Las variedades locales españolas de guisante, algunas cultivadas en los campos y otras muchas conservadas en bancos de germoplasma, constituyen una fuente de variabilidad genética para futuros cultivos destinados a la producción de esta planta alimenticia. A esta conclusión han llegado un grupo de investigadores del Instituto de Tecnológico Agrario de Castilla y León (Itacyl) y de la Universidad de León, con apoyo de dos universidades británicas. Los científicos compararon muestras españolas con las conservadas en una importante colección internacional y demostraron que los guisantes autóctonos de España poseían una variabilidad genética «relativamente alta».
Las variedades locales de diferentes plantas están adaptadas a las condiciones agroclimáticas de la zona, por lo que «estas características no conviene perderlas», explica a DiCYT Marcelino Pérez de la Vega, investigador del Área de Genética, en el Departamento de Biología Molecular de la Universidad de León. Existe un interés por parte de los productores por mejorar aspectos genéticos de los cultivos, a través de la introducción de genes cualitativos o cuantitativos, que permitan una mayor calidad o una mayor productividad de los mismos. El Itacyl y la Universidad de León mantienen una colaboración de largo recorrido por el que se obtienen variedades con unas características más adaptadas a las demandas de los agricultores. Estas modificaciones, aclara Pérez de la Vega, «se hacen como procedía Mendel, a partir de cruces, no de transgénesis».
El trabajo de investigación, cuyo resultados han sido publicados en Spanish Journal of Agricultural Research, se basó en el empleo de una técnica de marcadores genéticos desarrollada en el Reino Unido. La Universidad de Dundee creó un sistema denominado RBIP (cuyas siglas en inglés significan polimorfismos de inserción basados en retrotransposones). Estos retrotransposones son «elementos móviles que se encuentran en los seres superiores», como las plantas o los animales, según lo define el profesor Pérez de la Vega. Los retrotransposones interesan a los genetistas porque cambian de posición en el genoma, según la variedad, y por lo tanto, ayudan en el rastreo de un patrón hereditario de un gen.
Más que como complemento de la dieta humana, el guisante (cuya denominación científica es Pisum sativum) interesa a la industria agroalimentaria porque forma parte de composiciones de pienso de muchos animales productivos, desde el pollo al cerdo. «Con la crisis de la enfermedad de las vacas locas, o encefalopatía espongiforme bovina, en la Unión Europea se potenció el interés por incluir en los piensos proteínas de origen vegetal». Resulta que el guisante es una importante fuente proteica, y su empleo en la formulación de piensos está en ascenso. En el territorio comunitario, no obstante, la mayor parte de las proteínas en la dieta animal procede a partir de la torta de soja, que es generalmente importada. «La torta de soja supone alrededor del 65% de la proteína de origen vegetal presente en los piensos de la Unión Europea, y los porcentajes son similares para España», aclara Pérez de la Vega.
Comparación con muestras silvestres
Los investigadores compararon las muestras de la colección propia de la Universidad de León de variedades locales de guisante con otras entradas del género Pisum conservadas en el John Innes Center, un centro de excelencia internacional en Ciencia vegetal y Microbiología ubicado en el pueblo de Colney, a las afueras de Norwich (este de Inglaterra, Reino Unido). Las muestras de guisante español suponían una representación parcial de las sembradas en este territorio. El grueso, no obstante, procedía de bancos de germoplasma, fundamentalmente del INIA (Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria). Las comparaciones no solo comprendieron a variedades de la especie cultivable (Pisum sativum), sino también de otras congéneres silvestres.
Conocer la variabilidad genética de las variedades locales españolas, y sobre todo, que esta sea «relativamente alta», según refleja el trabajo, puede ayudar a los científicos a desarrollar nuevas variedades que se adapten a ciertas necesidades productivas. «En muchos casos, no tendremos que recurrir a variedades extrañas, como las que se producen en Estados Unidos o Australia», resalta el investigador. Entre las condiciones que se pueden mejorar están las resistencias a enfermedades vegetales o la adaptación a condiciones adversas, como el frío, el estrés hídrico o la salinidad.
El trabajo contó con la financiación del INIA, organismo del Ministerio de Ciencia e Innovación) y por ayudas de la Junta de Castilla y León a los grupos de excelencia. Las principales zonas de cultivo en Castilla y León de guisantes se encuentra en Tierra de Campos, donde se produce en rotación con el cereal.





















