El consumo excesivo de carne en España multiplica los riesgos de cáncer, diabetes y enfermedades cardiovasculares, según la evidencia científica más reciente, y genera un impacto sanitario y económico que ya no puede ignorarse.
España se sitúa entre los países europeos con mayor ingesta de carne por persona, muy por encima de lo aconsejado por la Organización Mundial de la Salud. El consumo habitual de embutidos, carnes procesadas y productos cárnicos ultraprocesados incrementa la exposición a sustancias carcinógenas, grasas saturadas y sal en exceso.
Esta combinación favorece el desarrollo de tumores y otras patologías crónicas que requieren tratamientos largos, costosos y complejos.
Consumo excesivo de carne: datos que explican una crisis sanitaria
España come mucha más carne de la saludable y paga las consecuencias.
Los datos no dejan lugar a dudas: comemos no mucha, sino muchísima carne. Y, especialmente, comemos una barbaridad de la carne más insana: la roja y la procesada.
Comemos seis veces más carne de la recomendación máxima, y eso es mucho; pero, además, comemos diez veces más carne roja de la recomendada y ocho veces más de la procesada. ¿Y qué hay de la población infantil española?
Come entre 3,5 y 4 veces más carne que el máximo recomendado; 3,5 veces más carne roja y entre el doble y el triple de procesada. Resultado: más cáncer y otros problemas de salud. Un texto de Justicia Alimentaria que publicamos por el evidente interés que tiene para nuestros lectores.
Una reciente investigación científica, publicada en enero de 2026 en British Medical Journal (BMJ), logra por fin fijar la asociación entre la ingesta de conservantes aditivos alimentarios y la incidencia de cáncer con una gran muestra de personas en Francia.
Entrando en los números, el estudio se basa en 105.260 participantes sin cáncer que completaron dietas con diferentes carnes procesadas desde 2009 hasta 2023 con 17 tipos de conservantes distintos.
Aditivos, nitritos y cáncer: lo que confirma la ciencia
Aunque algunos de estos conservantes no estaban asociados con la incidencia de cáncer, otros sí lo estaban, incluidos el sorbato de potasio, el metabisulfito de potasio, el nitrito de sodio, el nitrato de potasio y el ácido acético. Y los resultados así lo certifican: 4226 participantes recibieron un diagnóstico de cáncer incidente, que comprendía 1208 cánceres de mama, 508 de próstata, 352 colorrectales y 2158 otros cánceres.
Y lo importante es que una mayor ingesta de varios conservantes se asoció con una mayor incidencia de cáncer. Como conclusión, se observaron múltiples asociaciones positivas entre la ingesta de conservantes ampliamente utilizados en alimentos industriales y una mayor incidencia de cáncer (en general, de mama y de próstata).
De confirmarse, estos nuevos datos exigen la reevaluación de las regulaciones que rigen el uso de estos aditivos en la industria alimentaria para mejorar la protección del consumidor.
El coste oculto del consumo excesivo de carne para la sanidad
Pero más allá de la evidencia entre el consumo excesivo de carne y algunos tipos de cáncer, existen otros problemas de salud asociados a este consumo con igual o más evidencia. Mientras tanto, los hallazgos respaldan las recomendaciones de la OMS de 2015 para que los consumidores prefieran los alimentos recién hechos y mínimamente procesados.
Con la campaña «Carne de cañón», dese Justicia Alimentaria llevamos años alertando de la insostenibilidad del sector, visibilizar el consumo excesivo de carne —sobre todo la carne low cost y derivados— y denunciar sus enormes efectos en la salud.
Si en el Estado español se comiera la cantidad de carne recomendada:
- Habría 270.000 personas menos con dolencias cardiovasculares
- 1,8 millones de personas menos con diabetes
- Cada año se podrían evitar 17.500 casos de cáncer colorrectal y 8.200 defunciones por esa misma enfermedad
Los gastos en salud pública relacionados con las enfermedades derivadas del exceso de consumo de carne ascienden a los 7.400 millones de euros (costes directos e indirectos). Esto supone un gasto por persona de 157 euros/año, lo que equivale al 13% del total del gasto sanitario público por habitante.
Seguro que, hasta ahora, nunca te habías planteado que un embutido, el beicon o una carne enlatada, a nivel de recomendación de salud, es prácticamente lo mismo que un Bollycao, ¿verdad?
