Piden ampliar protección marina en Cabrera con zonas sin pesca, y lo hacen con una advertencia clara: el actual nivel de conservación no es suficiente para garantizar la supervivencia de uno de los espacios marinos mejor conservados del Mediterráneo, pero también uno de los más vulnerables a la presión humana.
La Fundación Marilles plantea un cambio de enfoque en la gestión del Parque Nacional Marítimo-Terrestre del Archipiélago de Cabrera, defendiendo que la protección no puede limitarse a preservar lo existente, sino que debe anticiparse al deterioro, reforzando las áreas de máxima restricción y elevando el nivel de exigencia en la planificación ambiental.
Piden ampliar protección marina en Cabrera con zonas sin pesca en el nuevo plan
Las alegaciones al plan del parque nacional reclaman multiplicar las áreas de máxima protección y reforzar la vigilancia en uno de los ecosistemas más valiosos del Mediterráneo.
Bajo las aguas de Cabrera se encuentra un lecho marino sumamente complejo y frágil que evoluciona con extrema lentitud. Hábitats como los fondos de maërl crecen apenas milímetros al año, lo que significa que la recuperación tras un daño puede tardar generaciones.
Los corales y las gorgonias añaden otra capa de vulnerabilidad, ya que proporcionan refugio a numerosas especies, pero son muy sensibles a las perturbaciones. Incluso la extracción a baja intensidad puede generar impactos acumulativos que se vuelven críticos con el tiempo.
El debate sobre Cabrera no gira en torno a si es un espacio protegido, sino a si lo está lo suficiente. Este parque nacional, que abarca más de 90.000 hectáreas marinas, representa uno de los enclaves de mayor biodiversidad del Mediterráneo occidental, con fondos que albergan especies especialmente sensibles y ecosistemas que tardan décadas en regenerarse.
Sin embargo, según la Fundación Marilles, el modelo actual de gestión ha quedado por detrás de las necesidades reales del entorno. Las alegaciones presentadas al nuevo Plan Rector de Uso y Gestión (PRUG) en Cabrera, insisten en que la protección existente no garantiza la conservación a largo plazo si no se amplían las zonas de restricción total y se mejora la vigilancia.
Piden ampliar protección marina en Cabrera con zonas sin pesca, porque la presión, aunque aparentemente controlada, sigue existiendo y acumulándose.
Un fondo marino excepcional que no puede regenerarse al ritmo del impacto humano
Bajo la superficie de Cabrera se encuentra uno de los paisajes submarinos más complejos y frágiles del Mediterráneo. No se trata solo de aguas limpias o de abundancia de peces, sino de estructuras ecológicas que requieren décadas, incluso siglos, para formarse.
Los fondos de maërl, por ejemplo, están compuestos por algas calcáreas que crecen apenas unos milímetros al año, lo que significa que cualquier alteración puede tardar generaciones en recuperarse.
A esto se suman comunidades de corales y gorgonias que actúan como refugio para numerosas especies y que son extremadamente sensibles a cualquier perturbación en la naturaleza, ya sea física o química. En este contexto, permitir actividades extractivas, incluso de baja intensidad, puede generar un impacto acumulativo que no siempre es visible a corto plazo, pero que resulta crítico en el medio y largo plazo.
Por eso, los científicos insisten en que la protección en Cabrera no debe medirse solo por lo que se observa en superficie, sino por la capacidad del ecosistema de mantenerse funcional con el paso del tiempo.
Multiplicar las zonas sin extracción para evitar un deterioro silencioso
La propuesta de ampliar las áreas de máxima protección no es arbitraria. Responde a una lógica ecológica cada vez más respaldada por estudios internacionales: los espacios marinos donde se prohíbe cualquier actividad extractiva, conocidos como zonas “no-take”, actúan como auténticos refugios de biodiversidad y permiten la regeneración de especies y hábitats.
En Cabrera, estas zonas existen, pero su extensión es limitada en relación con la superficie total protegida. La Fundación Marilles plantea multiplicarlas entre 10 y 12 veces, lo que supondría un cambio significativo en la gestión del parque.
No se trata de cerrar el espacio, sino de distribuir mejor los niveles de protección, concentrando las restricciones más estrictas en áreas especialmente sensibles, como el entorno del Fort d’en Moreu, donde se ha identificado una elevada riqueza biológica.
La experiencia en otras reservas marinas del mundo demuestra que estas zonas no solo benefician a la biodiversidad, sino que también generan un efecto positivo en áreas cercanas, aumentando la biomasa y favoreciendo la recuperación de especies explotadas.
La conexión ecológica, el factor invisible que define el futuro del ecosistema
Uno de los aspectos menos visibles, pero más determinantes, es la conectividad ecológica. Los ecosistemas marinos no funcionan como compartimentos aislados, sino como redes interconectadas donde las corrientes, la dispersión de larvas y el movimiento de especies crean vínculos constantes entre diferentes áreas.
En el caso de Cabrera, su relación con otros espacios del canal de Mallorca resulta fundamental. Si estas conexiones se debilitan, la capacidad de regeneración del ecosistema se reduce, incluso si las zonas protegidas mantienen niveles altos de conservación interna.
Por eso, la planificación no puede centrarse únicamente en los límites del parque, sino que debe entender el conjunto del sistema marino como una unidad funcional.
Vigilancia y ciencia: los dos pilares que definen si la protección es real o solo normativa
La protección sobre el papel no siempre se traduce en protección efectiva. Uno de los problemas recurrentes en espacios marinos protegidos es la falta de medios para garantizar el cumplimiento de las normas. El furtivismo, aunque difícil de cuantificar, sigue siendo una amenaza en muchas áreas, especialmente en aquellas donde la vigilancia es limitada.
Al mismo tiempo, la falta de seguimiento científico continuo dificulta evaluar el estado real de los ecosistemas. Sin datos actualizados, la gestión se vuelve reactiva en lugar de preventiva. Por eso, la Fundación Marilles insiste en la necesidad de reforzar tanto la vigilancia como los programas científicos, de manera que las decisiones se basen en información actualizada y no en estimaciones o percepciones.
Los científicos sostienen que ampliar las zonas de veda estricta es esencial para prevenir la degradación gradual. Estas áreas totalmente protegidas permiten la regeneración de los ecosistemas, fortaleciendo la biodiversidad y apoyando los entornos marinos circundantes mediante efectos indirectos.
Otro factor clave es la conectividad ecológica. Los sistemas marinos dependen de las conexiones entre hábitats, impulsadas por las corrientes y el movimiento de las especies. Sin preservar estas conexiones, incluso las áreas bien protegidas pueden perder su resiliencia a largo plazo.
















