaptación, porque suele coincidir que estos países acaban sufriendo más acusadamente las consecuencias del cambio climático, como inundaciones, lluvias torrenciales, etc.
¿La palabra que lo resumiría sería ‘decepcionante’ o no?
Los intereses son tan diversos que es muy difícil llegar a grandes acuerdos de unanimidad y con el tiempo se acaba yendo a acuerdos de mínimos donde todo el mundo se pueda sentir cómodo. En Lima, esto ha pasado, pero también es cierto que esta cumbre todo el mundo la veía desde el principio como una transición hacia la cumbre que tendrá lugar en el año 2015 en París. En este sentido tampoco estaba en el horizonte cerrar documentos sino encauzar el proceso hacia París donde, ahí sí, se deberán tomar decisiones. Yo no diría decepcionante porque, independiente de si hay acuerdo o no los agentes continúan trabajando para luchar contra el cambio climático y eso es constatable.
¿Qué se espera de la COP-21 en París?
De París se espera sobre todo la consecución de un documento o tratado que sea adoptado por todas las partes y que tenga fuerza vinculante. Yo creo que se tendrán que rebajar mucho las expectativas para hacerlo posible. Pero percibo que hay muchas ganas de que este acuerdo llegue, entre otras cosas porque la Unión Europea es quien ha apostado más fuerte en este terreno. Copenhagen se vivió como un gran fracaso y, por tanto, ahora que vuelve una COP en Europa se jugará muy fuerte para que no haya otro fracaso. En 2013 ya se había dicho que la COP de Lima sería para preparar la de París. E incluso antes, en 2012, a nivel de gobiernos subnacionales en el Local Government Climate Roadmap ya se comenzó a trabajar pensando en la cumbre del 2015. Este posicionamiento del mundo local queda expresado en el Comunicado de Lima. Todo el mundo es consciente de que el gran esfuerzo se hará en la COP-21 y será más decisivo que en Lima.
¿Aún así qué otros elementos destacaría de la cumbre de Lima?
Uno de los aspectos que tuvo mucha importancia es el avance en la contribución al fondo verde de todos los países participantes, un fondo que está pensado para dar respuesta a los problemas de financiación de los países más pobres en sus acciones contra el cambio climático. También se habló bastante de adaptación, es decir, de cómo reducir la vulnerabilidad de determinados países a los efectos del cambio climático. Teniendo en cuenta que últimamente estamos viendo un incremento de los fenómenos meteorológicos extremos esto es muy relevante porque, cuando estos fenómenos ocurren, dejan la población y la economía en una situación muy precaria. Y, por tanto, hay que prepararse adecuadamente. Siempre se ha dicho que el coste de no actuar será superior al de actuar y es completamente cierto.
Otra cuestión destacada para mí es una declaración ministerial que se hizo a favor de la educación y la concienciación. Podría parecer sólo un tema complementario, pero creo que es decisivo. Así como el cuestionamiento del cambio climático en los ámbitos científico y político ha disminuido considerablemente, nos encontramos que a nivel popular todavía hay porcentajes elevadísimos de personas que dicen en las encuestas ‘que no lo tienen claro’. Por lo tanto la lucha por esta concienciación se convierte un tema fundamental. Es que si sólo se ponen los gobiernos y la gente no los sigue tampoco avanzaremos mucho.
Grandes potencias económicas como EEUU, Canadá, Brasil, China, Indonesia, Rusia o Japón -cada con sus matices- o no han suscrito el protocolo de Kyoto en su primera fase, o no lo harán en la segunda, o bien son parte del protocolo pero sin objetivos de obligado cumplimiento, es decir, no hay un compromiso absoluto de los grandes emisores de gases de efecto invernadero. Algunos plantean su propio esquema de reducción de emisiones. ¿Cómo lo ve?
Yo quiero ser optimista. Pensemos que hace un tiempo la situación era peor, porque por ejemplo ni Estados Unidos ni China querían oír hablar de esta cuestión. Al menos ahora hablan de su propio esquema de limitación de emisiones. Ha habido un cambio de lenguaje y de posicionamiento. En los EE.UU., el propio discurso de Obama ha cambiado respecto a cuando él mismo comenzó en el cargo. En cuanto a China, estuve el año pasado en Beijing y tengo que decir que son conscientes de que tienen problemas gravísimos. En estos momentos están inmersos en procesos masivos de crecimiento urbano que están comportando una erosión importante de la calidad de vida. Este viaje lo hice en el marco de una cooperación bilateral UE-China, pero básicamente entrábamos en contacto con autoridades locales y se veía preocupación seria por cómo reducir las emisiones.