Los componentes críticos de la carne y derivados cuyo consumo excesivo nos enferman son básicamente de tres tipos: grasas insalubres, sal y productos cancerígenos como los nitritos y nitratos. Los tres componentes se presentan en mayor cantidad en las carnes rojas y procesadas.
De hecho, la carne procesada podría llamarse, con mayor exactitud, nitrocarne; y nos lo pensaríamos dos veces antes de consumirla a destajo.
Lobby cárnico, políticas fallidas y ausencia de contrapoder
Los componentes críticos de la carne y derivados cuyo consumo excesivo nos enferman son básicamente de tres tipos: grasas insalubres, sal y productos cancerígenos como los nitritos y nitratos. Los tres componentes se presentan en mayor cantidad en las carnes rojas y procesadas.
El poder del lobby cárnico es brutal. No pretendemos criticar a la carne per se, sino a este tipo de producción y consumo. La ganadería ocupa un lugar claro y demostrado en los agroecosistemas. Cumple una función de simbiosis con el sistema agrario y, si se hace bien, permite cerrar y completar los circuitos energéticos y de materiales de estos sistemas, además de ser una buena fuente de alimentación sana y equilibrada.
Pero, de la misma manera, debe quedar claro que lo que tenemos incrustado en nuestros suelos agrarios, en los supermercados y en nuestro plato no tiene nada que ver con eso: el modelo industrial globalizado y el consumo actual han desbordado todo límite ecológico y saludable.
Por eso, reclamamos políticas públicas que acaben con este expolio de la salud de las personas y del territorio por el beneficio a corto plazo de unas pocas empresas. Actualmente, no hay contrapoder a esta industria que destruye nuestra tierra y, sobre todo, la salud de las personas con menos renta.
Qué cambiaría si se redujera el consumo de carne
Estas son las 12 peticiones desde Justicia Alimentaria para dejar de ser carne de cañón
Relacionadas con el consumo
- Aprobación de un impuesto sobre el precio de los productos cárnicos procesados, orientado a la reducción de su consumo y a la interiorización de los costes que genera al sistema público de salud.
- Prohibición del uso de nitritos por parte de la industria cárnica, dada su demostrada participación en la generación de sustancias cancerígenas.
- Prohibición del uso colectivo de antibióticos en la producción animal con finalidades profilácticas, excepto en los casos autorizados por la Administración pública y debidamente justificados.
- Aplicación del IVA 0 a productos frescos vegetales y legumbres con el objetivo de mejorar su acceso a toda la población.
- Eliminación de las carnes procesadas y reducción de las carnes rojas en los menús escolares, según las propias recomendaciones de la OMS, así como su control efectivo por parte de las agencias de salud pública. Del mismo modo, proponemos que la compra pública de alimentos priorice la carne procedente de modelos ganaderos sostenibles y vinculados al territorio.
- Prohibición de la publicidad de carnes procesadas con perfiles nutricionales insanos dirigida al público infantil.
- Regulación estricta y transparente del conflicto de interés entre la industria alimentaria y las entidades científicas vinculadas a la salud y/o nutrición.
- Puesta en marcha, por parte de la Administración pública, de campañas activas que informen a la población sobre los riesgos del consumo de carnes procesadas y del exceso de consumo de carnes rojas.
Relacionadas con la producción y el medio ambiente
- Prohibición del establecimiento de «megagranjas» y reducción de los tamaños de las granjas existentes para que sean realmente efectivas a nivel medioambiental. La necesidad de granjas sostenibles requiere limitar adecuadamente el número de cabezas de ganado por granja y por territorio.
- Eliminación de los subsidios dirigidos a la producción cárnica no sostenible y creación de ayudas para la promoción de modelos de ganadería en extensivo y de pequeña escala, así como un plan de financiación para su transición ecológica.
- Creación de una fiscalidad dirigida a gravar el impacto ambiental causado por la generación de purines y las emisiones difusas de metano generadas en instalaciones ganaderas intensivas.
- Inversión en infraestructuras y sistemas de distribución orientados al apoyo de modelos sostenibles de ganadería.
Además, la reducción del consumo de carne tendría beneficios ambientales, al disminuir las emisiones asociadas a la ganadería intensiva. Así, el reto es doble: proteger la salud de la población y garantizar la viabilidad futura de la sanidad pública. Un cambio de hábitos alimentarios ya no es solo una opción individual, sino una urgencia colectiva. Seguir leyendo en VIDA SALUDABLE





















