El Ayuntamiento busca reducir un sobrecoste anual que cifra en 3,5 millones de dólares neozelandeses y concentrar las inspecciones en las zonas con más incidencias.
El Ayuntamiento de Auckland ha empezado a probar un sistema de inteligencia artificial para detectar residuos impropios en la recogida selectiva en el momento en que el material entra en el camión. La medida busca atajar un problema que, según el propio consistorio, hace que “casi un tercio” del reciclaje acabe hoy en vertedero y suponga un coste añadido para los contribuyentes de unos 3,5 millones de dólares neozelandeses al año.
La responsable municipal de residuos, Justine Hayes, resume el diagnóstico en una frase que apunta más a la rutina doméstica que a la tecnología. “Recibimos basura en los contenedores de reciclaje, lo que esencialmente significa que el proceso de clasificación lleva más tiempo y tenemos que pagar para desechar esa basura en un vertedero en lugar de reciclarla”, explicó en una entrevista con la radio pública RNZ. En ese listado de errores, Hayes cita patrones reconocibles en muchas ciudades (bolsas cerradas con material reciclable dentro, pañales, plásticos blandos) que, por su composición o por su suciedad, terminan inutilizando parte de la fracción recuperable.
La diferencia del piloto que ensaya Auckland es el punto de control. Hasta ahora, la respuesta municipal descansaba en inspecciones a pie de calle, avisos y, en última instancia, la retirada del contenedor en casos reiterados. La IA pretende acelerar la detección y permitir un enfoque más selectivo. “Se está probando la IA para ver si podemos monitorizar el reciclaje que llega al camión. Gracias a la IA, podemos detectar la contaminación a medida que entra al camión en lugar de tener que inspeccionar manualmente cada contenedor”, dijo Hayes.
Ese cambio de fase (del bordillo al camión) tiene implicaciones operativas y políticas. En el plano práctico, permite cruzar incidencias por zonas y orientar campañas educativas donde el problema sea persistente, en lugar de repartir recursos de forma uniforme. Auckland ya venía reforzando mensajes de “tolerancia cero” sobre los productos que más contaminan la recogida selectiva, con especial atención a residuos orgánicos, textiles, pañales, bolsas de plástico y baterías de litio. En paralelo, el consistorio ha ido ajustando sus guías para homogeneizar lo que se acepta en el contenedor de reciclaje, una cuestión clave cuando el procesamiento depende de estándares cada vez más estrictos.
Auckland no parte de cero en la contabilidad del problema. En un balance anterior, el propio Ayuntamiento estimó que la “contaminación” del reciclaje (materiales erróneos o en mal estado) generó costes adicionales y penalizaciones cuando superaba ciertos umbrales, y calculó ahorros relevantes con reducciones pequeñas del porcentaje de impropios. La lógica económica se mezcla con la ambiental (más vertedero, más emisiones y más transporte) y explica por qué la vigilancia del contenedor se ha convertido en una pieza de gestión urbana, incluso cuando genera fricción con los vecinos.
El debate, sin embargo, no es solo de eficiencia. Un sistema que “ve” lo que entra en el camión obliga a aclarar qué datos se recogen, con qué nivel de detalle y durante cuánto tiempo se conservan. También plantea cómo se evita que una herramienta pensada para mejorar el reciclaje derive en una política punitiva automatizada o en errores de atribución (contenedores usados por terceros, comunidades de vecinos, viviendas compartidas). Esos matices serán determinantes para que la IA se perciba como un instrumento de mejora del servicio y no como una forma de vigilancia.
La prueba de Auckland se enmarca en una tendencia más amplia en la gestión de residuos. La automatización y la visión artificial ya se están utilizando en plantas para identificar materiales y mejorar la recuperación, con proyectos que combinan robótica e IA para clasificar flujos complejos. En España, por ejemplo, se han difundido experiencias en las que la IA y la robótica incrementan la eficiencia de separación en instalaciones especializadas, un argumento recurrente en el sector cuando se habla de economía circular.
En el corto plazo, queda por conocer el alcance real del piloto neozelandés (qué rutas, cuántos vehículos, qué tasa de acierto) y el equilibrio final entre pedagogía y sanción. La experiencia muestra que el reciclaje mejora menos por la amenaza que por la claridad de las reglas y la facilidad del sistema (contenedores adecuados, alternativas para residuos problemáticos, mensajes simples). También por eso, la tecnología que promete afinar la clasificación compite, en la práctica, con una verdad más básica. El residuo mejor gestionado suele ser el que no se genera.





















