Nos podemos fiar de lo que comemos

La globalización que ha derivado prácticamente en un mercado total tiene su particular versión en la industria alimentaria.

En los últimos años el aumento de las exportaciones mundiales durante las últimas dos décadas, sumado a la diversidad de canales de distribución, ha propiciado la aparición de fraude alimentario desde la provisión externa de materias primas hasta la comercialización al usuario final.

Un ejemplo que hemos vivido en los últimos tiempos es la crisis que causaron en 2013 las hamburguesas de vacuno que contenían carne de caballo, y que afectó a la mayoría de los países de la Unión Europea. Después de este episodio la UE creó en 2013 la Red de Prevención del Fraude Alimentario (Food Fraud Network – FFN), entidad que incluyen en sus políticas y estrategias una mayor rigurosidad en los planes de control analítico.

Entendemos como fraude alimentario un término que se aplica en situaciones como la sustitución, adición, manipulación o presentación engañosa, de alimentos o envasado de alimentos, realizada de forma intencionada.

En este contexto no extraña que los medios y concretamente el mundo audiovisual hayan querido explicar la realidad de un hecho de la sociedad que no suele salir en la primera cara de los periódicos.

Destacamos la serie documental Rotten, en español Podredumbre, que habla sobre los grandes fraudes y las malas prácticas de la cadena de suministros de los alimentos, que al final acabamos consumiendo.

Se compone de seis episodios, en los cuales en la primera temporada destaca el caso de la marca de miel Alfred L. Wolff Inc, que popularmente se le llamó Honey Gate y que se destapó cuando en marzo de 2008 los agentes federales estadounidenses realizaron un allanamiento a las oficinas de la Wolff Inc. en Chicago, y probaron que la empresa estaba llevando a cabo el mayor fraude alimentario de la historia de los Estados Unidos.

La realidad es que lo encontrado si se le podía llamar así no era de origen ruso o polaco, y tampoco era miel.

En su lugar, la empresa comercializaba un producto de origen chino adulterado con cloranfenicol, un peligroso antibiótico prohibido; que tiene como efectos adversos una larga lista: neuritis óptica, posiblemente por dosis excesivas; reacciones de hipersensibilidad, poco frecuentes; trastornos digestivos: náuseas, vómitos y diarreas; sobreinfecciones bacterianas o micóticas; déficit de vitamina K por disbacteriosis intestinal.

El problema se acentuó cuando se supo que la empresa lo sabía. Y había decidido vender el producto a precios más bajos, incurriendo además en el delito de ‘dumping’, dilapidar los precios para deshacerse de la competencia y apoderarse del mercado. Además de una evasión impositiva de unos 150 millones de dólares.

Esto para que engañarnos, nos hace reflexionar mínimamente. Hasta qué punto estamos seguros de que lo que comemos es sano para nuestro organismo.

No lo sabemos, simplemente acabamos siendo marionetas de una industria que ha saltado a la palestra por los fraudes en los últimos tiempos.

Autor: Juan Carlos Ayala

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