Los habitantes de los Apeninos italianos llevan siglos compartiendo paisaje con un vecino incómodo, el oso pardo. Ahora, un nuevo estudio genético confirma algo que los guardas y vecinos intuían desde hace tiempo. Estos osos se han hecho más pequeños y bastante menos agresivos que sus primos de Europa, Norteamérica o Asia. Y no por casualidad, sino por presión humana prolongada.
En el fondo, la pregunta es sencilla. Qué ocurre cuando una población de grandes carnívoros se ve rodeada durante miles de años por pueblos, carreteras, colmenas y ganado. La respuesta, en este caso, es una mezcla de adaptación y riesgo para la especie.
Un oso único y al borde del colapso
El oso pardo de los Apeninos, Ursus arctos marsicanus, solo vive en el centro de Italia, sobre todo en el entorno del Parque Nacional de Abruzzo, Lazio y Molise, y zonas vecinas. Se calcula que quedan alrededor de cincuenta ejemplares en libertad, una cifra propia de una población en peligro crítico.
Los estudios genéticos previos indican que este grupo se separó de otros osos pardos europeos hace entre dos mil y tres mil años y que ha permanecido aislado desde la época romana. A la vez, la tala de bosques y la expansión de la agricultura fueron recortando su hábitat y acercando cada vez más los osos a aldeas y rebaños.
Ese contexto ayuda a entender por qué estos animales ya mostraban rasgos distintos. Cuerpos algo más pequeños, cráneos y caras con características propias y, sobre todo, un comportamiento mucho más dócil frente a las personas que el de otras poblaciones de oso pardo.
Qué ha encontrado el nuevo estudio
El equipo internacional liderado por la Universidad de Ferrara ha ido un paso más allá. Primero generó un genoma de referencia de alta calidad, una especie de mapa completo del ADN del oso pardo apenínico. Después secuenció genomas completos de varios individuos de esta población y los comparó con osos pardos de Eslovaquia y con genomas ya publicados de osos norteamericanos.
Los resultados confirman lo esperado en una población tan pequeña y aislada. Muy poca diversidad genética y niveles altos de endogamia, algo que aumenta el riesgo de problemas de salud y reduce la capacidad de adaptación futura.
Lo realmente llamativo aparece al mirar ciertos genes. Los investigadores identificaron señales claras de selección en un conjunto de genes relacionados con el comportamiento y la agresividad. Como resume la coautora Giulia Fabbri, “mostramos que los osos pardos de los Apeninos poseen señales selectivas en genes asociados con una menor agresividad”.
En otras palabras, no se trata solo de osos “bien educados” por habituación. Hay cambios biológicos, inscritos en el ADN, que apuntan a una evolución hacia animales menos conflictivos.
Evolución guiada sin querer por los humanos
Cómo se llega a ese punto. El propio equipo lo explica de manera bastante directa. Durante generaciones, los ejemplares más grandes y agresivos fueron los que más entraban en conflicto con ganaderos y cazadores. También los que más acababan abatidos o eliminados. Con el tiempo, sobrevivieron y se reprodujeron más los individuos pequeños, discretos y poco agresivos.
El genetista Giorgio Bertorelle lo resume así. “Las interacciones entre humanos y fauna suelen ser peligrosas, pero también pueden favorecer la evolución de rasgos que reducen el conflicto”.
Algunos expertos comparan este proceso con una especie de domesticación involuntaria. No hay granjas de osos ni selección dirigida como en los perros, pero el resultado va en la misma dirección. Una población que se mantiene en un paisaje lleno de personas, en gran medida, porque ya no se comporta como un oso “típico”.
Buenas noticias, malas noticias
Desde el punto de vista de la convivencia, que un gran carnívoro sea menos agresivo es una ventaja evidente. En pueblos de montaña donde ya bastante tienen con la factura de la luz, el lobo, la sequía y los atascos de turistas en verano, reducir sustos con osos ayuda a que la gente acepte mejor su presencia.
Pero hay letra pequeña. La misma historia que ha hecho a estos osos más tranquilos también ha dejado huella en su genoma. El estudio detecta una “erosión genómica” notable, con menos variación y más mutaciones potencialmente problemáticas concentradas en una población mínima. Eso aumenta el riesgo de enfermedades, baja fertilidad y vulnerabilidad ante cualquier cambio brusco del entorno.
Por eso, los autores son muy cautos cuando se habla de “rescatar” a la población introduciendo osos de otras zonas. Mezclar animales de poblaciones grandes podría recuperar diversidad genética, pero también diluir los rasgos que hoy reducen el conflicto con las personas, justo los que han permitido que este pequeño grupo sobreviva en un paisaje humanizado.
Qué significa para la conservación
El caso del oso pardo apenínico lanza un mensaje incómodo pero útil. Las actividades humanas pueden llevar a una especie al borde de la extinción, sí, pero también pueden empujarla a cambiar de forma y comportamiento para seguir ahí. La cuestión es a qué precio.
Para la gestión de la fauna salvaje en Europa, este estudio recuerda la importancia de mirar más allá del número de individuos. Algunas poblaciones, aunque sean pequeñas y muy castigadas, guardan combinaciones genéticas únicas que facilitan la coexistencia con las personas. Perderlas sería tirar por la borda siglos de adaptación.
El reto ahora es doble, proteger el hábitat y reducir la mortalidad humana sin romper ese frágil equilibrio entre “oso salvaje” y “vecino tolerable”.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica Molecular Biology and Evolution.















