Los libros preferidos de los científicos

Claro está, Platero, que tú no eres un burro en el sentido vulgar de la palabra […]. Lo eres, sí, como yo lo sé y lo entiendo. Tú tienes tu idioma y no el mío.

Resulta emocionante que la lectura de la bella prosa poética plasmada en el libro Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, fechada por su autor en 1914, pueda servir de inspiración para un científico ensimismado en el estudio del cerebro, que es donde reside la esencia de nuestra humanidad. En diversos pasajes de la obra, Juan Ramón Jiménez narra con una fantástica sencillez y belleza literaria su relación con Platero, incluso para explicar que se trata de un animal:

Claro está, Platero, que tú no eres un burro en el sentido vulgar de la palabra […]. Lo eres, sí, como yo lo sé y lo entiendo. Tú tienes tu idioma y no el mío.

Este libro me ha hecho reflexionar sobre la evolución del cerebro y el gran enigma de los otros mundos mentales ―los de los otros animales―, que, como Platero, son tan distintos y a la vez tan similares, lo que nos sugiere que no estamos solos en el universo de las ideas.

Entre los acontecimientos más notables acaecidos en el cerebro humano en el transcurso de su evolución se encuentra el aumento de su tamaño y, particularmente, el gran desarrollo y diferenciación de la neocorteza. Al aumentar de tamaño también aumenta el número de neuronas y de conexiones sinápticas, volviéndose cada vez más complejo. Así, parece lógico suponer que gracias al aumento de la complejidad de nuestro cerebro ha sido posible el desarrollo espectacular de las funciones cognitivas y las habilidades artísticas.

¿Pero qué tiene de especial la neocorteza humana y en qué se diferencia de la de otras especies? ¿Lo bello es percibido solo por los seres humanos? ¿Por qué el arte o la literatura nos provoca placer mental? Quizá, una de las principales contribuciones de la neurociencia actual ha sido abordar el tema de los procesos mentales desde un punto de vista biológico, pero es llamativo lo poco que ha arraigado esta idea entre el público, así como su escasa influencia en la sociedad del conocimiento neurocientífico.

Creo que se debe a que la insuficiente cavilación sobre la relación entre el cerebro y nuestra humanidad a veces dificulta poder aceptar la naturaleza neural de los procesos mentales, incluso dentro de la comunidad científica. Asimismo, no solemos meditar sobre los sentimientos de los otros mamíferos (y mucho menos sobre los de otros animales no mamíferos) y olvidamos que algunas de las características que parecen ser exclusivamente humanas existen también en otras especies del reino animal, como por ejemplo, los perros, quienes, como nosotros, se alegran, sufren, se deprimen… Este respeto y sensibilidad con los animales quiso Juan Ramón Jiménez enseñárselo al guarda del vergel, cuando él y Platero pretendían entrar pero el guarda no permitió que pasara Platero:

[…] como Platero no puede entrar [en el vergel] por ser burro, yo, por ser hombre, no quiero entrar, y me voy de nuevo con él, verja arriba, acariciándole y hablándole de otra cosa…

Pero, si cabe, aún me maravillo más cuando reflexiono sobre nuestro cerebro y el entorno. La información procedente del mundo que nos rodea es conducida hacia el cerebro a través de un complicado sistema sensorial: receptores de diversas clases actúan como transductores que transforman los estímulos físicos y químicos del ambiente en impulsos nerviosos que el cerebro puede interpretar y darles un significado. Existe una gran variedad de cerebros en el reino animal, pero además el sistema sensorial es muy distinto entre las diferentes especies.

Es decir, la interpretación del mundo externo es característica de cada especie. Puesto que el mundo externo es igual para todos, se podría decir que existen tantos mundos mentales como especies. No cabe duda de que la percepción de cualquier escena es diferente según quien sea el observador. Empezando por la retina, siguiendo por el tálamo y la corteza cerebral, que son distintas en cada especie, la interpretación, necesariamente, no puede ser la misma. Y para describir mi encantamiento por la relación de las palabras de Juan Ramón Jiménez con el tema de los mundos mentales, nada mejor que referirnos al siguiente fragmento de Platero y yo:

Yo trato a Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna fragoso y le pesa un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo engaño, lo hago rabiar… Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños.

Así, Platero y yo representa una fuente inagotable de inspiración científica, y un disfrute intelectual que emociona y que nos enseña a ser mejores, más humanos.

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