‘El arcano’, la despiadada carrera por la fórmula de la porcelana

Nada elaborado en Europa era comparable en belleza y calidad. Se trataba de objetos tan costosos que se convirtieron en símbolos de poder

A principios del siglo XVIII las vitrinas de las mansiones y palacios europeos estaban repletas de carísimas piezas del llamado ‘oro blanco’, la porcelana. Procedían de Oriente, especialmente de China, pues la fórmula era desconocida en Europa. Allí se producían piezas en grandes cantidades desde hacía varios siglos.

Nada elaborado en Europa era comparable en belleza y calidad. Se trataba de objetos tan costosos que se convirtieron en símbolos de poder, prestigio y buen gusto. De ahí que hubiera una sangría constante de fondos hacia Oriente y existiera un interés enorme por hallar la fórmula de la porcelana en nuestro continente.

El Arcano, de Janet Gleeson, relata la historia de la (re)invención de la porcelana en Europa a principios del XVIII, centrándose en sus tres protagonistas: J. F. Böttger, el alquimista que fracasó en su intento de convertir metales en oro, pero halló la fórmula y el método para producir porcelana; J. G. Herold, el artista de ambición ilimitada, que desarrolló las técnicas necesarias para la aplicación del color; y el escultor J. J. Kaendler, que descubrió la manera de crear las formas más fantásticas en este material.

Trabajaron bajo el auspicio de Augusto II el Fuerte, elector de Sajonia y rey de Polonia que más tarde tuvo el capricho de hacer construir un zoológico con animales de porcelana de tamaño real. Bajo su patrocinio se fundó en 1710 la primera fábrica de porcelana europea en el castillo de Albrechtsburg, junto al río Elba en Meissen, a 20 km de Dresden en la actual Alemania.

Desde entonces la fórmula se filtró a otros países europeos y a lo largo del siglo XVIII aparecieron nuevas fábricas por toda Europa. Una de ellas fue la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro (Madrid), fundada en 1760 bajo el mecenazgo del rey Carlos III y destruida en 1812 durante la Guerra de la Independencia. El único vestigio que se conserva es la noria del Huerto del Francés en el Parque del Retiro, que fue parte del sistema hidráulico que alimentaba la fábrica.

Leí El Arcano hace unos diez años, cuando alguien me lo prestó sin darme ninguna pista. Solo me dijo: “Te va a gustar”. Lo comencé sin saber qué esperar, pues no conocía nada sobre el tema. Página a página se iba hilando la trama, maravillosamente relatada por Janet Gleeson, de una historia fascinante sobre el avance en el conocimiento científico y la creación artística; sobre espionaje industrial, avaricia y corrupción; sobre una obsesión que llevó a los trabajadores de aquella primera fábrica a perder la salud, incluso la vida.

Tanto me interesó que me propuse que algún día visitaría la fábrica de Meissen. En 2010 cumplí mi sueño. Se celebraba el 300 aniversario de su fundación y se organizaron numerosas actividades conmemorativas en la ciudad. Fue un viaje al pasado inolvidable.

Antes de leer el libro no le encontraba mayor interés a una exposición de porcelanas, pero su lectura despertó mi imaginación y desde entonces, y sobre todo desde ese viaje maravilloso a la antigua fábrica de Meissen, siempre que visito museos de artes decorativas, palacios reales, etc., busco piezas de porcelana, especialmente elaboradas en la primera época de la fábrica.

Y cada vez viajo al pasado y revivo la misma emoción que sentí en el castillo de Albrechtsburg en 2010, pues intuyo en cada objeto una historia de sufrimiento, conocimiento y ambición, de lo más excelso y lo más perverso del ser humano; intuyo el paso por la historia de Bötgger, Kaendler y Herold, y todos los que como ellos contribuyeron al renacimiento en Europa de una de las formas más bellas de expresión artística: el oro blanco.

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