Si alguna vez has intentado dormir un poco más un sábado y has oído un repiqueteo insistente en el cristal, esta historia te va a sonar. En Suecia, una vecina llamada Ina lleva semanas con un pájaro que cada mañana se planta en su ventana, se posa en el alféizar y empieza a golpear el vidrio con el pico como si quisiera entrar a la fuerza. El caso se hizo tan viral que acabó en la prensa de naturaleza sueca y en manos de un etólogo de la Universidad de Linköping.
La pregunta es la misma que muchos se hacen en España. ¿Está el pájaro pidiendo comida, quiere entrar en casa o le “falta un tornillo”? La respuesta es bastante distinta. Según el etólogo Johan Lind, lo que está viendo el animal no es un cristal, ni tampoco su propio cuerpo. Lo que interpreta es un rival plantado en su territorio, que le mira fijamente y no se aparta. En su cabeza, hay otro pájaro del otro lado, dispuesto a quitarle jardín, pareja y comida.
A partir de ahí todo encaja. Muchas especies pequeñas y territoriales se vuelven muy agresivas en primavera. Está descrito que herrerillos, lavandas, currucas o incluso mirlos atacan retrovisores de coches, cromados brillantes y, por supuesto, ventanas. Creen que ese reflejo es otro macho y responden como saben, con desplantes, vuelos cortos de ataque y golpes de pico. La imagen es curiosa para quien mira desde el sofá, pero para el ave es una situación muy estresante que puede repetirse día tras día.
Conviene distinguir entre dos situaciones. Una es esta “obsesión” con la propia imagen, que genera ruido, suciedad en el cristal y mucha frustración. La otra es mucho más grave y pasa cuando el ave no ve el vidrio y se estrella de lleno. En ese caso no hay pelea territorial, hay un choque real contra una superficie dura. Solo en Europa se calcula que millones de aves mueren cada año por colisiones con ventanas y fachadas de vidrio, un problema que se agrava a medida que crecen las ciudades y las superficies acristaladas.
En otros lugares, como Estados Unidos, las cifras son aún más contundentes. Estudios recientes estiman que los edificios matan entre trescientos sesenta y cinco y casi mil millones de aves cada año, y análisis nuevos apuntan a que el balance real supera con holgura los mil millones de individuos, sobre todo en época de migración. No es una anécdota. Es una de las principales causas de muerte provocadas por el ser humano en las aves silvestres.
Volvamos al jardín. ¿Qué se puede hacer en una casa normal cuando un pájaro se ha “enamorado” de tu ventana? En el caso sueco, Johan Lind propone algo muy sencillo. Colocar algo en la parte exterior de la zona baja del cristal, justo a la altura donde el ave se posa, para romper el efecto espejo. Puede ser una cartulina, una toalla, una planta, cualquier elemento que elimine el reflejo cuando el pájaro mira desde el alféizar. Si deja de verse, desaparece también ese “intruso” imaginario y el animal pierde el interés.
Si en tu casa has tenido choques fuertes contra los cristales, conviene ir un poco más allá. La clave está en hacer visible el vidrio para las aves. Organismos científicos y especialistas en fauna recomiendan dibujar o colocar marcas en el exterior de la ventana con una separación máxima de unos diez centímetros entre líneas verticales o cinco entre horizontales, lo que se conoce como la regla dos por cuatro. El pájaro deja de ver un “túnel” de cielo y árboles y pasa a percibir una superficie que no puede atravesar.
En la práctica esto se puede conseguir con cintas adhesivas especiales, rotuladores resistentes al agua, vinilos, redes finas o incluso patrones hechos con jabón en la cara externa del cristal. También ayuda cerrar persianas o cortinas en las horas de más luz, mover comederos y bebederos unos metros para que no queden justo frente a un ventanal, y apagar luces innecesarias por la noche, sobre todo en época de migración.
A escala urbana, las soluciones funcionan. Grandes edificios que se han rediseñado con vidrio amigable para las aves han visto caer los choques hasta un noventa por ciento, simplemente combinando cristales tratados y cambios en la iluminación nocturna. Son medidas relativamente baratas si se comparan con el impacto que tienen sobre la biodiversidad.
En resumen, ese pájaro que se empeña en picar en tu ventana no está “loco” ni quiere entrar al salón. Está defendiendo lo que considera su territorio frente a un enemigo que en realidad es solo un reflejo. Con unos cuantos ajustes en los cristales podemos ahorrarle estrés a él, ganar tranquilidad en casa y, de paso, reducir el riesgo de choques mortales para muchas otras aves que cruzan por delante de nuestras fachadas.
La explicación original de este caso y las recomendaciones del etólogo Johan Lind se han publicado en Natursidan.