¿No existe el peligro de que se creen dos grandes líneas de cara al cambio climático?
La que sigue a partir de la Convención del Cambio Climático y las COP, de un lado, con liderazgo básicamente europeo, y después toda una serie de esquemas nacionales con diferente grado de compromiso. En definitiva, una falta de compromiso único global.
Es que marcar un mismo objetivo a todos cuando las realidades son tan diferentes me parece muy difícil. Hay muchas ciudades europeas, y de fuera de Europa, que se han comprometido con el Pacto de Alcaldes y precisamente cité este modelo en Lima, en un acto paralelo a la Cumbre, como un posible referente a nivel global porque ha dado resultados muy positivos, con unas 6.000 autoridades locales comprometidas en muchos países. Desde personas vinculadas a la Comisión Europea se ha reflexionado en el sentido de un posible acuerdo del mundo local pero a una escala global. Esta línea está trabajando y puede que diera algún resultado de cara a la COP de París. No descarto que lleguemos a ver un pacto de alcaldes a nivel mundial.
Los países menos desarrollados argumentan que no se pueden proporcionar ciertos niveles básicos de servicios y de infraestructuras y a la vez reducir las emisiones. Que debe ser una cosa o la otra, pero no ambas al mismo tiempo.
Efectivamente, se fijará un objetivo a largo plazo para las emisiones en estos casos -por ejemplo el 2050- y debemos incorporar en el discurso, no sólo las emisiones, sino los derechos fundamentales. La situación real es que millones de personas no tienen acceso a la energía ni al agua corriente, ni a servicios básicos. En estos lugares lo que hay que hacer primero es alcanzar estos servicios básicos. Lo que está claro es que, por muy eficiente que se sea, para cubrir estas necesidades las emisiones crecerán inevitablemente. Por eso es mejor trabajar con un objetivo a más largo plazo por lo que estos países tengan permitido durante un tiempo incrementar las emisiones.
Durante la Cumbre de Lima usted se dirigió al plenario. ¿Cuáles fueron los ejes de su intervención?
Me referí a que cualquier respuesta al cambio climático que quiera tener éxito debe incluir todos los actores sociales y todos los niveles de gobierno. Defendí que, para hacer avanzar los estados en las acciones de mitigación y adaptación, es necesaria la ayuda de los gobiernos subnacionales -según el término utilizado habitualmente- y también de los agentes económicos.
Dentro de la lucha contra el cambio climático hay otra lucha que es la del reconocimiento del papel de los gobiernos locales por parte de los estados.
¿No existe este reconocimiento?
Todavía no. En parte porque también hay estados que tienen conflictos internos y no quieren darlo. Pero precisamente el éxito de iniciativas como el Pacto de los Alcaldes juega a favor. De hecho, muchas ciudades coinciden en trabajar en una misma línea, porque una parte muy importante de las emisiones está asociada a las ciudades y la población que vive en ciudades es mayor que nunca. Por todo ello, el ámbito local en relación al cambio climático adquiere una dimensión considerable. A veces hay países que han ido por una dirección y los gobiernos subnacionales por otro. Por ejemplo en Estados Unidos los que han liderado iniciativas contra el cambio climático en los últimos años han sido el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg y el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger. Y no es casualidad, porque California tiene problemas evidentes de agua y de energía y Nueva York de riesgo de inundación.
¿Cómo afronta la nueva etapa como directora del Instituto Catalán de Energía, teniendo en cuenta que el factor energético es clave en las emisiones?
Como diputada de Medio Ambiente de la Diputación tocaba muchos temas diferentes. Tenemos que estar al servicio de los municipios y, desde este punto de vista, en este mandato ha habido dos cuestiones principales: ayudar a los municipios a cumplir con la legislación vigente y ver que cosas podíamos emprender en un contexto de crisis en que las inversiones debían ser forzosamente limitadas. Y en esta segunda cuestión destacaban los temas energéticos porque si se mejora la eficiencia hay un retorno ambiental y económico indiscutible. Por lo tanto, la presidencia del ICAEN me da una sensación de continuidad. Cuando hablamos de mitigar y reducir las emisiones causantes del cambio climático estamos hablando de energía. En todo caso ahora trabajaré con visión de país, pero siempre incluyendo, naturalmente, el mundo local.


















